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El hombre que quería sufrir, de Rogelio Guedea

El hombre que quería sufrir, de Rogelio Guedea

Lo normal es que una persona busque ser feliz y, de paso, si parece posible, evitar el sufrimiento. «El hombre que quería sufrir», del mexicano Rogelio Guedea, se encamina exactamente hacia lo contrario. Aunque también se plantea si alguien puede alcanzar la felicidad plena sin haber tenido relaciones con el dolor. Con las enseñanzas del dolor.

Rogelio Guedea (Colima, 1974) es autor de más de sesenta libros. De poesía, de narrativa, ensayos, traducciones. Fue premio Adonáis —el primer mexicano en obtenerlo—, presenta sus novedades editoriales, es profesor de la Universidad de Colima y un buen cuentista, tiene excelentes microrrelatos y merece estar todavía más presente en ámbitos literarios más allá de su país de origen. Sus títulos más recientes son el poemario Cómo me haces falta, la novela Bisturí y el ensayo La palabra armada: Poesía y dictatura, donde indaga la función social y política de poetas latinoamericanos del siglo XX —Benedetti, Nicanor Parra…— que usaron la lírica como resistencia frente a regímenes autoritarios. Y Vida de pareja, libro que «nació y creció de las redes sociales, interactuando con los usuarios de Facebook y contando historias de su relación de más de treinta años» con la que es su pareja.

"Paradojas de la naturaleza humana: la mayoría buscando evitar el sufrimiento, y este hombre lo desea porque siente que esa experiencia le falta"

Al sonriente protagonista, sin nombre, sin edad, lo caracteriza un extremado optimismo y una alegría inquebrantable. Fíjese en cómo entra en la consulta médica y con qué paciencia amable aguarda. Siempre encuentra la faceta positiva de cualquier situación, incluso de las más atroces. Su actitud resulta un tanto extraña y hasta paradójica: ¿a quién le pide el cuerpo embeberse de esa sensación del sufrimiento inédita en ese hombre? Aunque a uno le deja pensando en si la manera de afrontar las calamidades y los contratiempos, la cara que ponemos, influye en cómo nos sentimos. A ver si va a ser eso la relatividad de las emociones, otra disparidad más: lo que para unos es una desgracia, para otros puede convertirse en una oportunidad o incluso en motivo de regocijo. Paradojas de la naturaleza humana: la mayoría buscando evitar el sufrimiento, y este hombre lo desea porque siente que esa experiencia le falta. Porque quiere ser uno más.

Uno más que es consciente de que el sufrimiento forma parte necesaria de la experiencia humana y del valor que damos a la felicidad. O no. A saber.

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El hombre que quería sufrir

Llegó el hombre con el doctor, luego de esperar la cita por varias semanas, y esperó pacientemente su turno. Luego de un rato, la asistente le levantó la mano y lo hizo pasar. El hombre, siempre con una sonrisa en la boca, entró en el consultorio y se apoltronó en la silla. El doctor, circunspecto y medio malhumorado, le preguntó que en qué podía ayudarle. El hombre, sonriendo, le dijo: Vine porque quiero sufrir, doctor. ¿Cómo es eso?, dijo el doctor. Sí, dijo el hombre, quiero sufrir. Estoy todo el tiempo contento, feliz, tengo años así, y yo veo que todos sufren hasta por la más mínima cosa, y yo no puedo sufrir y quiero sufrir.  El doctor se puso dos dedos en la barbilla, pensando si realmente estaba entendiendo lo que el hombre le estaba pidiendo, y entonces le dijo: ¿No se le ha muerto últimamente su madre, por ejemplo? Se murió mi madre hace dos años, doctor, y, la verdad, no sentí nada de dolor, por más que me imaginé los momentos alegres de mi infancia con ella y que ya no volverían, en lugar de lamentarlo, me alegré, me estuve riendo todo el tiempo durante su velorio, y la gente se me quedaba viendo con extrañeza. Y ese brazo que le amputaron, ¿no lo hizo sufrir? Nada, doctor, al contrario. Me dije: un brazo menos que tengo que jabonarme cuando me bañe, y eso me puso muy feliz. Ah, qué caray, y ¿ha probado…?, iba a decir el doctor, pero el hombre lo interrumpió. Hace poco golpeé a mi jefe, en su oficina, y me metieron varios días a la cárcel, pensé que iba a sufrir por eso, porque hasta me quedé sin trabajo, pero, al contrario, vi aquello como una experiencia única, genuina, estar en la cárcel, convivir con personas que han tenido vidas fascinantes, no tener que trabajar realmente, sino pasar los días contemplando el cielo por la ventana enrejada, y no sufrí. Pasé dos meses maravillosos en la cárcel. Luego, dijo el hombre, cuando por fin salí, empecé a buscar trabajo sin éxito, y pensé que eso me haría sufrir, sobre todo cuando se me acabaron los ahorros, pero, cuando se enteró el cura de la iglesia de la esquina que no encontraba trabajo, vino a ofrecerme que comiera en su dispensario, gratuitamente, y eso me pareció una enorme obra de caridad, y no sufrí. Mi mujer me abandonó por otro hombre y, en lugar de sufrir, me puso contento la idea de que fuera realmente feliz, con un hombre normal y corriente, y no como yo, que todo el tiempo estoy feliz. No tuvimos hijos y eso me puso aún más feliz. Los compañeros de mi antiguo trabajo me desprecian por lo que hice y no sabe lo contento que me pone eso, me evito la pena de saludarlos en la calle. Por eso vine, doctor, dijo el hombre: porque quiero sufrir ya. Me urge. El doctor estaba cada vez más pensativo, no había tenido un caso así jamás. ¿Y si le doy algo para que se enferme de algo verdaderamente grave, sin que lo lleve a la muerte, claro, porque eso ya no lo haría sufrir?, dijo el doctor.  Pues si usted me asegura que eso me hará sufrir, me lo tomo, dijo el hombre. El doctor titubeó un instante (porque a esas alturas no sabía si de veras haría sufrir a ese pobre hombre feliz) y al final sacó unas pastillas de algo del cajón de su escritorio y se las puso delante. Ahí tiene, dijo. Tómelas. El hombre extendió la mano y las cogió. Le dio las gracias al doctor por haberle dado lo que por fin seguramente lo haría sufrir y, como siempre, salió muy feliz de su consultorio. ■

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