Éramos pocos y parió la abuela. La conocida expresión popular castellana viene a cuento porque durante estos días alguien ha difundido, a través de las redes sociales, unas controvertidas palabras de Franz Kafka sobre Sancho Panza, recogidas en uno de esos cuadernos que su amigo Max Brod tenía orden de echar al fuego y que desaparecieran para siempre.
Lo del parto de la abuela también viene a colación porque no es la primera vez que el bueno de Sancho paga los platos rotos. Vean, si no, un ejemplo. Hace unos años, impartí la conferencia más comprometida y difícil de mi vida. Tuvo lugar en un aula de educación infantil y yo tenía la misión de explicarles a unos enanos de tres o cuatro años la importancia de la novela de Cervantes. Cuando cité a don Quijote, todos los niños, a coro, me recordaron que siempre iba acompañado de un tal Sancho Panza, “que era tonto y gordinflón”.
De manera que Sancho, para quienes no han entrado a fondo en la lectura del universal relato, vendría a ser una especie de garrulo pueblerino de escasa mollera, palurdo, melindroso, rechoncho, zampabollos y poco limpio, con sus muchos remiendos y esa barba cerrada de tres días. El anónimo autor del Quijote apócrifo que, por la calidad de su prosa, fue atribuido al mismísimo Lope de Vega, también se ensañó con la figura de Sancho, del que destacó, sobre todo, su aspecto más brutal. No así don Miguel de Unamuno, que dedicó todo un volumen a desentrañar la psicología de amo y mozo, poniendo de relieve la fe sin límites que Sancho le profesaba a su señor, a pesar de su escaso juicio.
Aunque Kafka insista en lo contrario y le eche la culpa de todo lo malo al escudero, lo cierto es que, además de obeso, bajo, tozudo, miedoso y poco aseado, Sancho Panza también encarna esa otra parte del ser humano que se define como práctica, realista, con los pies en el suelo, llana, sencilla y divertida, con los infinitos refranes que pone en su boca Cervantes a lo largo de la novela. Por no hablar del amor que siente por don Quijote, como queda demostrado en uno de los pasajes de la obra, en donde el propio Sancho afirma ante el Caballero de los Espejos que quiere a su amo “como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle por más disparates que haga”.
Y por si fuera poco, Sancho sacrifica la paz de su casa, abandona a su esposa y a una hija a la que criar y se arriesga a acompañar a un vecino tullido de la sesera de tanto leer, a todas horas, fantasiosas y absurdas novelas de caballería.
Sancho Panza representa, además, el contrapunto de don Quijote, ese otro lado más sensato y positivo que todos llevamos dentro, aunque siempre acabemos sucumbiendo a la atracción del abismo. El escudero, pues, no es un sandio, un simple, un tontorrón como parece a primera vista. Aprende más rápido de lo que podríamos imaginar a pesar de ser un hombre de campo, criado entre espigas y arados.
Tanto es así que otro experto en la obra cervantina, como Salvador de Madariaga, elaboró toda una teoría en la que plasmaba la paulatina “quijotización” de Sancho y la visible “sanchificación” de don Quijote, como bien se aprecia a lo largo de la novela, pero, de manera muy especial, en el último capítulo cuando el hidalgo, ya moribundo, con un pie en la tumba, recobra la cordura, y Sancho, sin embargo, con lágrimas en los ojos, le anima a incorporarse y salir de nuevo a los caminos. Todo, menos morirse. Qué locura.


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