Inicio > Blogs > Ruritania > El bosque sin rey
El bosque sin rey

La literatura también crece bajo tierra. Antes de que una obra alcance la luz, otras voces la han alimentado: libros olvidados, conversaciones, maestros, adversarios, muertos. Frente al árbol del canon, el rizoma propone otra manera de pensar la tradición.

***

El bambú engaña a la mirada. Vemos una caña y después otra, separadas, verticales, aparentemente autónomas. Cada una parece haber nacido sola y haber emprendido por su cuenta el camino hacia la luz. Pero el verdadero bosque no empieza donde nosotros lo vemos. Empieza debajo.

Bajo la tierra, muchas de esas cañas están comunicadas por rizomas, tallos subterráneos que avanzan horizontalmente, almacenan reservas y permiten que nuevos brotes aparezcan lejos del punto del que proceden. Una caña puede surgir a varios metros de otra y parecer independiente. No lo es del todo. Su soledad es una ilusión de la superficie.

Algo semejante ocurre con los libros.

"El árbol genealógico, el árbol del conocimiento, las raíces de una nación, el tronco de una lengua, las ramas de una disciplina. El árbol tranquiliza porque permite establecer un origen"

Nos hemos acostumbrado a contemplar la literatura desde arriba. Vemos autores, títulos, generaciones, escuelas. Colocamos fechas de nacimiento y muerte, levantamos monumentos, organizamos centenarios y escribimos manuales donde cada escritor ocupa cuidadosamente su casilla. Después trazamos líneas entre unos y otros y llamamos a eso historia literaria.

Pero quizá la literatura verdadera ocurra en otro lugar.

Quizá ocurra debajo.

Debajo de cada libro existe una multitud. Están los libros que su autor leyó y aquellos que olvidó haber leído; las frases escuchadas en una conversación; las historias familiares; los maestros admirados y los maestros contra los que hubo que rebelarse; las traducciones; las cartas; las revistas desaparecidas; los enemigos; las ciudades; las pérdidas. Incluso están aquellos a quienes el escritor nunca conoció, pero cuya voz llegó hasta él después de atravesar generaciones.

Ningún escritor comienza en sí mismo.

Y, sin embargo, hemos construido nuestra historia cultural alrededor de la ficción contraria. Nos gusta el árbol.

"Un escritor puede ocupar el centro de una época y deber parte de su lenguaje a alguien cuyo nombre ha desaparecido"

El árbol genealógico, el árbol del conocimiento, las raíces de una nación, el tronco de una lengua, las ramas de una disciplina. El árbol tranquiliza porque permite establecer un origen. Hay una raíz, después un tronco, luego unas ramas principales y, finalmente, otras menores. Todo puede clasificarse. Todo parece proceder de algún sitio identificable. También el canon ha sido construido así.

Elegimos unos pocos nombres para que hagan de tronco y distribuimos alrededor de ellos a los demás. Unos serán precursores, otros discípulos, otros epígonos. Algunos quedarán reducidos a influencias. Otros ni siquiera alcanzarán la categoría de rama y desaparecerán bajo el suelo de la historia.

La literatura, sin embargo, se resiste obstinadamente a crecer de esa manera.

Gilles Deleuze y Félix Guattari encontraron en el rizoma una imagen para pensar aquello que no posee un único centro ni necesita remontarse siempre hasta un origen. Frente al pensamiento arborescente —jerárquico, genealógico, vertical— imaginaron una estructura hecha de conexiones, interrupciones, multiplicidades y recomienzos.

La palabra ha sido utilizada después hasta casi desgastarse. Pero conserva una intuición extraordinariamente fértil cuando se aplica a la cultura: lo que vemos no coincide necesariamente con aquello que sostiene lo visible.

"Escriben las palabras heredadas, los relatos escuchados en la infancia, las lecturas que nos deslumbraron y aquellas que detestamos"

Un escritor puede ocupar el centro de una época y deber parte de su lenguaje a alguien cuyo nombre ha desaparecido. Una revista que apenas tuvo lectores puede haber puesto en circulación una idea que veinte años después consideraremos característica de una generación. Una traducción anónima puede modificar una literatura entera.

Una maestra puede enseñar a leer a quien después escribirá los libros que estudiarán miles de alumnos, mientras nadie recordará el nombre de aquella mujer. Una conversación privada puede permanecer escondida durante un siglo dentro de un poema.

La historia ve la caña que sobresale. Rara vez excava para descubrir de dónde recibió el agua. Por eso resulta tan engañosa la expresión «autor solitario». La cubierta de un libro contiene un nombre y esa firma produce una ilusión poderosa: parece afirmar que cuanto existe detrás de ella procede de una conciencia independiente. Pero bajo cualquier obra se extiende una sociedad secreta. Los muertos escriben con nosotros.

Escriben las palabras heredadas, los relatos escuchados en la infancia, las lecturas que nos deslumbraron y aquellas que detestamos. Escribe incluso aquello que rechazamos, porque una negación también establece un vínculo. A veces un escritor pasa media vida intentando escapar de otro y termina demostrando precisamente con esa huida hasta qué punto estaba unido a él. La influencia no siempre consiste en parecerse. También se hereda contradiciendo.

"Quizá deberíamos escribir una historia literaria de quienes sostuvieron los libros sin aparecer en sus cubiertas. Sería una historia menos heroica, pero posiblemente más verdadera"

De ahí que las genealogías literarias sean mucho más extrañas de lo que permiten los manuales. Los escritores no forman familias ordenadas. Se apropian de antepasados, abandonan padres, adoptan abuelos extranjeros, encuentran hermanos en siglos anteriores y descubren descendientes que jamás conocerán. La tradición no es una fila.

Es una conversación donde los muertos continúan entrando y saliendo de la habitación. Y precisamente por eso el canon resulta insuficiente cuando pretende convertirse en una fotografía definitiva. Todo canon necesita seleccionar; sería imposible leerlo todo. El problema comienza cuando confundimos la selección con la realidad y creemos que aquello que quedó fuera no participó en la construcción de lo que quedó dentro. Las culturas están llenas de presencias invisibles.

Mujeres cuya obra fue leída por escritores después consagrados y que desaparecieron de los programas académicos. Traductores que introdujeron formas nuevas de pensar. Revistas provinciales que pusieron en contacto mundos intelectuales aparentemente alejados. Editores que descubrieron una voz. Correspondencias privadas que modificaron libros. Maestros que enseñaron a mirar. Lectores que conservaron obras cuando las instituciones habían decidido olvidarlas.

Quizá deberíamos escribir una historia literaria de quienes sostuvieron los libros sin aparecer en sus cubiertas. Sería una historia menos heroica, pero posiblemente más verdadera. También explicaría por qué la cultura posee una capacidad tan extraordinaria para sobrevivir.

El poder siempre ha entendido mejor los árboles que los rizomas. Es más sencillo talar aquello que tiene un tronco. Se prohíbe un libro, se expulsa a un profesor, se cierra una revista, se borra un nombre de los programas escolares, se destruye un archivo. La operación parece concluida porque aquello que era visible ha desaparecido.

Pero una idea puede haber empezado ya a circular. Puede refugiarse en una biblioteca particular, en una carta, en una canción, en una frase repetida sin recordar su procedencia. Puede permanecer durante décadas dentro de otro libro. Puede incluso perder su nombre y continuar viviendo. Se corta la caña.

El rizoma permanece.

"Cuanto más excepcional parece una obra, mayor es la tentación de presentarla como un milagro individual. Quizá ocurra exactamente lo contrario"

No conviene, desde luego, romantizar la imagen. Una red no es necesariamente buena por carecer de rey. También la mentira, el prejuicio y la intolerancia se transmiten horizontalmente. Las comunidades pueden excluir con tanta eficacia como las instituciones. La ausencia de una autoridad central no garantiza ninguna virtud moral. Pero el rizoma permite comprender algo que nuestra obsesión por los grandes nombres tiende a ocultar: una cultura es siempre mayor que sus figuras visibles.

Eso afecta también a nuestra idea de originalidad.

Durante mucho tiempo hemos admirado al creador como si su grandeza consistiera en no deber nada a nadie. Cuanto más excepcional parece una obra, mayor es la tentación de presentarla como un milagro individual. Quizá ocurra exactamente lo contrario. La originalidad no consiste en carecer de antepasados. Consiste en hacer algo inesperado con ellos. Todo escritor recibe una lengua que no inventó. Recibe géneros, ritmos, metáforas, relatos, formas de mirar. Recibe incluso silencios. Su tarea no consiste en comenzar desde cero —nadie puede hacerlo— sino en conseguir que todo aquello produzca una forma que antes no existía. Cada caña busca la luz desde un lugar distinto. Eso es precisamente lo que permite el rizoma.

Por debajo existe continuidad; por encima, diferencia. Y quizá ahí se encuentre una imagen más justa de la literatura. No una colección de árboles magníficos creciendo cada uno sobre su parcela, sino una inmensa conversación subterránea de la que, de vez en cuando, emerge un libro.

Algunos brotes alcanzarán una altura extraordinaria. Otros apenas serán vistos. Algunos recibirán inmediatamente un nombre. Otros necesitarán cincuenta o cien años para que alguien descubra que estaban allí. Y algunos desaparecerán sin que lleguemos nunca a conocerlos. Pero incluso entonces puede quedar algo suyo circulando. Una palabra. Una manera de construir una frase. Una idea transmitida a otro. Una forma de mirar. Tal vez la historia literaria debería aprender a excavar.

"Tal vez deberíamos mirar así la historia de la literatura: no como una avenida de grandes árboles cuidadosamente etiquetados, sino como una superficie llena de apariciones cuyo verdadero mapa permanece oculto"

No para derribar a quienes sobresalen, sino para comprender mejor aquello que los hizo posibles. Bajo los grandes nombres encontraríamos entonces otros nombres; debajo de esos, otros todavía. Y finalmente llegaríamos a una zona donde la autoría se vuelve difícil de separar de la memoria colectiva: canciones sin autor, expresiones heredadas, relatos familiares, formas de hablar, imágenes que atravesaron siglos. Descubriríamos que la cultura nunca tuvo realmente un tronco.

Tuvo conexiones.

No somos árboles aislados hundiendo una raíz privada en la historia. Somos puntos momentáneos de una conversación que comenzó antes de nosotros y continuará después. Quizá por eso algunos libros regresan cuando parecían definitivamente olvidados. Alguien vuelve a leerlos. Alguien pronuncia un nombre borrado. Una edición recupera una obra. Una investigadora abre una caja de archivo que llevaba décadas cerrada y descubre que la historia que conocíamos estaba incompleta. Entonces ocurre algo semejante a lo que sucede en el bambú. Donde parecía no haber nada, aparece un brote. Y comprendemos que nunca había estado vacío.

La memoria estaba trabajando debajo.

Tal vez deberíamos mirar así la historia de la literatura: no como una avenida de grandes árboles cuidadosamente etiquetados, sino como una superficie llena de apariciones cuyo verdadero mapa permanece oculto. Allí estarían las influencias no reconocidas, las voces expulsadas del canon, los trabajos sin firma, las conversaciones que modificaron una obra, los lectores que salvaron un libro y las personas que sostuvieron a quienes después parecieron sostenerse solos. Cada obra visible podría decir entonces menos «yo he nacido aquí» que «algo anterior ha encontrado en mí una nueva forma de salir a la luz».

El bosque no tendría rey.

Tendría memoria.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios