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La cultura no es un adorno: una democracia que deja de leer empieza a obedecer

La cultura no es un adorno: una democracia que deja de leer empieza a obedecer

Leer no nos dice a quién votar ni nos convierte automáticamente en mejores personas. Nos obliga, eso sí, a resistir el eslogan, a reconocer la complejidad y a no entregar a otros el derecho de pensar por nosotros.

Una mentira cabe en una línea. Para desmontarla hacen falta contexto, memoria, matices y, casi siempre, varios párrafos. Esa desproporción explica una parte de nuestra fragilidad democrática: la falsedad corre; la verdad tiene que detenerse a argumentar. Y nosotros llevamos demasiado tiempo sin detenernos.

«No tengo tiempo para leer» se ha convertido en una de las frases más habituales de nuestra vida cotidiana. Se pronuncia sin tristeza y casi sin disculpa. No pretendo reprochárselo a nadie. Vivimos cansados, apresurados y sometidos a una cantidad de estímulos que apenas nos deja un momento de silencio. También quienes trabajamos entre libros caemos en la lectura precipitada, saltamos de una pantalla a otra y, a veces, confundimos estar informados con comprender.

"Hay que saber escuchar, interpretar y preguntar quién utiliza las palabras, con qué intención y qué parte de la realidad está dejando fuera"

Llevo buena parte de mi vida entre aulas, periódicos, manuscritos y bibliotecas, y no creo que la cultura convierta por sí sola a nadie en una persona moralmente superior. He conocido lectores dogmáticos y personas que, sin haber acumulado una gran biblioteca, poseían una inteligencia natural y una humanidad admirables. Leer no vacuna contra la intolerancia, la soberbia ni la estupidez, ni garantiza tener razón.

Lo que hace la lectura es algo más modesto y, al mismo tiempo, más importante: nos acostumbra a la dificultad. Nos enseña que una pregunta puede tener varias respuestas, que una persona puede estar equivocada sin ser un monstruo y que detrás de una decisión existen circunstancias que no caben en un titular. Nos obliga a permanecer unos minutos delante de una idea que no se entrega a la primera mirada.

La democracia también necesita ese aprendizaje. No consiste únicamente en depositar una papeleta cada cierto número de años. Está hecha de palabras: constituciones, leyes, sentencias, discursos parlamentarios, promesas electorales, noticias, declaraciones y debates. Para ejercer la ciudadanía no basta con poder hablar. Hay que saber escuchar, interpretar y preguntar quién utiliza las palabras, con qué intención y qué parte de la realidad está dejando fuera.

Quien renuncia a interpretar termina dependiendo de quien le simplifica el mundo.

"Después de leerlas resulta un poco más difícil hablar del desempleo, la desigualdad, la subordinación social y económica de las mujeres o la exclusión como si solo fueran apartados de un programa"

Cuando Benito Pérez Galdós ingresó en la Real Academia Española en 1897, pronunció una de las definiciones más hermosas y precisas de su oficio: «Imagen de la vida es la Novela». No dijo que la novela fuera un adorno de la vida. Dijo que era su imagen. La literatura debía reproducir los caracteres, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño; debía colocar ante la sociedad un espejo en el que también apareciera aquello que esta prefería no contemplar.

Por eso Galdós continúa resultando tan actual. Quien entra en Miau no contempla la cesantía como una cifra: siente la humillación de Villaamil, el funcionario que ha perdido su lugar en la Administración y empieza a sentirse expulsado del mundo. Quien camina junto a Benina en Misericordia ya no puede hablar de la pobreza como si fuera una abstracción. Quien acompaña a Tristana descubre el combate de una mujer por imaginar una vida que no haya sido decidida de antemano por los demás.

Esas novelas no nos entregan una consigna ni nos indican a qué partido votar. Hacen algo previo: nos obligan a imaginar las consecuencias humanas de las ideas, las leyes y las decisiones políticas. Después de leerlas resulta un poco más difícil hablar del desempleo, la desigualdad, la subordinación social y económica de las mujeres o la exclusión como si solo fueran apartados de un programa.

La literatura devuelve un rostro a lo que la política convierte con demasiada facilidad en una categoría.

"Un personaje literario puede ser contradictorio, generoso y miserable, lúcido y ridículo al mismo tiempo. El adversario político, en cambio, queda reducido con demasiada frecuencia a una figura enteramente perversa"

En La Fontana de Oro se lee otra frase de Galdós que debería formar parte de cualquier educación cívica: «El hábito de la libertad es uno de los más difíciles de adquirir». La palabra esencial es hábito. La libertad no se aprende repitiendo que somos libres. Se aprende practicándola. Y la lectura es uno de esos ejercicios: nos obliga a contener la respuesta inmediata, a escuchar hasta el final a quien puede contradecirnos, a distinguir un argumento de un insulto y a admitir, cuando sea necesario, que quizá estábamos equivocados.

Eso es exactamente lo contrario de lo que exige el fanatismo, que necesita frases cortas, enemigos reconocibles y respuestas instantáneas. No soporta el matiz porque el matiz introduce una fisura. No tolera la duda porque la duda interrumpe la obediencia. La cultura, cuando es verdaderamente libre, complica aquello que el poder, la propaganda o el sectarismo necesitan presentar como sencillo.

María Zambrano escribió en Persona y democracia que la democracia es la sociedad en la cual «no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona». Ahí se encuentra otra de las funciones esenciales de la cultura: rescatar a la persona de la etiqueta. Para la propaganda somos una masa; para el mercado, un perfil; para la burocracia, un expediente; para la literatura, una vida.

Un personaje literario puede ser contradictorio, generoso y miserable, lúcido y ridículo al mismo tiempo. El adversario político, en cambio, queda reducido con demasiada frecuencia a una figura enteramente perversa. La novela nos recuerda que las personas no están hechas con la limpieza moral de los eslóganes. Y esa conciencia no debilita nuestras convicciones: las hace menos crueles.

"Cuando un medio elimina la cultura, no pierde simplemente un suplemento o una página de reseñas: pierde profundidad de campo"

Por eso la cultura no puede continuar apareciendo como el florero de las instituciones, la fotografía de una inauguración o el capítulo presupuestario que se recorta cuando llegan las dificultades. Una política cultural no consiste únicamente en organizar grandes exposiciones o anunciar festivales. También es una biblioteca abierta por la tarde, una escuela de música, una librería de barrio, un teatro que paga dignamente a quienes trabajan en él, un museo local que conserva la memoria de una comunidad y un profesor con tiempo suficiente para leer un libro completo con sus alumnos, en lugar de entregarles únicamente un resumen.

Una sociedad no protege la cultura cuando la elogia, sino cuando la hace posible.

Los periódicos también tienen una responsabilidad en este terreno. Cuando un medio elimina la cultura, no pierde simplemente un suplemento o una página de reseñas: pierde profundidad de campo. La información de última hora registra quién ha dicho qué esa mañana; el periodismo cultural añade la perspectiva necesaria para comprender de dónde proceden esas palabras, qué memoria movilizan, qué miedos explotan y por qué una parte de la sociedad está dispuesta a creerlas.

Frente a la desinformación es indispensable comprobar un dato y desmontar una mentira. Pero formar a un lector capaz de reconocer el mecanismo de esa mentira es una tarea todavía más ambiciosa. El periodismo cultural no debe limitarse a anunciar novedades editoriales, galardones y necrológicas. También tiene que relacionar el presente con la historia, confrontar los discursos del poder con las palabras que heredamos y recuperar las preguntas que la actualidad, por su velocidad, deja sin responder.

"Leer no garantiza nada. Esa es precisamente su honestidad. No nos promete que seremos sabios, justos o libres. Pero amplía el mundo"

Tampoco debe convertirse en el púlpito de una sola tribu ideológica. La cultura no pertenece a la izquierda ni a la derecha. Existen mitologías conservadoras y lugares comunes progresistas; lectores reaccionarios e ignorancias que se consideran modernas. Una sección cultural que merezca ese nombre debe poder incomodar a todos, incluso al medio que la publica y a quienes creen encontrarse siempre en el lado correcto de la historia.

Su función no consiste en decirle al lector qué debe pensar, sino en impedir que otros piensen por él.

Y no hablo solo de libros. Cultura es también música, teatro, cine, pintura, arquitectura, patrimonio, memoria oral, lengua y conversación. Pero la lectura ocupa un lugar especial porque la vida pública se construye con palabras. Libertad, seguridad, pueblo, patria, igualdad, justicia o democracia pueden utilizarse para defender proyectos completamente opuestos. Cuando dejamos de preguntar qué significan, alguien termina llenándolas de contenido en nuestro nombre.

"La cultura no es un adorno. Es el lugar en el que el ciudadano aprende a ser persona antes de que alguien lo reduzca a votante, consumidor, seguidor o enemigo"

Leer no garantiza nada. Esa es precisamente su honestidad. No nos promete que seremos sabios, justos o libres. Pero amplía el mundo, introduce otras voces en nuestra conciencia y nos hace un poco menos fáciles de conducir mediante el miedo, la ira o la mentira.

No se trata de exigir que todos lean los mismos libros ni de convertir la literatura en una nueva obligación moral. Se trata de no renunciar al derecho a comprender. De no aceptar que la complejidad sea presentada como una molestia, que pensar sea una pérdida de tiempo y que toda discrepancia deba resolverse mediante un insulto.

Una democracia que lee discute, duda, recuerda y rectifica. Una democracia que solo consume titulares reacciona.

La cultura no es un adorno. Es el lugar en el que el ciudadano aprende a ser persona antes de que alguien lo reduzca a votante, consumidor, seguidor o enemigo.

Una democracia que deja de leer no queda en silencio de un día para otro. Primero empieza a repetir.

Y una sociedad que repite demasiado termina obedeciendo.

***

Notas para la edición y comprobación de citas

Benito Pérez Galdós, La sociedad presente como materia novelable, discurso de ingreso en la Real Academia Española, pronunciado el 7 de febrero de 1897.

Benito Pérez Galdós, La Fontana de Oro, capítulo III, «Un lance patriótico y sus consecuencias». La fórmula empleada en el artículo —«en La Fontana de Oro se lee»— resulta especialmente precisa, pues la frase aparece dentro de una intervención reconstruida por el narrador.

María Zambrano, Persona y democracia. La historia sacrificial, primera edición de 1958. La frase citada aparece en la página 133 de la edición de Anthropos de 1988.

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