Nacido en aquella Europa que Stefan Zweig llamó “el mundo de ayer”, la anterior a la Gran Guerra, James Hilton vio la luz por primera vez en el condado de Lancashire (Reino Unido) un día del que hoy se cumplen ciento veintiséis años. Y ya entonces, cuando abrió los ojos a la vida, su destino estaba escrito en algún lado, en un guion como los que, con el tiempo, había de concebir él para el Hollywood clásico. Sí señor, su suerte ya estaba echada, como la de todo el mundo, probablemente, cada una con sus respectivas particularidades. Nacimiento, escritura y óbito, podría resumirse en líneas generales, el periplo existencial del joven Hilton. Murió a los cincuenta y seis inviernos. Sin embargo, aunque ahora nos parezca que la Parca se lo llevó prematuramente (1954), vista la esperanza de vida de mediados del siglo XX, cifrada en torno a los sesenta y dos años, la Camarada Seca no se adelantó tanto con él como ahora nos parece. Se dice que fue el tabaco lo que le quitó esos ocho otoños de vida a este escritor de gloria incierta, que fumaba en exceso, como se hacía antes, en el mundo de ayer, en el de entreguerras, durante toda la centuria pasada, que, hasta sus postrimerías, no emprendió la condena del tabaco.
Fue publicada en el periodo de entreguerras, cuando del mundo de ayer no quedaba ni rastro: el gas mostaza, las trincheras y todas las matanzas de la Guerra del 14 dieron paso a una época marcada por el desencanto tras la Primera Guerra Mundial y la creciente tensión geopolítica en Europa, que empezaba a vislumbrar el conflicto que puso fin al viejo mundo como un preámbulo a un nuevo enfrentamiento internacional, el de la destrucción total, el definitivo.
Eso era lo que había cuando Hilton escribió Horizontes perdidos y llevó a Shangri-La esa aspiración occidental de un santuario al abrigo de la destrucción del mundo moderno. Shangri-La es un valle mítico, ubicado en lo más recóndito de las montañas del Kunlun, en el Tíbet. Al igual que Thomas More situó la isla de Utopía —que, a partir de la ficción homónima en 1516, habría de dar nombre a uno de los géneros más apasionantes de la literatura fantástica— “a unas quince millas al sur de las costas de Sudamérica”, a la que antaño Utopía estuvo unida por un itsmo”, el lugar se presenta como un refugio ideal. En Shangri-La los días discurren mucho más despacio. Sus habitantes gozan de una longevidad extraordinaria, acaso debida a su paz inalterable: el fanatismo y los excesos se evitan como una nube de piedra. Aunque de base budista —hablamos de una lamasería que se alza sobre un valle fértil, protegido del clima hostil de las montañas— el Gran Lama que dirige la comunidad es en realidad un antiguo franciscano nacido en el siglo XVIII.
Siendo toda una síntesis entre el pensamiento oriental y occidental, el monasterio, que también es, pues fue fundado por un franciscano, alberga una vasta biblioteca, instrumentos musicales y obras de arte europeas y orientales. El propósito de aquellos tesoros nos es explícito: preservar los mejores logros de la humanidad ante una eventual autodestrucción de la civilización. Hasta allí llega, accidentalmente, un grupo de colonos anglosajones encabezado por el diplomático inglés Hugh Conway. Huyen de un levantamiento contra el Raj Británico en Baskul (Afganistán) y creen que el avión en el que escapan ha sido secuestrado, cuando el aparato sufre un accidente en las montañas y un misterioso grupo de sherpas acude en su socorro para llevarlos al fabuloso valle..
Sí señor: Hilton, a nuestro humilde juicio, fue tan utopista como pudieran serlo el Francis Bacon de La nueva Atlántida (1626), el Étienne Cabet de Viajes y aventuras de Lord William Carisdall en Icaria (1840) o el Samuel Butler de Erewhon (1872). Ciertamente, el aliento de su verbo fue disperso, aunque muy pronunciado. Al menos así lo estimaba Sigmund Freud, una de las pocas personalidades de entreguerras que en verdad apreciaron a ese último utopista que fue James Hilton.
Más de noventa años después, con esa ponderación que da al punto de vista el paso del tiempo, parece pertinente decir que Horizontes perdidos llegó en un momento en que las utopías ya se habían transformado en distopías, cambiando radicalmente su sentido.
En efecto, desde que los comunistas pusieron en marcha la suya, y el de aquellos titanes capaces de asaltar los cielos resultó ser uno de los estados más perversos y criminales concebidos por el ser humano —la gran hambruna soviética (1921-1922) y el Genocidio Ucraniano perpetrado por Stalin (1932-1934) ya permitían adivinarlo—, una de las primeras víctimas del terror rojo fueron las utopías como género literario. Tal asegura Orwell en 1984 (1948): no había más futuro, ni ideal, que “una bota aplastando un rostro humano”. Los innumerables torturadores de la dictadura de los miserables ya empezaban a aplicarse. Por eso precisamente el gran Evgueni Ivánovich Zamiátin, antiguo bolchevique, en Nosotros (1929) escribió la primera distopía y cambió radicalmente el sentido del género. El propio Orwell reconoció en el gran Zamiátin su modelo, preguntado por su inspiración en 1984, y Aldous Huxley el magisterio del disidente soviético en lo que a la distopía se refiere.
Horizontes perdidos llegó en un mal momento. No pudo salvarla de su injusto destino ni la adaptación a la pantalla de Frank Capra en 1937, “una de aquellas historias que nos contaba la abuelita Capra”, según Juan Antonio Bardem. Franklin D. Roosevelt, durante su mandato (1933-1945), dio el nombre de Shangri-La a la residencia presidencial que hoy conocemos como Camp David. Tampoco debió de hacer mucho en aras del prestigio como utopista de Hilton. Y menos aún que un temido portaviones de la flota estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, de la que Hilton quiso advertir en sus páginas, el USS Sangri-La, llevase el nombre del valle de nuestro utopista.
De modo que a James Hilton se le recuerda —apenas tienen memoria de él los lectores hispanoparlantes— por Adiós, Mr. Chips (1934), por el Oscar que mereció su trabajo en La señora Miniver o por los diálogos que escribió para Hitchcock en Enviado especial (1940). Pero me da la sensación de que incluso los lectores angloparlantes le juzgan como a un autor de superventas antes que como al último utopista. Es una lástima. Hilton a mí se me antoja mucho más cerca del dominico italiano Tommaso Campanella, que escribe Ciudad del Sol (1602), una de las grandes utopías del Renacimiento, que de Harold Robbins, todo un fenómeno editorial desde Los insaciables (1961). Así se escribe la historia. Mas es injusto, a la par que triste. “La utopía mata lentamente”, se decía en mis tiempos.


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