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El padre de doña Tere, de Rafael Sánchez Ferlosio

El padre de doña Tere, de Rafael Sánchez Ferlosio

La primera mañana de clase solía poner un examen. De respuestas cortas. Invitaciones a improvisar pensamientos. Me aficioné a una pregunta. «¿Para qué sirve una veleta?». Iba por delante una aclaración: «Todos sabemos que para señalar la dirección del viento. ¿Pero cuál?». Recuerdo algunas contestaciones. «La buena». «La que ayuda». Otras, puntillosas como mi interrogante: «Conviene matizar: marca el sentido más que la dirección». Y, sin embargo, la solución era y es solo esta: «Apunta de dónde viene el viento y no hacia dónde va».

Otra cuestión crucial de aquellas: «¿Es siempre la línea recta el camino más corto?». Cualquier miembro del cuerpo diplomático o esos escurridizos delanteros de fútbol o los vendedores de cualquier cosa podrían confirmarlo sin problemas. Dar vueltas, hacer algún zigzag, no ir tozudamente derechos al grano ahorra tiempo y a veces hasta espacio.

El padre de doña Tere, la patrona de Alfanhuí, recorrió un viaje sin torcerse ni desviarse nada y dividió con un surco la superficie de la península ibérica. Lo contó Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927-Madrid, 2019) en su primer libro. Por puro afán didáctico deshojamos de Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) ese episodio. Una atractiva teoría permite jugar a desgajar de escritos íntegros fragmentos de entidad. Lauro Zavala ha autorizado con su juicio a compartir esa opinión: los fragmentos —convertidos en microrrelatos, en reveladoras pruebas de ADN: una valiosa gota condensa un mapa— se dejan leer como obras casi completas. Parecido a lo que ya había ocurrido en el romancero castellano.

"El sueño, el quedarse dormido, es otro de los temas. Pero aquí se muestra muy unido al despertar. Desenlace que no siempre se resuelve en según qué artilugios literarios"

Aunque, desde luego, falta lo que algunos consideramos imprescindible: «la conciencia de género literario», la intención. Jesús G.Maestro lo ha vuelto a dejar claro, contundente: «Los géneros literarios serán los diferentes conjuntos de características comunes que podrán identificarse según criterios gnoseológicos, esto es, material y formalmente, entre las distintas partes o especies que constituyen la totalidad de las obras literarias reconocidas como tales». Identificarse. ¿Se reconocía específicamente, a principios de los años cincuenta del siglo XX, una narración brevísima como el microrrelato con sus peculiares rasgos?

Sánchez Ferlosio fue siempre por delante. Mientras este personaje suyo avanzaba, de este a oeste, un largo espacio —puede que casi quinientos kilómetros bien enderezados—, el joven Ferlosio se anticipaba a lo que, década y media después, en Literatura iban a denominar «boom hispanoamericano», es decir, el estallido de la terca realidad insulsa, la explosión que dejaba en ruinas la novela adormecida en lo cotidiano y la repetición vulgar.

En ese párrafo que arranco de la novela se aprecian temas perennes de las letras. El del viaje resulta el más visible. Pero con una singularidad: no es un viaje buscado, porque el padre de doña Tere viaja mientras duerme. Se trata de una suerte de trayecto involuntario, y fuera de la lógica mayoritaria, convencional.

"Se desdibuja hoy la vida rural. La patrona se refiere a un tiempo enteramente vinculado al mundo campesino: el labrador, las tierras, los bueyes, el arado, la mancera, los campos"

El sueño, el quedarse dormido, es otro de los temas. Pero aquí se muestra muy unido al despertar. Desenlace que no siempre se resuelve en según qué artilugios literarios. O como tanto se repite en esos cuentos facilones que acaban con el sopetón de «…y entonces se despertó». El acto de dormir de ese labrador tiene una enorme singularidad: suspende la conciencia del personaje y permite que el mundo siga funcionando sin él. Sin mí hay vida. No soy yo tan imprescindible. En el étimo de imprescindible está precisamente la idea de escindir, de cortar. Mira por dónde. Y el donde del mar actúa aquí como una especie de retorno a la realidad. O como frontera de otro límite.

Y en ese surco terco se le deja un hueco al destino. Porque en esa grandiosa recta de tierra perseverante se va abriendo una dimensión fatalista. El labrador no decide nada: son los acontecimientos lo que le conducen hasta el borde del océano, y después se vuelve a su tierra y a su origen. Para morir.

Porque no falta el morir. El hecho de que ese hombre haga testamento y muera ese mismo día les llevaría a algunos exagerados a creer que todo ese trayecto sin desviaciones ha sido una suerte de recorrido final previo a la certeza de la muerte. Sobria muerte, en este caso. Casi quijotesca. O pretenderán algunos escuchar los ecos evangélicos de la voz superior del Nazareno: quien apriete el mango del arado pero vuelva atrás la vista no es digno de conocer el Reino. Porque no solo se torcerá el surco. Se desviará la confianza. Exige un compromiso pleno. Confianza. Y el padre de doña Tere es de esos. De los que son de una pieza.

"Un hecho absolutamente imposible se cuenta con un idioma cotidiano, templado, seguro. Con la condensación que no describe paisajes ni emociones ni conversaciones. Ni sueños"

Se desdibuja hoy la vida rural. La patrona se refiere a un tiempo enteramente vinculado al mundo campesino: el labrador, las tierras, los bueyes, el arado, la mancera, los campos. El inventivo veinteañero Ferlosio partió de un universo rural reconocible para sembrar en esas circunstancias lo que hace de estar vivo una maravilla asombrosa. Pero no solamente es el campo y la tierra. Una silla de madera de cerezo enferma de «mal de hastío» y contagia a la mujer que se sienta en ella. En el desván, apoyada en un charco constante de gotera y polvillo de tejas erosionadas, da cerezas y Alfanhuí se queda en ella dormido. Eso sucede en Alfanhuí desde hace tres cuartos de siglo. Un hecho absolutamente imposible se cuenta con un idioma cotidiano, templado, seguro. Con la condensación que no describe paisajes ni emociones ni conversaciones. Ni sueños. Sin decir que aquel espectáculo de geometría sea imposible ni explicar por qué los bueyes logran avanzar tanta distancia con el hombre dormido. Y con esa frase tan enigmática: «Nadie se atrevió a despertarle». Ni a frenar a los bueyes.

No era un microrrelato comme il faut, que dicen, o sea, como es debido, pero es.

Me atreví a reproducir este fragmento en el n.º 577-578, de julio-agosto de 2002 de la revista Nuestro Tiempo. Un sabio como el profesor Miguel Díez R. añade otros dos maravillosos engranajes del juego que el libro de Alfanhuí sigue ofreciendo. Uno se siente respaldado.

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UN FRAGMENTO DE ALFANHUÍ

También contó la patrona la historia de su padre. Eran de Cuenca. Allí había conocido ella a su marido. Su padre era labrador y tenía algunas tierras. Una tarde se durmió arando con los bueyes. Y, como no volvía el arado, los bueyes siguieron y se salieron del campo. El hombre seguía arando, con sus manos en la mancera. Iban hacia Poniente. Tampoco a la noche se detuvieron. Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal. El hombre no despertaba. Algunos vieron pasar a este hombre que araba con sus bueyes un surco solo, largo, recto, a lo largo de las montañas, al través de los ríos. Nadie se atrevió a despertarle. Una mañana llegó al mar. Atravesó la playa; los bueyes entraron en la mar. Rompían las olas en sus pechos. El hombre sintió el agua por el vientre y despertó. Detuvo a los bueyes y dejó de arar. En un pueblo cercano preguntó dónde estaba y vendió sus bueyes y el arado. Luego cogió los dineros y, por el mismo surco que había hecho, volvió a su tierra. Aquel mismo día hizo testamento y murió rodeado de todos los suyos.

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En Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) y en Rafael Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí. Comentado por Danilo Manera. Epílogo de Manuel Sánchez Sacristán, Barcelona, Destino, 1996.

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