Imagen de portada: Vincent Van Gogh – Woman (“Sien”) Seated near the Stove (1882).
A una profesora sevillana la llamaba yo, medio en broma, «Cayetana»: quizá por el apellido, por la ropa o por cierta elegancia antigua. Durante un tiempo no pasó de ahí. Hasta que un día, por curiosidad, busqué su nombre en Google y descubrí la relevancia social de su familia. Yo venía de un mundo campesino y jornalero del Rincón de Ademuz. Que precisamente a mí me impresionara el peso de un apellido tenía algo de traición a los míos. Empecé entonces a reparar de otra manera en cosas que ya había visto: algunos gestos, la manera de vestir, una forma de estar. Lo inquietante estaba en mí: ella seguía siendo exactamente la misma y, sin embargo, su origen había vuelto significativos rasgos que ya conocía.
Cortina sitúa ahí una de las raíces de la aporofobia. Buena parte de nuestra vida social funciona mediante la reciprocidad: damos, recibimos, cooperamos, intercambiamos. El pobre queda en una posición especialmente vulnerable cuando es percibido como alguien que necesita y del que poco esperamos recibir a cambio. La palabra desplaza el foco: no rechazamos tanto la diferencia como la carencia.
A partir de ahí surge una pregunta que ya no cabe atribuir a Cortina, sino a nuestra experiencia cotidiana: ¿hasta qué punto valoramos a las personas por lo que imaginamos que pueden añadir a nuestra vida? Prestigio, relaciones, cultura, influencia, utilidad, acceso a determinados ambientes, un apellido. Hay gente a la que concedemos crédito antes de conocerla y otra ante la que empezamos demasiado pronto a preguntarnos qué trae consigo.
En los pueblos esa contabilidad nunca necesitó escribirse. Todos podían cruzarse en las mismas calles, comprar en las mismas tiendas y sentarse en el mismo bar, pero se sabía quién tenía tierras, quién poseía buenas casas, qué familias tenían nombre y quién andaba siempre justo. La pobreza tampoco se quedaba siempre en quien la padecía. Podía adherirse al apellido, pasar de padres a hijos y acabar formando parte de la descripción de una familia.
Hay personas que llegan precedidas de un crédito que no han ganado: fama, poder, contactos, influencia, dinero, un apellido. Su sola presencia parece otorgar prestigio a quienes la rodean. Otras llegan cargadas con la sospecha contraria: que necesitarán, pedirán, ocuparán espacio, costarán. A las primeras se las interpreta a favor; a las segundas, en contra. La misma reserva puede parecer distinción en quien tiene un apellido de peso y torpeza en quien carece de ese respaldo; una rareza puede parecer excentricidad en quien está arriba y fracaso en quien está abajo. Incluso el silencio cambia de valor según quién lo guarde.
Existe además esa figura antigua que todos reconocemos: el pariente pobre. Del familiar que prospera se habla con facilidad. Su profesión, sus estudios, su casa o sus relaciones encuentran pronto un hueco en las conversaciones. El que fracasa, pide ayuda o vive mal produce bastante menos entusiasmo genealógico. Hay parientes de los que uno presume y otros a los que quiere con cierta discreción, procurando que no ocupen demasiado espacio cuando llegan visitas.
No hace falta pertenecer a una clase social determinada para practicar esa selección, y ninguna ideología inmuniza contra ella. Se puede defender apasionadamente la igualdad y preferir que el indigente no duerma en nuestro portal; predicar la caridad y desear que determinadas familias no alquilen el piso contiguo. La contradicción puede convivir perfectamente con personas decentes y sinceramente convencidas de sus principios. Basta con que la proximidad introduzca un coste.
Por eso la aporofobia pierde buena parte de su interés si sirve únicamente para señalar a gente particularmente cruel. Lo inquietante empieza cuando dejamos de buscarla en los demás. Yo mismo había comprobado el mecanismo inverso con aquella profesora sevillana: conocer su posición social hizo que rasgos que ya había advertido adquirieran de pronto un valor que antes no tenían para mí.
Con el pobre somos menos generosos. Le pedimos que sea trabajador, limpio, agradecido, prudente y, si es posible, ejemplar. Parece tener que justificar no solo su conducta, sino también nuestra compasión. Un millonario desagradable continúa siendo un millonario desagradable; un pobre desagradable corre el riesgo de convertirse en la explicación de su propia pobreza.
¿Cuántos de nuestros principios sobreviven cuando la pobreza deja de ser una abstracción y se sienta a nuestro lado?
Porque las abstracciones son vecinos excelentes. No ocupan el ascensor, no piden ayuda, no escolarizan a sus hijos junto a los nuestros, no duermen en el banco de enfrente ni llaman a la puerta de la comunidad. Podemos profesarles una solidaridad impecable.
El problema empieza cuando tienen rostro.


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