Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 18 de septiembre de 1936: La muerte llama a la puerta
—No me des cartas, Pepe. Por hoy hemos jugado lo suficiente. Guarda la baraja.
Estaban en las alcobas. Luis Mañas sonrió a modo de respuesta y se encendió otro cigarrillo. Años más tarde, Pepe diría que era la primera vez que se sentía tan cerca de su padre en mucho tiempo. Durante toda la primavera, las broncas entre ellos habían sido continuas. La sublevación no mejoró las cosas. La cesantía y el encierro forzoso de padre lo llevaba a estar de uñas. La convivencia era tensa. Y los calores del verano no ayudaban. En realidad, solo hacía unos días que la cosa empezaba a mejorar.
—Esperemos a que terminen las mujeres y vamos a la cama —dijo Luis. Se puso en pie.
Mariana y las chicas rezaban en la habitación de al lado. Desde que los curas andaban escondidos y con la mayoría de las iglesias ocupadas por sindicatos, la religión se refugiaba en los hogares. Rezar era algo clandestino, peligroso. Había casas en las que sacerdotes sin sotana decían misas en secreto.
—Y a ver si esta noche es tan tranquila como la de ayer —murmuró Luis Mañas.
Pepe asintió: parecía que las detenciones ilegales se iban controlando. Las noches movidas del verano empezaban a dejar paso, con el nuevo Gobierno, a una situación más tranquila. Aparecían guardias de Asalto en General Ricardos que intentaban disciplinar a las milicias. Era como si hubiese pasado la obsesión por la quinta columna y se sintiera que quienes quedaban en Madrid ya tenían un marchamo de lealtad republicana.
La engañosa sensación se evaporó cuando oyeron que llegaba por la calle un camión. Viendo que paraba ante la iglesia de San Miguel, los dos apagaron el quinqué. A oscuras, Pepe se acercó a la ventana. Apartó la persiana verde para comprobar que quienes bajaban del vehículo eran milicianos no de la CNT sino del Partido Comunista o las Juventudes Socialistas. No llevaban pañuelos rojinegros al cuello.
—Vienen hacia aquí —murmuró Luis.
No se equivocaba: fuera habían roto el candado de la puerta que daba a General Ricardos. La empujaron y media docena de milicianos llegaron hasta la puerta del almacén cerrado. Antes de llamar, cuatro hombres rodearon la casa. Ninguno soltó el fusil. Para entonces las mujeres habían aparecido, las tres con el espanto pintado en el rostro. Fuera empezaron a oírse voces.
—¡Venimos con un parte de registro! ¡Abrid o echamos la puerta abajo!
Instintivamente, Pepe se acercó a la librería donde sabía que estaba el Astra de padre y comprobó que estaba cargada.
—¿Qué haces, Pepe? ¿No ves que son muchos, y tienen fusiles? Haz el favor de soltar eso.
—Pero padre…
—¡Haz como te digo! —susurró Luis Mañas—. Tú te quedas aquí, con las mujeres.
—¡Voy con usted!
—¡Ni hablar! Abro yo. No hagáis ruido, y salgáis ninguno mientras hablo con ellos —bajó hasta la puerta y alzó la voz—: ¡Ya voy!
Pepe abrazó a su madre en la oscuridad. No soltó la pistola. Los cuatro, él, Mariana, Rosa e Inés, callaron. Abajo seguían las voces de los milicianos.
—Buscamos a Luis Mañas.
—Yo soy. ¿Quiénes sois vosotros?
—Del Partido Comunista. Tienes que acompañarnos. ¿Hay alguien más en la casa?
—No, estoy solo.
—Pues ven con nosotros, compañero.


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