Fui con Blas, mi hijo, a Los Ceñajos. Del sendero no quedaba nada. Las aliagas lo habían borrado. Avanzaba por donde el terreno parecía ofrecer menos resistencia, buscando un claro entre las aliagas y quebrándolas con el pie cuando no había otro modo de pasar. Blas caminaba detrás de mí, procurando no pincharse. Más de una vez me pidió volver a Casas Bajas. En algunos tramos había que salvar los muros de piedra de los bancales, escalonados unos sobre otros en la ladera. A veces tenía que esperarlo o tenderle la mano para subir o bajar. Los mosquitos estaban por todas partes.
Cuando llegamos, apenas quedaba nada que reconocer. Allí hubo almendros cuidados, bancales limpios y tierra labrada con el macho. Ahora quedaban las piedras, las aliagas y los almendros: muchos secos, unos pocos todavía con alguna rama viva. Los bancales seguían marcando el terreno, uno sobre otro, pero el monte había vuelto a ocuparlos.
Veía el macho cargado, las lonas, las varas para sacudir las almendras, los sacos y las manos entre las ramas. Cuando yo era niño, el éxodo a la ciudad ya había pasado. Muchas piezas llevaban años abandonadas, pero en Los Ceñajos todavía quedaban unas pocas familias. Eran pocas, pero bastaban para que el macho entrara, algunas tierras siguieran dando almendras y todavía hubiera por dónde pasar.
Los Ceñajos quedan ya en tierra de Cuenca, en término de Moya. En casa se decía que aquellas tierras eran de la duquesa de Alba. Yo no entendía bien por qué entonces las trabajábamos. La duquesa estaba lejos, dentro de un nombre grande. Abajo estaban quienes limpiaban las piezas, llevaban los machos, vareaban, recogían y cargaban los sacos. La propiedad debía de figurar en algún papel. El trabajo estaba en los cuerpos.
Lo que ya no quedaba era quien supiera trabajar aquella tierra áspera y tomada por las aliagas: dónde apoyar el pie, por dónde meter el macho, qué rama cortar, qué piedra apartar, qué senda llevaba a una pieza y cuál se perdía.
No había nada que pudiera entregarse con palabras. Mi padre no me llevó a Los Ceñajos para que algún día los recordara, sino porque había almendras, porque el macho todavía podía entrar y porque la tierra daba algo si se trabajaba.
Yo había vuelto cuando ya no había nada que hacer. Allí el tiempo no parecía una idea, sino aliaga, piedra, sequedad y bancal cerrado.
Antes de marcharnos miré otra vez los bancales abandonados. El sendero que llevaba hasta ellos había desaparecido.
Fui con mi padre a un lugar útil y he vuelto con mi hijo a un lugar inútil. Entre una cosa y otra cabe toda una vida.


Arqueología de un tiempo que pasó tan rápido que quienes lo conocieron aún viven.