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¿Sabéis cómo ha quedado el Betis?

¿Sabéis cómo ha quedado el Betis?

Luis García Jambrina (Zamora, 1960), que es profesor de Literatura de la Universidad de Salamanca y reconocido experto en la compleja obra del caravaqueño Miguel Espinosa, ha publicado una novela titulada El último caso de Unamuno, un relato sólido, bien escrito, ambientado en Salamanca durante los primeros meses de la rebelión militar perpetrada por Franco y sus secuaces. Ni qué decir tiene que Jambrina no elude ese pasaje que tuvo lugar el 12 de octubre de 1936, el día de la Hispanidad, cuando el rector don Miguel de Unamuno se escapó de milagro de las garras de los fascistas allí reunidos, a los que les dejó bien claro que “vencer” no es sinónimo de “convencer”, por mucho que se empeñaran con sus amenazas y sus gritos.

En esas páginas, además de personajes ineludibles como el general tuerto Millán Astray, aparece en escena un tipo, que exhibe una insoportable chulería, llamado Gonzalo de Aguilera Munro, más conocido, entre propios y extraños, como el capitán Veneno. Pese a pertenecer al bando vencedor y haber ocupado un puesto decisivo durante la Guerra Civil, su biografía está tan salpicada de animaladas, excentricidades y caprichos que el mismo aparato del Régimen intentó borrarla de todos los libros, como si se tratara de una página defectuosa y mal escrita de la historia del franquismo.

"Jambrina, por necesidades del guion, no se adentra demasiado en el personaje, pero sí nos proporciona unos datos muy valiosos que ponen de manifiesto su catadura, o su cara dura, por mejor decir"

Fue nombrado oficial de prensa de Franco y de Mola, otro de los más sangrientos militares de la época. A Gonzalo de Aguilera se le encargó la delicada misión de proporcionar las noticias del frente a los corresponsales de guerra que habían acudido al calor de los acontecimientos. No en vano, por ser hijo de madre escocesa, hablaba a la perfección inglés, además de francés y alemán. A Franco, que era muy suspicaz en estos asuntos, le caía bien, y vio en él a la persona perfecta para manipular a los periodistas allí reunidos, dejando claro que la guerra se gana no sólo a base de tiros, sino, sobre todo, con el decidido apoyo de la propaganda.

Además, el capitán Veneno era el hombre perfecto, sin escrúpulos, a la hora de apretar el gatillo y ejecutar a quien fuera preciso. Jambrina, por necesidades del guion, no se adentra demasiado en el personaje, pero sí nos proporciona unos datos muy valiosos que ponen de manifiesto su catadura, o su cara dura, por mejor decir. Nos recuerda, por ejemplo, esas dos ideas, que iba proclamando este fulano entre los suyos, y que intentó poner en práctica sin éxito: de un lado, acabar con todos los limpiabotas de España, porque, según él, y cito textualmente para no ahorrar ni una sola palabra, “un individuo que se arrodilla en el café o en plena calle a limpiarte los zapatos, está predestinado a ser comunista. Entonces, ¿por qué no matarlos de una vez y librarse de una amenaza?”. Su otra bestia negra eran, curiosamente, las alcantarillas. Prometió suprimirlas al finalizar la guerra, aunque sólo en los barrios pobres, con lo que las enfermedades irían en aumento y acabarían, de manera “natural”, con ese tercio de la población que, según su criterio, sobraba en España.

"El polvo del olvido fue cayendo poco a poco sobre él, con lo que terminó por retirarse a su finca de Salamanca, rodeado de libros y de medio centenar de gatos, hasta el final de sus días, que fueron terribles"

Un periodista estadounidense que llegó a conocerlo personalmente (Gonzalo de Aguilera palmó en Salamanca en 1965) lo calificó de antisemita, misógino y antidemócrata, pese a su rango de aristócrata y amigo personal del rey Alfonso XIII, además de excesivo, manipulador, grandilocuente, culto y gallito. Su carácter tan particular y excéntrico avivó diversas leyendas, algunas de ellas no demostradas, pero que, dado su espíritu, bien pudieron ser verdad. Se cuenta que, en los primeros días de la guerra, en su propia finca, mandó fusilar a media docena de sus criados sin haber hecho nada, sólo para que sirviera de lección al resto de sus siervos. Y también se ha extendido la leyenda de que mató de un tiro a su propio chófer por salirse de la carretera en uno de sus viajes.

Después, las cosas no le fueron demasiado bien. A todo cerdo, y este lo era, y muy bien cebado, le llega su san Martín. Acabada la contienda, abominó de Franco y de su Régimen por ignorar la figura del rey. El polvo del olvido fue cayendo poco a poco sobre él, con lo que terminó por retirarse a su finca de Salamanca, rodeado de libros y de medio centenar de gatos, hasta el final de sus días, que fueron terribles. En un ataque de cólera, auspiciada por su inestabilidad mental, asesinó con su propia pistola a dos de sus hijos. Fue trasladado de inmediato a un hospital psiquiátrico para ser evaluado por los facultativos. Y una vez allí, según contaron varios testigos, al recobrar la cordura, lo primero que preguntó fue: “¿Sabéis cómo ha quedado el Betis?”.

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