Sobre la cuestión judía nació como una defensa de la igualdad civil y terminó hablando el idioma secularizado de un prejuicio antiguo. En esa contradicción se encuentra una de las páginas más incómodas del joven Marx.
Hay títulos que llegan al presente cubiertos por las cenizas de la historia. Sobre la cuestión judía es uno de ellos. Resulta difícil pronunciar esas palabras sin escuchar detrás todo lo que vino después: las exclusiones, los pogromos, las teorías raciales, las conspiraciones imaginarias, el exterminio. Sin embargo, Karl Marx escribió su ensayo en 1843, cuando «la cuestión judía» designaba en Europa un problema político y jurídico muy concreto: si los judíos podían convertirse en ciudadanos con plenitud de derechos dentro de los Estados modernos.
Tampoco estamos propiamente ante un libro dedicado a estudiar el judaísmo. Zur Judenfrage es un ensayo de respuesta a dos trabajos publicados por Bruno Bauer, antiguo compañero de Marx en el círculo de los jóvenes hegelianos. Bauer sostenía que los judíos no podían reclamar una emancipación particular mientras conservaran su religión. Para acceder a la ciudadanía del Estado secular, debían abandonar su conciencia religiosa; pero también los cristianos, según él, tendrían que superar el cristianismo. Solo una humanidad liberada de la religión podría alcanzar la verdadera libertad política. Marx comprendió que había algo profundamente tramposo en aquel razonamiento. Exigir a los judíos que dejaran de ser judíos para concederles derechos significaba convertir la igualdad en una recompensa por la asimilación. No se les reconocía como ciudadanos, sino después de haber renunciado a aquello que los distinguía.
El derecho a seguir siendo judío
La primera parte de Sobre la cuestión judía contiene una crítica brillante a Bruno Bauer. Marx observa que un Estado puede emanciparse de la religión sin que sus ciudadanos dejen de ser religiosos. Basta con separar la pertenencia política de la confesión individual. Pone como ejemplo a Estados Unidos, donde no existía una religión estatal y, sin embargo, la vida religiosa continuaba teniendo una enorme presencia social.
El Estado secular no elimina la religión: deja de utilizarla como condición para reconocer derechos. Un ciudadano puede ser judío, cristiano, protestante o no profesar ninguna fe sin que esa circunstancia determine su posición ante la ley. Por tanto, los judíos no necesitan abandonar el judaísmo para obtener la emancipación política. En ese punto, Marx se sitúa inequívocamente a favor de su igualdad civil.
Pero Marx da inmediatamente un paso más. La emancipación política, afirma, no equivale a la emancipación humana. El Estado puede declarar iguales a todos los ciudadanos mientras la sociedad continúa produciendo profundas desigualdades económicas. Puede eliminar las diferencias religiosas ante la ley sin acabar con las relaciones de poder, la pobreza, la propiedad concentrada o la dependencia material.
Aquí comienza a aparecer el Marx que todavía no ha escrito El capital, pero que ya desconfía de la promesa liberal. El ciudadano es libre e igual en el espacio político; el individuo real continúa sometido a sus condiciones económicas en la sociedad civil. Sobre el papel, todos poseen los mismos derechos. En la vida cotidiana, unos poseen fábricas, tierras y capital; otros solo disponen de su trabajo.
Por eso Marx considera la emancipación política un avance histórico, pero no el final del camino. El Estado moderno puede reconocer derechos universales y, al mismo tiempo, permitir que la desigualdad siga funcionando fuera de sus instituciones. La libertad jurídica no elimina por sí misma la dominación económica. Esta distinción entre emancipación política y emancipación humana constituye una de las aportaciones fundamentales del ensayo y anticipa su posterior crítica de la sociedad burguesa.
La biografía del propio autor añade una ironía difícil de ignorar. Marx procedía de familias de ascendencia rabínica. Su padre había abandonado el judaísmo y se había convertido al protestantismo en una sociedad donde las restricciones impuestas a los judíos afectaban directamente al ejercicio de determinadas profesiones. Karl fue bautizado siendo niño y creció apartado de la práctica religiosa judía. Poco antes de escribir el ensayo, en marzo de 1843, aceptó apoyar una petición de la comunidad judía de Colonia en favor de sus derechos civiles. Nada de esto lo absuelve de lo que escribió después. Ser descendiente de judíos no inmuniza contra los prejuicios antijudíos, del mismo modo que defender la igualdad legal de una minoría no impide reproducir estereotipos sobre ella. Pero estos datos sí obligan a rechazar la caricatura demasiado sencilla de un Marx dedicado a negar derechos a los judíos. Su posición política inmediata era justamente la contraria: los judíos debían ser emancipados sin necesidad de convertirse ni de renunciar a su religión.
El problema aparece cuando Marx deja de hablar del ciudadano judío realmente existente y comienza a utilizar «el judaísmo» como una metáfora de la sociedad que desea combatir.
Cuando el judío se convierte en metáfora
La segunda parte del ensayo cambia de tono. Marx ya no pregunta únicamente por la relación entre el Estado y la religión, sino por lo que denomina el fundamento secular del judaísmo. Su respuesta identifica ese supuesto fundamento con la necesidad práctica, el interés particular, el comercio y el dinero. En uno de los pasajes más comprometidos escribe: «El dinero es el dios celoso de Israel».
La intención filosófica puede reconstruirse. Marx desea demostrar que el «espíritu práctico» atribuido al judaísmo no pertenece exclusivamente a los judíos. La sociedad cristiana moderna ha convertido el dinero en una fuerza universal. El capitalismo ha hecho del cálculo, la propiedad y el intercambio el principio rector de la vida social. En ese sentido, no serían los judíos quienes habrían conquistado la sociedad cristiana, sino la sociedad burguesa la que habría universalizado aquello que Marx denomina provocativamente «judaísmo práctico». Su blanco último es el capitalismo. Pero el proyectil atraviesa antes una imagen heredada del judío.
Para denunciar una sociedad dominada por el dinero, Marx recurre a la vieja asociación entre judaísmo, comercio y usura. El judío deja de ser una persona histórica y se convierte en una figura conceptual: representa el egoísmo, el cálculo y el poder monetario. La burguesía cristiana recibe la acusación, pero es el judío quien proporciona el rostro de la culpa.
Ahí reside el núcleo del problema. Marx no estudia la diversidad de las comunidades judías, sus condiciones de vida, las profesiones que les habían sido prohibidas, la pobreza de una gran parte de la población judía europea ni la manera en que siglos de exclusión habían limitado sus actividades económicas. Utiliza una abstracción tomada del repertorio antijudío de la cultura cristiana. En lugar de desmontar el estereotipo del judío asociado al dinero, lo convierte en una pieza de su crítica del capitalismo. Algunos estudiosos han señalado precisamente que el ensayo trabaja con una imagen literaria del judío casi completamente separada de la realidad empírica de los judíos de su tiempo.
La defensa tradicional de Marx sostiene que su propósito no era atacar a los judíos, sino universalizar la crítica: los cristianos también se han vuelto «judíos» porque se han sometido al poder del dinero. Pero esa explicación no resuelve la dificultad. Para que la metáfora funcione, el lector debe aceptar previamente que el judaísmo guarda una relación especial con el comercio, la usura y el interés egoísta. Marx pretende destruir una sociedad basada en el dinero, pero emplea para hacerlo una imagen cultural que llevaba siglos justificando la hostilidad contra los judíos. La intención no agota el significado de las palabras. Una metáfora también posee memoria.
Por eso la discusión académica continúa abierta. Hay quienes consideran el ensayo una defensa imperfecta de la emancipación judía y una crítica temprana de los límites del liberalismo. Otros encuentran en su segunda parte un ejemplo inequívoco de antisemitismo de izquierda. Entre ambas posiciones se ha formado una enorme bibliografía que intenta decidir si debe juzgarse el propósito político de Marx, su vocabulario, el contexto filosófico o la posterior utilización del texto.
Tal vez el error consista en creer que solo una de las dos lecturas puede ser verdadera. Marx puede defender sinceramente la emancipación política de los judíos y, al mismo tiempo, escribir frases construidas sobre estereotipos antijudíos. Puede oponerse a la exclusión defendida por Bauer y no ser capaz de reconocer el prejuicio alojado en su propio lenguaje. Puede formular una crítica poderosa de la igualdad liberal y fracasar al representar a una minoría histórica.
No es necesario convertir el ensayo en un anticipo del nazismo para reconocer su violencia verbal. Tampoco es aceptable declararlo inocente simplemente porque su objetivo final era criticar el capitalismo. Sobre la cuestión judía no propone perseguir, expulsar ni privar de derechos a los judíos. No desarrolla una doctrina racial ni una teoría conspirativa. Pero sí utiliza al judío como emblema del dinero y presenta la desaparición del «judaísmo» como parte de la emancipación social.
El término «antisemitismo» todavía no existía cuando Marx escribió el texto: Wilhelm Marr lo acuñaría en 1879. Sin embargo, los prejuicios, imágenes y formas de hostilidad contra los judíos eran muy anteriores a la creación de la palabra. Que la categoría apareciera más tarde no vuelve inofensivo el lenguaje anterior.
Un ensayo anterior al sionismo
También debe evitarse otro anacronismo: Marx no estaba escribiendo contra el sionismo. El sionismo político organizado en torno a Theodor Herzl pertenece a otro momento histórico. Herzl publicó El Estado judío en 1896 y convocó el Primer Congreso Sionista en Basilea en 1897, cincuenta y cuatro años después de que Marx redactara Sobre la cuestión judía. En el ensayo no se debate la creación de un Estado judío, el asentamiento en Palestina, la identidad nacional judía ni las futuras relaciones entre judíos y árabes. Se discute si un judío puede obtener derechos civiles dentro del Estado prusiano sin abandonar su religión. Convertir a Marx en partidario o adversario de un movimiento político posterior desfigura el texto.
Tampoco existe un único «movimiento judío» al que Marx se oponga. El judaísmo puede designar una religión, una tradición cultural, una experiencia histórica y una pertenencia colectiva. Los judíos del siglo XIX estaban divididos entre ortodoxos, reformistas, liberales, socialistas, asimilacionistas y, posteriormente, distintas corrientes nacionalistas. Hablar de ellos como un bloque político uniforme reproduce precisamente la reducción que una lectura crítica debería evitar.
La vigencia del ensayo no se encuentra, por tanto, en reclutar a Marx para las disputas actuales sobre Israel o Palestina. Se encuentra en una advertencia más profunda: incluso una teoría dedicada a la emancipación puede llevar dentro el lenguaje de la exclusión. También la izquierda, cuando convierte a un pueblo en símbolo del dinero, del poder o de una conspiración abstracta, puede terminar hablando con palabras heredadas de aquello que cree combatir. Marx vio algo esencial: la igualdad ante la ley no basta cuando la vida material continúa organizada por la desigualdad. Comprendió que el Estado puede proclamar ciudadanos libres mientras la sociedad produce individuos dependientes. Esa intuición conserva toda su fuerza.
Pero no comprendió con la misma claridad que la emancipación universal no puede construirse sobre la desaparición simbólica de una diferencia. Nadie debería tener que dejar de ser judío, cristiano, musulmán, creyente o ateo para ser reconocido como igual. La libertad no consiste en reducir a todos a un ser humano abstracto, despojado de memoria, cultura y pertenencia. Consiste en impedir que esas diferencias se conviertan en motivos de subordinación.
Sobre la cuestión judía merece ser leído sin altar y sin hoguera. No hace falta absolver a Marx para reconocer la grandeza de algunas de sus preguntas. Tampoco es necesario cancelar toda su obra para admitir la gravedad de algunas de sus respuestas. El ensayo contiene simultáneamente una defensa de la ciudadanía judía, una crítica extraordinaria de la insuficiencia de los derechos políticos y una representación degradante del judaísmo.
Esa contradicción es precisamente lo que lo mantiene vivo.
La lección más duradera del texto quizá sea una que Marx no tuvo intención de formular: ninguna teoría de la emancipación está completa mientras sea incapaz de reconocer el prejuicio escondido en su propio lenguaje.


Brillante artículo de la erudita y lúcida Dra. Rosa Amor del Olmo, porque es cierto que el mayor aporte de Karl Marx fue incluir el factor económico para explicar el funcionamiento y la evolución histórica de las sociedades humanas, pero su mayor falla fue la simplificación reduccionista de pretender explicar la complejidad del hombre y de las sociedades humanas únicamente por el factor económico, olvidando que el ser humano es un ser cultural, y no es la única falla o error de su ideología, porque Karl Marx fue el más importante ideólogo político del siglo XIX cuyas influencias definieron el siglo XX y aún están vigentes en algunas sociedades atrasadas del mundo donde imperan el totalitarismo marxista y sus derivados, todos regímenes tiránicos. Otra de sus fallas fue su soberbia pretensión de ser una ideología “científica” porque siempre fue una ideología utópica y aunque despreció a los “socialistas utópicos” y se creyó “socialismo científico” se basó en el plagio de las tesis del “Movimiento de los Iguales” de los revolucionarios franceses encabezados por Francois Graco Babeuf, quien en 1794 publicó en su periódico de París, “El Manifiesto de los Iguales” donde se expuso la necesidad de avanzar en la Revolución Francesa hasta terminar con el gobierno opresivo de los propietarios e imponer la igualdad comunista bajo la Dictadura de los Trabajadores, que en su primera etapa aplastará a los ricos opresores, hasta lograr la plena igualdad. A esta Dictadura de los Trabajadores Marx le cambiará el nombre y la llamará Dictadura del Proletariado. El Manifiesto Comunista de 1848 de Marx y Engels es un plagio del Manifiesto de los Iguales de 1794, y los igualitarios franceses terminarán guillotinados en 1797. Lo importante es que Babeuf dejo escrito que su Movimiento de los Iguales estaba inspirado en la Antigua Esparta de los Homoi, de la Constitución de Licurgo, en la comunidad de bienes y abolición de la propiedad privada del Cristianismo Primitivo y en “Utopía” de Tomás Moro, todos movimientos de inspiración utópica, de lograr una supuesta e idealizada “sociedad perfecta”. Karl Marx no solo probó su racismo al escribir sobre los judíos, renegando de sus orígenes judíos, también se explayó en racismo contumaz cuando escribió una fallida biografía sobre Simón Bolívar para una enciclopedia en Estados Unidos, donde expuso su desprecio racista contra los españoles, los asiáticos, los negros africanos y los indígenas americanos, porque en la mente de Karl si un hombre en Europa existen Rey en América, Asia y África existen “reyezuelos”, si en Europa existen Tiranos, en América, Asia y África existen “tiranuelos”. Ya está probado que el Comunismo Marxista era una utopía como su utópica *Dictadura del Proletariado” porque nunca gobernaron los obreros ni los campesinos ni los soldados, gobernaron los jefes del Partido Único o Comunista y se impuso otra vez la monarquía absoluta, porque eso fueron los Dictadores Comunistas de carácter vitalicio, ya electivos (como el Papa de Roma y el extinto Emperador Sacro Romano Germánico) ya dinásticos (como en Corea del Norte y Cuba), por tanto, si los comparamos con la Democracia, el verdadero gobierno revolucionario y colectivo del pueblo, el Comunismo Marxista fue un mecanismo para restaurar la Monarquía Absoluta y por tanto históricamente es reaccionario. Y el fracaso del Comunismo Marxista en la formación de los nuevos ciudadanos también fue catastrófico, después de 70 años de férreo totalitarismo comunista no lograron desterrar ni el fanatismo religioso ni el criminal racismo y por esto sucedieron y suceden guerras por motivos raciales o religiosos en los pueblos hasta hace pocos años parte del Bloque Comunista. Y regresando sobre el tema de los judíos debemos señalar que este criminal racismo anti judío lo inicio Roma cuando adoptó el Cristianismo como religión de Estado, lo continuaron las Iglesias Católica, Ortodoxas y Protestantes (Martín Lutero llamo a expulsar y matar a los judíos) y esto reforzó el tradicional racismo de muchos pueblos de Europa, porque los pogromos, matanzas, persecuciones, segregación y guetos contra los judíos no empezaron en el siglo XVI como erradamente escribió Hanna Arendt, se remontan al siglo I después de Cristo y “la Estrella de David amarilla” de uso obligatorio para los judíos de Europa lo inventó un Papa de Roma en la Edad Media. Dos cosas graves están sucediendo en el mundo en relación a los judíos: En Alemania existen millones de tarados morales que votan o quieren votar por los neonazis, unos descerebrados que prometen expulsar a los inmigrantes, establecer escuelas segregadas para los niños “no alemanes” y quizás mañana decidan expulsar a los judíos de Alemania. Y en la Franja de Gaza, con el genocidio en curso contra los Árabes Palestinos que ordenó Benjamín Netanyahu y que ejecuta la Expedición Militar Punitiva de Castigo Colectivo de las Fuerzas Militares de Israel, que ya mató a 73 mil personas, la mayoría civiles, la mayoría inocentes niños, mujeres y ancianos, quedó probado que el pueblo judío es igual a cualquier otro pueblo de la Humanidad, que puede perder la brújula moral, que puede perpetrar un genocidio contra otro pueblo que considere más débil, que considere “inferior” si se cree que lo ampara la impunidad, porque tiene un ejército poderoso, armas nucleares, y el resto de la Humanidad no enfrenta la barbarie criminal de los genocidas. Después de la II Guerra Mundial la ONU le otorgó un territorio a los judíos, en compensación por el Holocausto, para que fundaran su propio Estado, Israel, y Palestina quedaría para los Árabes, pero Israel prevalido de su fuerza y de sus aliados, se niega a que exista un Estado para los Árabes de Palestina y quiere anexarse su territorio y aprovecho el ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023 para imponer su voluntad, por esto quiere que los Árabes abandonen Palestina bajo pena de exterminio. Hablar de la “Cuestión Judía” y del “Judío Imaginario” parece Historia Antigua, casi Arqueología, hoy las víctimas son los Árabes Palestinos. No hay guerra en Palestina, hay Genocidio y los verdugos son Benjamín Netanyahu y compañía.
Muchas gracias, Mario, por la generosidad con la que valora mi artículo y por dedicarle una reflexión tan extensa. Coincido con usted en varias cuestiones generales, especialmente en la necesidad de leer a Marx críticamente y de no confundir la importancia histórica de un pensador con la infalibilidad de sus diagnósticos. Ahora bien, algunas afirmaciones de su comentario requieren, a mi juicio, ciertas precisiones históricas.
Empezaría incluso por una cuestión relativa al propio Marx. Es indudable que otorgó a las condiciones materiales y económicas un papel decisivo en la explicación histórica, pero sería quizá excesivo reducir todo su pensamiento a la afirmación de que el hombre está determinado «únicamente» por la economía. La relación entre estructura económica, instituciones políticas, derecho, religión, cultura e ideología es bastante más compleja en su obra, y precisamente por eso sigue siendo objeto de discusión casi dos siglos después. Otra cosa es que podamos considerar insuficiente, determinista o reduccionista el peso causal que acaba concediendo a las relaciones materiales.
Respecto de Babeuf, conviene hacer una precisión importante. El llamado *Manifiesto de los Iguales* no fue publicado por Babeuf en 1794. Es un texto de 1796 y su autoría se atribuye a Sylvain Maréchal, dentro de la Conspiración de los Iguales encabezada por Babeuf. Babeuf es, por supuesto, un antecedente fundamental del comunismo revolucionario del siglo XIX, pero reconocer una genealogía intelectual no equivale a demostrar un plagio.
Por eso me parece muy difícil sostener, sin una demostración textual bastante más precisa, que el *Manifiesto comunista* de Marx y Engels sea simplemente «un plagio» del *Manifiesto de los Iguales*. Las ideas no nacen en el vacío: Marx y Engels reciben elementos de la Revolución francesa, del socialismo francés, de la filosofía alemana, de la economía política británica y de movimientos obreros anteriores. Tener antecedentes no convierte una obra en plagio.
Hay además otro pequeño problema cronológico: la expresión «dictadura del proletariado» no aparece en el *Manifiesto comunista* de 1848. Marx la utiliza explícitamente después, en *Las luchas de clases en Francia*, de 1850. Podemos discutir ampliamente sus antecedentes revolucionarios y la influencia de Babeuf, Blanqui y toda la tradición jacobina y socialista francesa, pero decir que Marx se limitó a tomar la «Dictadura de los Trabajadores» de Babeuf y cambiarle el nombre simplifica demasiado una genealogía intelectual bastante más complicada.
Sobre el carácter utópico o científico del marxismo, la cuestión también merece alguna cautela. Marx criticó a los que denominaba socialistas utópicos, pero eso no demuestra, naturalmente, que sus propias previsiones históricas fueran científicas ni que se cumplieran. Muchas no se cumplieron como esperaba. Ahora bien, una crítica fundada de Marx resulta más interesante si distinguimos entre lo que realmente escribió, lo que predijo y lo que posteriormente hicieron en su nombre los regímenes marxista-leninistas.
Tampoco llamaría «monarquías absolutas» a las dictaduras comunistas. Podemos calificarlas de regímenes totalitarios, autoritarios, de partido único e incluso señalar tendencias dinásticas extremas como las de Corea del Norte. Pero una analogía política no debe convertirse automáticamente en una categoría histórica: una dictadura de partido único no se transforma en monarquía porque su dirigente sea vitalicio o porque exista una sucesión familiar.
En cuanto a Bolívar, efectivamente Marx escribió en 1857-1858 una entrada para la *New American Cyclopaedia* extraordinariamente hostil hacia el Libertador, hasta el punto de que su propio editor le reprochó el tono partidista. Es un texto incómodo y perfectamente criticable. Pero tampoco lo llamaría exactamente una «biografía fallida» ni extraería automáticamente de ese artículo una teoría general sobre españoles, africanos, asiáticos e indígenas sin examinar separadamente los textos que permitan sostener cada una de esas acusaciones. En estas cuestiones prefiero siempre el documento concreto a la generalización.
Algo semejante ocurre cuando llegamos a la historia del antijudaísmo. Las persecuciones contra los judíos son, naturalmente, muchísimo anteriores al siglo XVI. Pero precisamente por rigor histórico conviene distinguir entre antijudaísmo religioso, persecución política, discriminación jurídica y el antisemitismo racial moderno. No son fenómenos idénticos aunque exista una larga historia de continuidades entre ellos. En mi artículo recuerdo justamente que la palabra «antisemitismo» es posterior a Marx, aunque las imágenes hostiles contra los judíos fueran antiquísimas.
También conviene precisar lo relativo al distintivo amarillo medieval. El IV Concilio de Letrán, en 1215, impuso que judíos y musulmanes se distinguieran de los cristianos mediante la indumentaria. Es un episodio muy grave de discriminación institucionalizada. Pero no estableció específicamente la «estrella amarilla de David» tal y como la conocemos por la persecución nazi. Las formas concretas del distintivo variaron posteriormente según épocas y territorios. La historia es ya suficientemente terrible sin necesidad de hacer coincidir instituciones medievales y símbolos del siglo XX.
Y llegamos finalmente a Gaza. Aquí quisiera separar dos cuestiones.
La situación de la población palestina y la actuación del Gobierno y de las fuerzas armadas israelíes merecen ser examinadas con toda la gravedad que corresponde. Existen hoy organismos internacionales que han empleado expresamente la categoría de genocidio para referirse a Gaza, mientras los procedimientos internacionales siguen teniendo sus propios tiempos y categorías jurídicas. No tengo ningún interés en disminuir la magnitud del sufrimiento palestino.
Pero sí me parece necesario objetar una frase de su comentario: no creo que pueda afirmarse que «el pueblo judío» perpetra un genocidio.
Precisamente eso nos devuelve al centro de mi artículo.
Los pueblos no deben convertirse en personajes colectivos dotados de una sola voluntad moral. Las responsabilidades corresponden a gobiernos, dirigentes, instituciones, mandos, organizaciones y personas concretas. Benjamin Netanyahu no es «el pueblo judío», del mismo modo que Hamás no representa moralmente a todos los palestinos ni un gobierno cristiano representa a todos los cristianos.
Responsabilizar de las decisiones del Estado de Israel al «pueblo judío» reproduce, aun involuntariamente, el mecanismo intelectual que mi artículo intenta cuestionar: convertir a millones de seres humanos diferentes entre sí en una abstracción denominada «el judío».
Hay judíos israelíes que apoyan al Gobierno israelí y judíos israelíes que lo combaten; judíos religiosos y ateos; sionistas y antisionistas; familiares de rehenes enfrentados al Gobierno; ciudadanos que protestan; intelectuales que denuncian la guerra; soldados, objetores, activistas y millones de judíos que ni siquiera viven en Israel. Ninguno puede ser convertido automáticamente en responsable de las decisiones de un Gobierno por compartir una identidad religiosa, cultural o histórica.
También matizaría la afirmación de que, tras la Segunda Guerra Mundial, «la ONU otorgó un territorio a los judíos como compensación por el Holocausto». La Resolución 181 de 1947 recomendó la partición del Mandato de Palestina en un Estado judío y otro árabe, con un régimen internacional especial para Jerusalén. El Holocausto forma parte ineludible del contexto histórico de aquellos años, pero presentar jurídicamente aquella resolución como una simple indemnización territorial concedida por Naciones Unidas a los judíos no reproduce con exactitud ni el contenido de la resolución ni la complejidad del proceso histórico.
Y justamente por todo ello discrepo de su conclusión cuando afirma que hablar de *La cuestión judía* hoy sea casi arqueología.
Creo exactamente lo contrario.
Es profundamente contemporáneo preguntarnos qué ocurre cuando dejamos de mirar a individuos concretos y empezamos a hablar de «los judíos», «los musulmanes», «los árabes», «los inmigrantes», «los cristianos» o cualquier otro colectivo como si millones de personas poseyeran una única conciencia y una única responsabilidad.
Mi artículo no pretende utilizar a Marx para resolver la guerra de Gaza, ni podría hacerlo. Pretende estudiar una contradicción muy precisa de 1843: un Marx que defiende que los judíos deben recibir todos los derechos civiles sin abandonar su religión y que, unas páginas después, utiliza «el judaísmo» como símbolo del dinero, del comercio y del egoísmo.
Precisamente ahí aparece el «judío imaginario»: cuando la persona real desaparece y en su lugar colocamos una abstracción sobre la que proyectamos una teoría.
Y quizá esa advertencia, desgraciadamente, tenga hoy menos de arqueología de lo que nos gustaría.
Doctorisima: Tiene usted razón en mucho de lo que crítica en mi comentario, especialmente que cometí el error de generalizar por mi afán de simplificación. Por motivos de urgencia escribiré un comentario para aclarar y precisar mi opinión, por el momento cumplo en informarle el texto de la Dedicatoria de mi próximo libro de relatos “Los Verdaderos Asesinos de JFK (Crónicas Fantásticas de Costromo”:
“DEDICATORIA
Dedico este libro de relatos fantásticos a cinco mujeres admirables: Rosa Amor del Olmo (erudita y polifacética poeta, periodista, escritora e intelectual española, fundadora y directora de la revista literaria “Isidora”, quien me dio sabios consejos y me sugirió el subtítulo del libro), Yoani Sánchez (aguerrida periodista cubana, fundadora y directora del periódico digital independiente “14ymedio”), Jennifer Ortiz (aguerrida periodista nicaragüense en el exilio, fundadora y directora del periódico digital independiente “Nicaragua Investiga”), Eliana Cuevas (maravillosa cantautora venezolana) y Luciana Mancini (maravillosa mezzosoprano chilena), todas brillantes, valientes, inspiradoras, almas generosas, también bellas y perseverantes, lúcidas inteligencias de múltiples y fecundos ingenios, quienes con sus grandes talentos, sapiencia y grandeza de alma, inquebrantables en sus convicciones humanistas y democráticas, ya desde la Literatura, el Periodismo o la Música, son faros que nos iluminan a todos con sus poderosas luces en estos tiempos de oscuridad y egoísmo, y también oasis de la Cultura contra la Barbarie en estas terribles horas menguadas que sufren mi desdichada patria, Costromo, y las también desdichadas Cuba, Nicaragua y Venezuela, por la voluntad perversa de las retrógradas, nefastas, hambreadoras, expoliadoras y criminales Tiranías que las azotan, en maligno monipodio con sus esbirros, mercenarios, tinterillos, acólitos y demás cómplices, todos vergüenzas para Hispanoamérica y la Humanidad”
Doctorisima:
Es para mí un honor debatir con usted sobre “Karl Marx y la Cuestión Judía” y consciente que apenas soy un viejo marino mercante jubilado y estoy en abrumadora desventaja ante su brillante intelecto y gran erudición, no rehuyo el debate porque puedo sostener algunas de mis opiniones y soy fiel a un viejo dicho costromero: “Me gusta cuando hay que fajarse porque yo también me fajo”. Además, si usted me deja en silencio en el contrapunto por lo irrefutable de sus argumentos, reconoceré mis eventuales errores, rectificare, pediré disculpas y habré aprendido más de usted, quien es desde hace tiempo mi maestra más admirada y querida y esto no lo cambiará este debate, aunque debo adelantarle que soy de la vieja escuela, admirador de Aristóteles (excepto en su errada en interesada tesis “De la Esclavitud Natural de los Hombres”, porque Aristóteles no era perfecto y como miembro de la élite de la antigua Macedonia de su tiempo era esclavista), especialmente de su Lógica, y no creo en Hegel ni en su materialismo dialéctico ni siento empatía por los afamados filósofos alemanes. Creo que la mayoría de los llamados “filósofos modernos” son discípulos, exegetas, glosadores, escoliastas, anotadores o comentaristas de Platón o de Aristóteles, y que algunos tenidos por filósofos no lo son, como el charlatan Martín Heidegger, sin olvidar al filósofo filotiranico adulador de Stalin y Fidel Castro que fue el francés Jean Paul Sartre, el ciego que pontíficó que “El hombre está condenado a la Libertad”, porque negaba la Historia y la realidad contemporánea, porque la Libertad y la Democracia eran y son bienes escasos, porque la Humanidad sufrió durante siglos la esclavitud, la suma de todos los crimenes, desigualdades y opresión y aún hoy son mayoría los millones y millones de seres humanos que viven bajo dictaduras de todo tipo, incluidas las comunistas, teocracias, monarquías absolutas y demás regímenes autocraticos, y no en Libertad y Democracia, bienes que disfrutan una minoría de la población mundial, aunque los fanáticos marxistas las llamen con desprecio “democracias burguesas”. No soy de la cofradía creyente en Marx ni siento por el ideólogo alemán temor reverencial, aunque reconozco su importancia histórica.
Expuesto lo anterior, cumplo en reconocer mi error al expresarme en forma errada y por mi intención de simplificar lo complejo, dar a entender que todo el pueblo judío está perpetrando el Genocidio en curso contra el pueblo árabe de Palestina en la Franja de Gaza, aunque escribí textualmente que Benjamín Netanyahu y compañía (sus partidarios y cómplices en la política de venganza a hierro y fuego contra los Árabes Palestinos de la Franja de Gaza) son los perpetradores de tal monstruoso crimen, y las Fuerzas Militares de Israel son el brazo ejecutor, los verdugos. No fui lo suficientemente claro y debí expresarme mejor, por tanto, pido disculpas a todas las personas que leyeron mi comentario y pensaron que estaba llamando genocida a todo el pueblo judío, quise expresar que del pueblo judío surgió un grupo de genocidas, y por tanto aclaro que no todo el pueblo judío es culpable del Genocidio en curso contra el pueblo árabe Palestino de la Franja de Gaza, solo es culpable y genocida la parte del pueblo judío formada por los gobernantes de Israel encabezados por Benjamín Netanyahu y quienes apoyan la Expedición Militar Punitiva de Castigo Colectivo contra la población de árabes Palestinos que habitan la Franja de Gaza, convertida por orden de Benjamín Netanyahu en una especie de enorme Gueto al Estilo Nazi (fue cerrado, le cortaron los suministros de alimentos, agua, medicinas, combustibles y energía eléctrica, y sometido a fuego de tanques, artillería pesada, cañones, fusiles, drones armados y bombardeo aéreo contra edificios y casas residenciales, comercios, escuelas, instalaciones recreativas y deportivas, hospitales y centros de salud y de ayuda humanitaria), donde la Fuerza Militar Punitiva ya mató a más de 73 mil árabes Palestinos (incluidos 26 niños muertos por hambre por la hambruna provocada intencionalmente por el Gobierno de Israel), la mayoría inocentes civiles desarmados e indefensos, la mayoría niños, mujeres y ancianos, como represalia o venganza por los monstruosos crimenes perpetrados el pasado 7 de octubre de 2023 contra 1.250 inocentes judíos en Israel, asesinados, secuestrados, violados y/o torturados, la mayoría niños, mujeres y ancianos. Y reitero que no estamos ante una Guerra, como dice la exitosa propaganda del genocida Benjamín Netanyahu, que muchos repiten irreflexivamente, porque estamos ante una matanza sistemática, intencional, planificada y generalizada contra la población árabe Palestina de la Franja de Gaza por una Fuerza Militar Punitiva de la potencia ocupante, Israel, con fines de venganza, retaliación, represalia, castigo colectivo, que Benjamín Netanyahu ordenó porque su grupo político gobernante quiere anexar el territorio palestino, porque se oponen a la creación de un Estado para los Árabes en Palestina, y estás matanzas son Genocidio.
?Guerra en la Franja de Gaza? 73 mil árabes Palestinos muertos contra 562 soldados de Israel muertos durante las operaciones militares de represalia y venganza colectiva lo dicen todo: No hay Guerra, hay masacres, matanzas, asesinatos sistemáticos de la población civil árabe Palestina en la Franja de Gaza, de niños, mujeres y hombres de todas las edades. Esto es Genocidio y por esto la Corte Penal Internacional ordenó el arresto preventivo y el enjuiciamiento de Benjamín Netanyahu, que no se ha ejecutado porque cuenta con la solidaridad cómplice del Presidente Trump de Estados Unidos, quien quiere desmantelar tal tribunal internacional creado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para enjuiciar y castigar a los criminales contra la Humanidad, porque Trump quiere garantizar la impunidad de su aliado Benjamín Netanyahu. Veremos si en las próximas elecciones en Israel la mayoría del pueblo israelí apoya al genocida o lo saca del poder político y lo sustituye como jefe del Gobierno de Israel. Como Hitler impuso su Dictadura y eliminó las elecciones libres en la Alemania Nazi muchos alemanes alegaron que nunca apoyaron el Genocidio contra los Judíos, el Holocausto, incluso que ignoraban que tales crimenes se estaban perpetrando. Veremos si el pueblo israelí vota en contra o a favor de los genocidas que ordenaron y ejecutan la criminal venganza colectiva contra la población árabe Palestina de la Franja de Gaza, porque no pueden alegar ignorar la situación, denunciada en la prensa internacional y en muchos medios de comunicación de Israel, que no vive en Dictadura porque vive en una Democracia Parlamentaria y como usted afirma, mi admirada Doctora del Olmo, existe oposición de muchos ciudadanos de Israel a la política genocida de su actual gobierno.
Exponer tal situación, no olvidar tales crimenes en mi comentario, resultó natural porque asocie la polémica figura del ideólogo revolucionario padre del Comunismo Marxista con la más polémica actuación en la Franja de Gaza del Gobierno de Israel, el Estado fundado para darle un hogar nacional a los judíos del mundo después del Holocausto perpetrado por los racistas Nazis de Alemania y Austria con la cooperación de muchos gobiernos de Europa (Italia, Francia de Vichy, Rumanía, Hungria, etc.). No pensé ni pienso que existen límites temporales o ramificaciones o temas conexos no aceptados y entiendo que usted, admirada Doctora, piensa que Marx y la Cuestión Judía son temas relevantes en la actualidad, no solo referencias históricas de un pasado olvidado o sin repercusiones en nuestra realidad, y en este punto concordamos plenamente, y aunque sé que mi comentario ni Marx resolverán el problema o las atrocidades en la Franja de Gaza, no deliro, solo quise exponer que la Cuestión Judía de la época de Marx ya está superada, ya los judíos de Alemania tienen derechos ciudadanos plenos en Alemania y en los demás países de Europa donde forman una minoría étnica o religiosa, y en todos aquellos países donde se asimilaron e incluso cuentan con un Estado Judío, con Israel, y lo que más puede afectar a los judíos de Israel y del resto del mundo, es lo que suceda en Palestina, lo que haga Israel (el Estado Judío) en la Franja de Gaza y con la población árabe Palestina. Esta es la “Cuestión Judía” de hoy.
Sobre Francois Babeuf puedo afirmar que desde 1794 con su periódico “La Tribuna del Pueblo” que editó en París hasta que fue encarcelado (murió ejecutado por revolucionario), inicio una campaña para profundizar la Revolución Francesa y lograr “La Igualdad Perfecta”, que Babeuf fue la cabeza política y uno de los grandes ideólogos del Movimiento de los Iguales y que se inspiró no solo en la antigua Esparta de los Homoi (“Los Iguales”), en el Cristianismo Primitivo, en Tomás Moro y su “Utopía”, en Rousseau, en Mably y en Morelly, y por tanto su proyecto era utópico y al Marx plagiarlo también el Comunismo Marxista era y es utópico desde su base teórica o doctrinaria. Aunque cedamos y le atribuyamos toda la obra intelectual del Movimiento de los Iguales a Marechal y a Buenarroti, subordinados políticos de Babeuf, y que minimicemos la importancia, el protagonismo y la participación de Babeuf en el Movimiento de los Iguales, cuyo líder fue, que no fue en 1794 sino después que se publicó el Manifiesto de los Iguales, que la tesis de la Dictadura del Proletariado no fue expuesta con dicho nombre en el Manifiesto Comunista de 1848 sino después dentro de las tesis marxistas, tales variaciones no cambian la esencia, la naturaleza del plagio de Karl Marx de las tesis y documentos del Movimiento de los Iguales, porque lo importante es que Karl Marx conoció el Manifiesto de los Iguales durante sus estadías en Francia o en los salones de lectura de la Biblioteca del Museo Británico en Londres y se esforzó por negarles en sus obras todo crédito, mérito, referencia o antecedente a los socialistas utópicos anteriores en décadas a el, a Karl Marx, quien descalificó a los socialistas utópicos, porque sabía que quienes leyeran los olvidados periódicos y documentos de un reducido grupo de revolucionarios franceses de fines del siglo XVIII, quienes leyeran El Manifiesto de los Iguales y demás literatura política del Movimiento de los Iguales, lo compararían con El Manifiesto Comunista y otros documentos doctrinarios marxistas, especialmente con la tesis de la Dictadura del Proletariado y el plagio resultaría evidente: Las dos Dictaduras son instrumentos provisionales para derribar el orden de los propietarios opresores e imponer la nueva sociedad igualitaria o comunista, basada en la propiedad colectiva y la abolición de la propiedad privada, en el predominio de los trabajadores (el proletariado según Marx), que monopolizarán el poder del Estado para expropiar, reprimir y reeducar a los propietarios. Ambas Dictaduras son en teoría etapas transitorias para imponer el nuevo orden revolucionario y desaparecerán al lograrse la plena igualdad, la sociedad comunista, última etapa de la Revolución. Como no tengo a Karl Marx como héroe intelectual ni lo creo un dechado de virtudes, tengo claro que plagio El Manifiesto de los Iguales y muchas ideas del Movimiento de los Iguales, reprimido a sangre y fuego por el gobierno francés de la época, que en 1797 ejecutó a la mayoría de sus dirigentes. Y Marx seguramente pensó que nadie expondría su plagio ?Como podía pensar el plagiario Karl Marx que en el futuro se masificaría el acceso a los periódicos y demás documentos del Movimiento de los Iguales que pueden hoy leerse en la Internet?
Por lo antes expuesto y por la Historia, reitero que el proyecto del Comunismo Marxista era, fue, es y será un proyecto utópico de Karl Marx y su cacareado “Socialismo Científico” era, fue, es y será propaganda engañosa (como querer llamar “Ciencia” a la Astrología), porque no es Ciencia, es Utopía y con resultados desastrosos, la imposición de una Monarquía Absoluta, peor que las antes conocidas por su vocación totalitaria (porque el Comunismo Marxista nació inspirado en el modelo de la Antigua Esparta de los Homoi, el primer Estado Totalitario en la Historia de Occidente, aunque Hanna Arendt nunca lo supo), porque Aristóteles escribió en su “Política” que “El gobierno vitalicio de un hombre es monarquía” y para mí Aristóteles tiene plena validez como Tratadista Político. Y este fue el final de todas las Dictaduras de Partido Único o Comunista Marxista que sufrieron o sufren las sociedades humanas desde el pasado siglo XX, degenerar en Monarquía Absoluta Comunista (y no es una anomalía, es la norma): El Jefe del Partido Único Marxista o Comunista se convierte en Dictador Vitalicio y poco antes de morir, si controla al Partido Único impone como heredero a un familiar (Monarquía Comunista Dinástica) como sucede en Corea del Norte y Cuba; si el Jefe o Rey Comunista no controla al Partido Único o Partido Comunista, la élite que lidera dicho Partido elige de su propio seno (en su Pleno, Directorio, Congreso o Convención) al nuevo Jefe, Monarca o Rey Comunista (Monarquía Comunista Electiva) como sucedió en las extintas Unión Soviética y sus Estados Satélites de Europa Oriental, aún sucede en El Vaticano con el Papa de Roma (electo en Cónclave de Cardenales, los Príncipes de la Iglesia), el Rey o Monarca de un Estado Monárquico Electivo Teocrático, y sucedía con el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, ?O nos olvidamos del Rayo de la Guerra, del Emperador Carlos V?.
Sobre el racismo y el eurocentrismo irrefutables de Karl Marx no existen dudas. No sólo es el texto de la fallida “entrada”, “nota biográfica”, “artículo” o como quieran llamar con precisión milimétrica al texto en cuestión, lo esencial, lo importante, lo revelador, es que sus cuartillas escritas sobre Simón Bolívar, y también las cartas que escribió a su amigo Engels tratando el tema, indignado porque le rechazaron su trabajo que le prometía buenos emolumentos, están llenas de dicterios, insultos y descalificaciones racistas. Marx no uso criterios políticos o ideológicos para descalificar e insultar a Simón Bolívar, usó criterios racistas, epítetos e insultos denigrantes por causa racial. Según Marx Bolívar no era capaz de grandes empresas y era dado al despotismo asiatico por su “sangre española mezclada con sangre indigena” y los pueblos mestizos (de españoles, indios y negros) de la América Española ganaron la Guerra de Independencia porque actuaron como jefes los militares europeos que llegaron al finalizar las Guerras Napoleónicas, una mentira gigantesca. Como usted entenderá, mi siempre admirada y querida Doctora Rosa Amor, Karl Marx es para mí (y para quien lea lo que escribió contra Simón Bolívar, contra los españoles, negros, indios americanos y contra los asiáticos) un racista de mala cepa, arquetipo del racista alemán a pesar de sus raíces judías (un pueblo asiático, porque tampoco tenía buena imagen de los asiáticos), porque Marx era en verdad un judío asimilado a la cultura alemana (por esta causa también fue racista contra los judíos traicionando sus raíces judías), cuyo racismo es muy antiguo y por esto Hitler fue popular en su época y aún hoy millones de alemanes racistas votan o piensan votar por los descerebrados neonazis.
Por el racismo de Karl Marx le tengo antipatía y veo disminuida su valía intelectual y humana, para mí el racismo es una grave tara moral. Detesto a los racistas porque tengo sangre española, sangre negra y sangre india y estoy orgulloso de las tres. Y cualquiera que sea racista, contra cualquier etnia, nunca estará en mi panteón particular de héroes modernos, donde están Jesucristo, Clistenes, Cervantes, Nelson Mandela, Alexander Petion, Manuel Piar, Emiliano Zapata, Benito Juárez, Sun Tzu y otros pocos más.
Ya decidí preparar una selección de los insultos racistas emitidos por Karl Marx contra Simón Bolívar y contra los españoles, negros, indios americanos y asiáticos en ocasión del rechazado artículo enciclopédico sobre Simón Bolívar, un documento que los fanáticos marxistas hispanoamericanos prefieren ignorar, y esta es una de las causas del atraso y primitivismo político que sufre Hispanoamérica, porque los hispanoamericanos, en lugar de buscar industrializar y democratizar a sus países, aún se dejan embobar por los cantos de sirena de intelectuales, políticos y gobernantes fanáticos del fracasado Comunismo Marxista, un camino que siempre lleva al desastre.
Doctorisima, es su turno.
Estas son algunas de las expresiones racistas de Karl Marx (Federico Engels era un racista más virulento), contenidas en sus cartas y artículos de prensa:
1) Contra los españoles, mexicanos y mestizos hispanoamericanos:
Marx apoyó el despojo y anexión de la mitad del territorio mexicano por fuerza o por trampas por Estados Unidos. Apoyó la intervención de Estados Unidos en México (1846-1848) y escribió: Los “mexicanos perezosos”: En 1849, en la Neue Rheinische Zeitung, apoyó la anexión de California por Estados Unidos y escribió: “¿Es una desgracia que la magnífica California haya sido arrebatada a los perezosos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?”.
En carta a Engels de fecha 14 de junio de 1865, Marx criticó con dureza a los pueblos hispanoamericanos, llamándonos “degenerados”:
“Los españoles ya están completamente degenerados. Pero un español degenerado, un mexicano, es un ideal. Todos los vicios, la fanfarronería, la grandilocuencia y el quijotismo de los españoles, elevados a la tercera potencia, pero sin la solidez española”.
Karl Marx, como los racistas americanos de ayer y de hoy, usó el gentilicio “mexicano” para llamar a todo hispanoamericano.
2) Contra los negros:
Usó mucho los insultos racistas: En carta a Engels de fecha 30 de julio de 1862, Marx atacó a Ferdinand Lassalle (un rival político), con insultos antisemitas y racistas (empleando explícitamente el insulto “nigger” en inglés dentro de su texto en alemán): en una expresión propia del supremacismo blanco”: “Ahora tengo completamente claro que, como demuestra la forma de su cabeza y el crecimiento de su cabello, desciende de los negros que se unieron a la huida de Moisés de Egipto… Ahora bien, esta combinación de judaísmo y germanismo con una base negra fundamental tiene que producir un producto peculiar. La impertinencia de este sujeto es también propia de un negro”.
Atacó a su propio yerno:
Paul Lafargue (autor de “El derecho a la pereza”), socialista cubano con ascendencia mixta (francesa, judía, caribeña y negra), era llamado despectivamente por Marx como “el negrito” o “el gorila”, burlándose de que tuviera “un octavo o un doceavo de sangre de nigger (negro como insulto en inglés”. Porque el racismo típico de los racistas blancos de Inglaterra, Estados Unidos y Alemania es que una sola gota de sangre negra “mancha” y convierte al mestizo en “gente de color” es decir en “gente inferior”.
4) Contra los indios (indígenas de toda América):
Los describió como “Bárbaros”, que deben ser “civilizados” porque “solo conocen el despotismo asiático”.
Karl Marx es exponente del típico racista alemán que considera que todo pueblo distinto al blanco europeo nórdico es inferior “los blancos europeos mediterráneos”, los blancos asiáticos (turcos, arabes, armenios, judíos, etc.), los que ellos llaman razas “amarillas” (chinos, japoneses, coreanos, mongoles, etc.) y todos los demás pueblos de Asia, los indios de América, los negros de África, los indígenas australianos y todos los mestizos o mezclas de cualquier tipo.
5) Karl Marx escribió esto sobre Simón Bolívar en carta a Engels de fecha 14 de febrero de 1858: “…Es el canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque…”
Marx estaba indignado contra el General haitiano Faustino Soulouque, quien se autocoronó Emperador de Haití, como Napoleón Bonaparte en Francia, como Francisco de Iturbide y Santa Anna en México, como intentó Julio César en Roma, porque el General Faustino Soulouque era negro y ya sabemos que para Marx los Reyes, los Dictadores, los Tiranos solo existen en la blanca Europa, en África y en América solo pueden existir “reyezuelos”, “dictadorzuelos” y “tiranuelos”, expresiones “degeneradas” del modelo original.
Y estas son las opiniones contra Simón Bolívar y los hispanoamericanos después de reformar su artículo (lástima que no conocemos el texto original) para la enciclopedia gringa en cuestión (“The New American Cyclopedia”, Tomo III, 1858) que si fue publicado:
(Bolívar) “…como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento…”, “…las tropas extranjeras , compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron el destino de Nueva Granada…”, “…sus solas tropas europeas habrían bastado para aniquilar a los españoles…” “…su legión extranjera, más temida por los españoles que un número diez veces mayor de colombianos…” (neogranadinos y venezolanos), “…El concurso de la legión británica habían volcado, evidentemente, la situación a favor de los colombianos…”, “…los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se debieron íntegramente a los oficiales británicos…”
Marx pinta en términos negativos a Simón Bolívar y lo presenta como un traidor, incapaz, manipulador, déspota, incompetente , cobarde y resulta imposible de creerlo tan mediocre cuando logró empinarse como la cabeza de la Revolución de Independencia y el jefe militar en las actuales Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia.
En la mente ofuscada por el racismo y el eurocentrismo de Karl Marx la Independencia de América del Sur fue el fruto de los legionarios británicos y no de los esfuerzos de sus propios pueblos, a quienes despreció por ser mestizos de españoles, indios y negros.
Tanto racismo prueba que Marx es otro ídolo de barro, aunque aún muchos lo creen parte de “la Santísima Trinidad del Socialismo Científico”: Marx, El Padre, Engels El Hijo y Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) El Espíritu Santo. Porque el Marxismo-Leninismo degeneró en religión, una herejía para Marx y Engels, Plagiarios del francés “Movimiento
de los Iguales”.
Y conste que no soy fanático de Simón Bolívar, quien como muchos “Libertadores” de la América Española en realidad sólo fueron “Independizado res” porque no abolieron la esclavitud, y algunos hasta dejaron a sus herederos sus grandes haciendas con sus esclavitudes (como el famoso General Sucre).
Por tal causa admiro más al grande hombre Miguel Hidalgo, porque dictó un Bando en 1810 en Guadalajara, Jalisco, México, aboliendo la esclavitud en toda América y aboliendo el tributo indígena, bajo pena de muerte a los infractores quienes en un término de 10 días no pusieran en libertad a los antiguos esclavos y no pusieran fin al tributo indigena. Aunque tan humanitario decreto no llegó a cumplirse porque Hidalgo perdió una batalla y fue fusilado por los monárquicos, su Bando quedó escrito con letras de oro en la Historia de la América Española y de toda la Humanidad, como también quedó escrita la Ley de Abolición de la Esclavitud dictada por el Congreso de Chile en 1823, única República de la América Española que al independizarse de España fue coherente con sus ideales republicanos de Libertad, Igualdad y Fraternidad , en la que los Libertadores se ganaron tan honroso título.
Los tres citados ideales que se regaron con el mundo con la Revolución Francesa determinaron que en 1794 la Asamblea Nacional de Francia dictará una Ley de Abolición de la Esclavitud propuesta por Maximiliano Robespierre (quien por esto merece ser recordado) pero en 1804 el traidor a la Revolución Francesa, el militar golpista General Napoleón Bonaparte, la derogó y restableció la esclavitud en Francia y sus colonias, por lo que solo con su terrible restablecimiento ya se ganó el título de Enemigo de la Humanidad, aunque es admirado por todo ignorante militarzucho golpista con alma de tiranuelo y vocación de ladrón, quienes por lo general protagonizan o apoyan golpes de Estado contra los gobiernos democráticos en el ancho mundo.
Varias consideraciones:
-El judío no es el único privado de derechos civiles y políticos. El católico en Gran Bretaña (incluida Irlanda, donde es mayoría) Prusia y, en menor medida, en la Polonia rusa y Bélgica (donde también es mayoritario), está “discriminado” política y socialmente. En Irlanda no puede siquiera poseer tierra ni ser elegible, como los judíos, y en Prusia o Polonia rusa no tiene sino un acceso muy limitado a la política por restricciones legales de tiempos de las guerras de religión. La emancipación de los católicos es Gran Bretaña, si no recuerdo mal, es posterior a la de los judíos.
-La emancipación es un concepto ambiguo. Es más riguroso hablar de equiparación de derechos o supresión de la discriminación legal. Hay tantas y tan confusas “emancipaciones”, que podemos llegar al absurdo de plantear que la desigualdad está únicamente en la sociedad y no también en la naturaleza y en el mismo hombre.
-El trasfondo es el debate en el seno de una comunidad judía -concretamente, en los ashkenazíes de Europa centrooccidental- sobre la asimilación en la sociedad europea. La mayoría de los judíos de Europa occidental están tan secularizados como los cristianos y desean, no ser judíos en un Estado propio, sino ser ciudadanos de pleno derecho en sus países. Frente a esto, surge una oposición religiosa que defiende el tradicional exclusivismo judío y una oposición secular que defenderá un Estado exclusivamente judío, como vemos en nuestros días que, por cierto, ha replicado y aumentado la discriminación social y política de los estados europeos, añadiéndole un factor racial (un judío nacido en Indonesia tiene derecho a la nacionalidad israelí, pero no un árabe, cristiano o musulmán, que ha nacido en Palestina).
-Esa oposición secular a la asimilación puede invocar una humanidad genérica, como hace Marx, o puede ser un nacionalismo secular racial, como el sionismo.
-El sionismo, como aspiración a un Estado racialmente judío, y digo racialmente porque era la raza y no la religión (ya que sus promotores eran judíos seculares) ya circulaba entre los judíos europeos. De hecho, uno de los hegelianos de izquierda, compañero de Bauer y Marx, era el sionista Moses Hess. No era familia del jerarca nazi, pero sus formulaciones racialistas tienen un paralelismo muy curioso con el nacional-socialismo, que es otra criatura hegeliana.
-Lo tìpicamente judío es el mesianismo sin Mesías, concretado en la dialéctica hegeliana de un ideal que supuestamente debe engendrar una realidad superada o trascendente. Es la secularización del judaísmo religioso, la sustitución del Mesías que no llega por ideologías. Las predicciones de Marx sobre la autodestrucción del capitalismo tienen mucho de ese profetismo de la cultura judía. Las ideologías mesiánicas del socialismo, sea en su versión nacionalista o internacionalista, con su soteriología y trascendencia propias, son la síntesis de la antítesis marxiana frente a la tesis hegeliana, “realizadas” por un líder que tiene mucho de verbo encarnado.
-Marx no quiere en absoluto la destrucción de una sociedad dominada por el dinero, sino su consecución, como un paso previo para alcanzar su utopía. La sociología marxista pone como motor de la historia el factores material, que determinarían todo lo perteneciente a la esfera ideal, espiritual y cultural. En la sociedad decimonónica, el dinero está ganando terreno frente al honor, la posesión de la tierra, el prestigio, el apellido y otros factores importantes para la sociedad tradicional.
-Los judíos no podían poseer tierra hasta hace menos de dos siglos. Por eso, entre otras cosas, estaban asociados al comercio y el préstamo. Esto no significa que fueran los inventores del capitalismo. Algunos historiadores han desmontado a Max Weber y ya sabemos que existían actividades capitalistas en la cristianísima Italia del Renacimiento, Flandes e incluso España.
-Llegados al terreno de la teorización, yo creo con Charles Maurras, que la libertad es, en lo concreto, autoridad. Ser libre de hacer algo es tener autoridad para hacerlo. Autoridad, que es legitimidad y poder al mismo tiempo. No debía ir muy desencaminado, porque le han copiado la idea, aunque ahora le llamen empoderamiento.
Muchas gracias por un comentario tan extenso, que abre en realidad cuestiones suficientes para otro artículo. Algunas de sus observaciones son pertinentes como ampliación histórica; otras, sin embargo, creo que requieren bastante matización, porque nos alejan del objeto concreto de mi texto y, en algún caso, introducen anacronismos.
En primer lugar, mi artículo no sostiene que los judíos fueran el único grupo sometido a discriminación religiosa o política en la Europa del siglo XIX. Naturalmente no lo eran. Católicos, disidentes protestantes y otras minorías sufrieron restricciones muy importantes según países y periodos. Pero el objeto de *Sobre la cuestión judía* no es una historia comparada de todas las discriminaciones europeas, sino una polémica muy concreta entre Marx y Bruno Bauer acerca de los derechos de los judíos en el Estado cristiano alemán.
Y, por cierto, en el caso británico la cronología es precisamente la contraria de la que señala: la gran emancipación política de los católicos se produce en 1829, mientras que la barrera parlamentaria para los judíos no fue definitivamente removida hasta 1858. En cuanto a Irlanda, las antiguas Penal Laws fueron ciertamente durísimas, también respecto de la propiedad, pero no pueden trasladarse sin más a la situación jurídica existente en 1843.
Sobre la palabra «emancipación», entiendo su prevención, pero aquí no es una elección terminológica caprichosa. Es el vocabulario del propio debate. Marx distingue expresamente entre «emancipación política» y «emancipación humana», y esa distinción constituye justamente uno de los núcleos filosóficos del ensayo. Sustituir siempre «emancipación» por «equiparación de derechos» haría más claro un aspecto jurídico, pero borraría precisamente la distinción que Marx está intentando establecer.
Tiene usted razón, en cambio, en recordar que existía un gran debate judío acerca de la asimilación. Pero ese debate fue plural y no autoriza a convertir a «los judíos» en un sujeto ideológico único. Había ortodoxos, reformistas, secularizados, asimilacionistas, socialistas y, posteriormente, diversas formas de nacionalismo judío. Esa diversidad es precisamente una de las razones por las que en mi artículo desconfío del «judío imaginario»: el judío convertido en abstracción filosófica que sustituye a los judíos históricos.
Moses Hess es, desde luego, un personaje muy interesante y un antecedente fundamental del sionismo. Pero aquí la cronología importa mucho. *Roma y Jerusalén*, su gran formulación nacional judía, apareció en 1862: diecinueve años después de que Marx escribiera *Sobre la cuestión judía*. Por eso mantengo lo escrito: convertir el ensayo de 1843 en una discusión sobre el sionismo político posterior es anacrónico. Que existieran antecedentes, expectativas de restauración nacional o posteriormente pensadores proto-sionistas no convierte el sionismo en el objeto de la controversia Marx-Bauer.
Tampoco me parece históricamente prudente pasar de ahí a definir el sionismo simplemente como proyecto de un «Estado racial» y, desde Hess, establecer un paralelismo con el nacionalsocialismo. El vocabulario racial del siglo XIX existe y debe estudiarse sin maquillarlo, pero «raza», «pueblo», «nación», religión y nacionalidad se superponen entonces de maneras que no son equivalentes a la doctrina biológica y jerárquica de la raza elaborada posteriormente por el nazismo. Una semejanza léxica no demuestra una identidad doctrinal ni una genealogía histórica.
Más difícil de sostener históricamente me parece la afirmación de que lo «típicamente judío» sea un «mesianismo sin Mesías» que acabaría secularizándose en Hegel, Marx y las ideologías socialistas. Como interpretación comparatista puede discutirse la presencia de estructuras escatológicas o mesiánicas en determinadas filosofías de la historia; existe bibliografía sobre ello. Pero convertir esa posible analogía en una esencia «típicamente judía» y después hacer derivar de ella Hegel, Marx, el socialismo y hasta determinadas formas de liderazgo político exige una demostración histórica mucho mayor. De lo contrario volvemos exactamente al problema que planteo en el artículo: sustituir una tradición histórica enormemente compleja por una característica abstracta atribuida a «lo judío».
Respecto del dinero, además, discrepo frontalmente de su lectura. Marx no sostiene en este ensayo que haya que llevar primero hasta su culminación una sociedad dominada por el dinero para alcanzar después la utopía. Dice, al contrario, que la emancipación respecto del tráfico mercantil y del dinero supondría la emancipación de la sociedad respecto de aquello que él llama, con un lenguaje que precisamente critico, «judaísmo práctico», y llega a imaginar una organización social que suprima las condiciones que hacen posible ese dominio. Podemos discutir si esa teoría es acertada, ingenua o contradictoria, pero el texto dice lo que dice.
En cuanto a las restricciones históricas sufridas por los judíos para poseer tierras y ejercer determinadas profesiones, estamos de acuerdo en un punto esencial, y precisamente lo menciono en el artículo: siglos de exclusiones jurídicas contribuyeron a concentrar a determinadas comunidades en actividades comerciales, financieras y artesanales. Lo que no podemos hacer es convertir después el efecto histórico de aquellas restricciones en una supuesta esencia económica del judaísmo. Y naturalmente tampoco sostengo que los judíos «inventaran» el capitalismo: las economías mercantiles, crediticias y protocapitalistas europeas tienen una historia mucho más antigua y compleja.
Finalmente, la observación de Maurras sobre libertad y autoridad puede dar lugar a otra discusión interesante, pero pertenece ya a un problema distinto.
En el fondo, sigo defendiendo exactamente la tesis del artículo: Marx puede tener razón frente a Bauer cuando sostiene que un judío no debe renunciar a su religión para adquirir derechos políticos y, al mismo tiempo, puede equivocarse gravemente cuando convierte «el judaísmo» en metáfora del dinero, el egoísmo y la sociedad mercantil. Las dos cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
Y esa contradicción —no Israel, no el sionismo posterior, no una supuesta esencia mesiánica del pueblo judío— es exactamente el asunto que intentaba estudiar.
En todo caso, muchísimas gracias por leer.