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Reynaldo Sietecase firma una gran novela sobre el “Cabrón” de su padre

Reynaldo Sietecase firma una gran novela sobre el “Cabrón” de su padre

Si mal no recuerdo, la última novela de Reynaldo Sietecase (Rosario, Argentina, 1961), inédita aún en España, se iba a llamar en un principio Arqueología de mi padre. El autor estiró su tesis de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), una inmersión profunda en el recuerdo de su padre a través de sus objetos personales, como una guitarra, una cámara Camcorder Hi8 de Panasonic, vinilos de la Orquesta de Filadelfia y de Narciso Yepes, etcétera. El texto se manifestó rebosante de vida y voraz, y el escritor, felizmente apresado, lo cebó hurgando en su memoria y en la de sus seres queridos, como su hermana.

Y como Pochi, la segunda esposa de Reynaldo Sietecase padre. “¿Cuál es el título?”, le preguntó a su hijastro. “Todavía no lo sé…”, le respondió Sietecase Jr. “Podés ponerle El cabrón”. “¿Cabrón?”. “Sí, era un cabrón. (…) Era muy enojón”. Es decir, que se encabronaba, que se enfadaba con facilidad. El novelista tituló “El cabrón” el capítulo sobre Pochi. Cuando sus editores lo leyeron, le dijeron que dejara de joder con Arqueología de mi padre; que Cabrón sonaba ideal. Sietecase se resistió hasta que recibió un boceto invencible y mefistofélico de la portada, ilustrado con una foto de su padre, guapo y joven, de cuando hizo la mili de allá, bajo el adjetivo malsonante coloquial ya referido. Y Sietecase cedió, claro. Cómo no iba a ceder.

"Cabrón es una bomba de belleza y de memoria; un aguafuerte ecuánime de un señor de otro tiempo"

La muerte del padre —y de la madre: véase san Agustín— es casi un subgénero literario que se pierde en la noche de los tiempos. Con Cabrón (Alfaguara, Argentina, 2026), Sietecase se suma a una escuadra conformada por, entre otros, Jorge Manrique, Montaigne, Paul Auster –el argentino cita una obra del estadounidense, La invención de la soledad– y Karl Ove Knausgård. Con respecto a este último, paradójicamente, Cabrón emparenta, más que con el primer volumen de Mi lucha, con el ulterior Cuarteto de las estaciones: si, en estos libros, el noruego elabora una especie de enciclopedia para su hija con ensayos sobre la nieve, las cornejas o los cortejos fúnebres, el autor de La Rey inventaría –de inventariar– un bazar heredado para intentar “entender la propia identidad” y realizar un ejercicio “que obliga a reinterpretar un legado, asumiendo sus luces y sus sombras. Una búsqueda en el pasado con el fin de encontrar destellos de la intemperie en el presente”.

Cabrón es una bomba de belleza y de memoria; un aguafuerte ecuánime —predominan, diría, las luces sobre las sombras, pero sombras, haberlas, haylas— de un señor de otro tiempo que, irremediablemente, por activa y por pasiva, fue clave en la identidad de su retratista. Partiendo del nombre: Reynaldo padre consensuó con su esposa que su hijo recién nacido se llamaría como sus dos abuelos, José y Luis, pero cambió de planes a última hora: “No quiso darme el nombre de su padre, que lo había abandonado. Con esa excusa llegó al registro civil y me asignó su nombre de pila. Por eso me llamo como él, Reynaldo Sietecase. La opinión de mi madre, bien gracias”. Y acabando en la manera de ejercer la paternidad del propio novelista: “Reproduje con mis hijos muchos de los aspectos que menos me agradan de mi padre. Por ejemplo, el rigor excesivo y, muchas veces, innecesario. La idea de control como sinónimo de protección. En perspectiva, creo que debo haber sido bastante insoportable”.

"En Cabrón comprobamos cómo una parte esencial del hombre que firmó Cierta curiosidad por las tetas nace de la rebeldía ante la autoridad de su padre"

En Cabrón comprobamos cómo una parte esencial —la literaria, ni más ni menos— del hombre que firmó Cierta curiosidad por las tetas nace de la rebeldía ante la autoridad de su padre: Sietecase hijo estudió Ciencias Económicas para complacer a un señor que “vivió una infancia triste y de privaciones”, y, tras pasar un tiempo trabajando en una oficina bancaria, se largó cuatro meses a Brasil, vivió como poeta y entre poetas y, a su vuelta, se consagró a la literatura y al periodismo, o sea, a la desobediencia del deseo de su progenitor.

Cabe señalar, además, que el relato del viaje a Italia para “quitarle a mi padre el rencor que lo acompañaba desde niño” es, quizá, uno de los textos más hermosos escritos por Sietecase, y el perfil de su tía zumbada, uno de los más divertidos. Cabrón es el mejor libro que he leído en meses, y en España, ya digo, continúa opacado por el adjetivo “inédito”. Ojalá cruce el Atlántico cuanto antes.

Ojalá, por cierto, es la palabra favorita de Sietecase.

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