«Un gran poder da una gran responsabilidad». No importa que lo diga un Carlos Marx joven o el adulador Damocles cuando se da cuenta de que una espada vertical amenaza a su ingenuo cerebro o que la pronuncie una jueza resolutiva o el tío de Spiderman. Puede que también los asesinos repitan esa frase. Lo difícil son las consecuencias que puede acarrear.
«—Mamá —dijo el niño—, ¿qué es un golpe?
»—Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio.
»El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo».
«Golpe» iba intercalado entre cuentos de su libro de 1986 Miedos transitorios (De a uno, de a dos, de a todos).
1973 fue un año difícil. No solo por el Nobel de la Paz que aceptó Kissinger y que rechazó un alto representante revolucionario vietnamita. El 11 de septiembre de 1973 se dio en Chile el golpe militar que abrió con Pinochet un largo periodo de dictadura. Más de doscientos meses hasta el 11 de marzo de 1990. Pía Barros lo contó.
«Yo no digo “escribir”, digo “contar”». Es la divisa y la raíz que asume ella. Uno de los primeros grandes talleres de narrativa que impartió se anunciaba así: «Tu vida cuenta, cuenta tu vida». Y no suele empezarlos invitando a que quienes asisten se presenten ante el grupo. Dejan antes escrita una historia breve, la leen «y se pueden presentar y decir quiénes son». El resto puede, así, «fijar en la memoria qué les interesó de la otra persona con los datos biográficos».
Las seiscientas y pico palabras de esta narración rehacen una historia y unas vidas de aquellos tiempos amargos. Quien da voz narrativa al cuento «Estanvito» no le dice inmediatamente al lector qué está ocurriendo. Prefiere que lo descubra. El narrador lo sabe todo pero, con mayor sabiduría, adopta en parte la perspectiva mental de Estanvito. Por eso utiliza el vocabulario que él emplea. No juzga explícitamente. Sí se vale del amargor de la ironía. Pero contar la vida no es como contar pétalos transparentes en las flores, desde luego.
La historia revela unos hechos que parecen ingenuos por lo cotidianos, pero aumenta la carga hasta mostrar una realidad verdaderamente oscura, cruel. Ese contraste entre la inocencia aparente y la violencia consigue buena parte de su efecto, de su impresión en quienes leemos este relato. Un efecto de testimonio y de alegoría. Alegoría o plena ocultación: se evitan palabras como «asesinato», «víctima», «cadáver» o «crimen» para referirse únicamente a «problemas». O a «muchachos». Una sociedad puede enmascarar la violencia debajo de un lenguaje buscadamente neutral. Falsariamente neutral. Aunque persista el dolor y, como el miedo, dure generaciones.
Estanvito es un grandullón forzudo, ingenuón, obediente, aislado desde su llegada al mundo —como su madre, tal vez—, vulnerable… El primer párrafo lo muestra como un cándido animalote. Inspira ternura. También su madre. Además es bondadoso de corazón. Con discapacidad intelectual, trabaja con eficacia y esmero en labores de jardinería y limpieza. A veces, para unos «muchachos». Que le encargan una tarea común en su profesión: llevar una carretilla llena, pesada, hasta un depósito. Él transporta «problemas». Y Estanvito —nombre quizá con ecos del cómico inglés Stan Laurel y, por supuesto, de Vito, un lejano niño mártir, más que del padrino Corleone— se siente querido, importante, porque los muchachos le sonríen, le dan palmadas y le invitan a subir a las camionetas.
Descubrimos en esas vidas contadas realidades graves. El abuso de los débiles. La responsabilidad individual. La violencia ejercida con constancia. La manipulación de personas vulnerables. Los desaparecidos. La indiferencia de algunos ante el sufrimiento. Las injusticias. La capacidad de la sociedad para convertir actos monstruosos en tareas rutinarias. O que los mismos objetos —la carretilla, las flores— sirven tanto para una tragedia como para las formas de la felicidad.
Afortunadamente, Estanvito no es un malvado, ni alcanza a comprender la dimensión feroz de lo que hace. Sí la acaba comprendiendo quien lee esta historia. Esta vida. Porque esta breve narración —este personaje de nombre y de bautizo extraño— obliga a plantearse una pregunta desbordada de gravedad: «¿Es responsable quien ejecuta una acción si no comprende realmente su significado?». Y otra, de respuesta más directa: «¿Qué responsabilidad tienen quienes se aprovechan de alguien para cometer crímenes?». En este microrrelato que es abrumador de tamaño. Como un estadio nacional.
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Estanvito
A Estanvito se le juntan los dedos de los pies, mejor dicho: se le pegan, y cuando se saca las botas utiliza un cuchillo para despegarlos. Cuidadoso, separa el pulgar del índice y así sucesivamente, raspando los residuos blancos que a su vez se cuelgan al cuchillo que él limpia con la uña para después oler o lamérsela. Estanvito piensa que, total, es transpiración de su cuerpo, un poco sólida, pero suya, eso sí.
Estanvito es un hombre grande, que, cuando acaricia a los niños, se le pierden los rostros bajo las manazas.
Estanvito fue a la Básica y punto, y no pasó a mayores porque no pudo hacer el servicio militar.
Su trabajo consiste en cuidar del jardín y otras tareas menores. El esmero lo pone en las flores amarillas, porque el hombre dice que traen buena suerte y «Hoy tengo algo entre manos, así es que dame esa flor amarilla». Los otros colores no le preocupan, es por eso que las rosas blancas se han puesto algo opacas, pero ya lo van a remediar.
Los muchachos son buenos, aunque hagan bromas a veces. Todos sonríen, le dan palmetazos en la espalda y, cuando algo sale mal, confían en él, y Estanvito se lleva el problema atravesando la calle hasta el depósito. Siempre usa la carretilla grande y lo cubre de flores rojas, blancas y de las otras; las amarillas no, las reserva para él y los muchachos, y algunas especiales y grandes para el hombre.
A Estanvito le dan las bolsas selladas y le gusta su trabajo, y algunas veces los muchachos lo invitan a andar en las camionetas y se siente importante y va muy derechito, con los ojos fijos en la ciudad interminable. Una vez ayudó a subir un problema, pero le dio despacio en la nuca y se hizo el frágil y quedó en calidad de problema definitivo sobre el piso de la camioneta. Los muchachos se reían y también hicieron broma, pero le ayudaron a cargar la carretilla.
Estanvito a veces escucha gritar a los problemas dentro de la casa, porque las bromas de los muchachos se ponen pesadas. Pero siempre es cuando se está haciendo tarde y él no puede quedarse porque tiene que ir a casa a preparar la comida. A él le gustan mucho los bistecs con arroz, y en la época del tomate hace grandes fuentes para agregarle al bistec.
Estanvito va al parque los domingos y aunque no hay muchas flores amarillas, le gusta jugar con los niños, llevarlos sobre los hombros, y, cuando está su colega, puede pedirle la carretilla y subir todos los niños que quepan y correr de un extremo a otro del parque con su carga risueña y alborotada. Los niños lo quieren mucho y le esperan sentados en el primer banco de la plaza tempranito cada domingo.
A él no le cansan los niños y esa carretilla no pesa nada, no como cuando lleva problemas, que le transpiran tanto los dedos de los pies y debe separarlos. Los despega con el cuchillo. A veces también le sudan las manos cuando las bolsas se rompen y algo escapa por los huecos abiertos, y él los cubre con macetas de flores.
Los niños lo aman. Son tan hermosas las flores.
Estanvito nunca fue bailarín, pero no se arrepiente.
Con la sonrisa abierta, cruza hasta el depósito. Luego va al parque con los niños.
Estanvito no pasó a mayores porque no pudo hacer el servicio militar.■
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En Cuentos chilenos contemporáneos 2000, LOM Ediciones, Santiago, 2001


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