Esta novela inédita de Némirovsky trata de la soledad de una chica de dieciséis años en el París de entreguerras. Una historia abocada a la ruptura definitiva de la relación y la decadencia de sus dos protagonistas, contada mediante un narrador cinematográfico que la escritora concibió justo en el momento en que nació el cine hablado.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Film hablado (Nórdica), de Irène Némirovsky.
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Bullicio leve y confuso que aumenta y se acerca rápidamente como una ola en el mar. Llueve. Las casas altas están cubiertas por la sombra y la niebla; los faros de un automóvil enorme pasan, perforan la bruma; aceras mojadas, el tejado de la ópera brilla bajo el aguacero como un espejo oscuro. Es París a finales de marzo, al atardecer. Las luces se mueven tan deprisa que solo se distingue un torrente de resplandor. Después, unas voces, siempre las mismas, surgen, se acercan y se elevan desmesuradamente; vibran a través de la lluvia. Bar, hotel, sala de baile. En el momento en el que se apacigua el ruido de las bocinas, se divisa una calle sombría, vacía, mojada. Unas letras se iluminan de arriba abajo y se apagan. Willy’s Bar. La puerta se abate con un zumbido de ventilador. La profunda salita está decorada con espejos, amueblada con divanes de terciopelo, con mesas. En mitad de la sala, en un taburete, un negro toca con sordina. Se oye el sonido de la lluvia desde que se abre la puerta hasta que se cierra y el suave chirrido del banyo todo el tiempo; el negro silba muy bajo, con los labios cerrados, la cabeza inclinada a un lado, como un pájaro vigilante. Dan las cuatro. Detrás de la barra, el dueño lee el periódico y dormita. Unas mujeres están sentadas en los bancos; tienen aspecto resignado, doliente, embobado. Algunas están medio dormidas, tiradas, con el cigarrillo en la boca. Una mujer gorda, de pechos enormes, ceñida en un traje de corte masculino, con un falso cuello rígido y un cigarro en los labios, teje con esmero. Una mujer bajita, encaramada en un taburete, sorbe un cóctel; lleva un collar de perlas en el que se engancha las manos como un perrito que se enreda torpemente las patas con los flecos de un sillón. Otra joven juega al póker de dados con el camarero. Otra, delgada, encorvada, tose. Tranquilidad, silencio. Aspecto de casa de huéspedes. Una enana con un gran sombrero adornado con flores, el pelo desteñido, la nuca pelada, miserable, se cuela. Se escucha: «¡Mierda!, la madre Sarah». Esta se sienta entre dos chicas muy jóvenes, deja su bolso en la mesa, pone cara de bruja.
La mujer, muy joven, de rostro redondo como un puño y ojos alargados, húmedos y con mirada de cordero, murmura:
—Me daba demasiado asco…
—Querida, yo lo he hecho para presionarte, ¿sabes? Si se te ocurre otra forma de devolverme lo que me debes…
—Le devolveré el dinero…
—¿Cuando las ranas críen pelo? No importa, hablaré con tu amigo…
La joven se estremece, agacha la cabeza, susurra:
—No, no, lo conseguiré, yo…
—Está bien, haz lo que quieras, ¿a mí qué más me da?
Una chica pasa, suelta:
—Oye, madre Sarah, esto ¿cuánto cuesta? ¿Lo quieres comprar? Es que necesito el dinero ahora.
—Ahora, ahora… No saben decir otra cosa…
Coge el anillo, lo sopla, le da brillo, lo contempla con la nariz pegada a las piedras.
Entra Éliane. Viste un abrigo negro, un sombrero negro, sin adornos; lleva un paraguas en la mano. Tiene aspecto descuidado, cansado, apático, de abandono, un aroma a cama deshecha. Da vueltas al sombrero con las manos, lo tira sobre la mesa; después se sacude el cabello corto y rubio, se sienta, hace un gesto al camarero. Este agita la coctelera.
—¿Todo bien, doña Éliane?
Responde «sí» moviendo la cabeza. Lleva un bonito collar de perlas de doble vuelta. La saludan con cierto fervor, con deferencia.
—¿Qué tal está, doña Éliane? ¿Todo bien?
Dibuja una sonrisa forzada curvando levemente los labios, apoya la mejilla en la mano, escucha al negro. Dan las cinco. Las cortesanas, todas a la vez, se incorporan, se empolvan. La mujer gorda de traje esconde rápidamente el punto y se pone un monóculo. Todas las miradas se giran hacia la puerta con una expresión ávida e inquieta. Pero solo entran unas mujeres que van a sentarse en sus sitios habituales, como vendedoras tras su mostrador. La enana se levanta. Pasa por delante de Éliane y se detiene, como fascinada por las perlas que se entrevén. Se va acercando, dando pasitos, se encarama con dificultad al taburete que está frente a Éliane, agarra las perlas que cuelgan, se las lleva a la boca, hace crujir una con los dientes. Risas alrededor de ella. Éliane acaricia el collar con los ojos entreabiertos. La enana asiente con admiración.
—Cuando te quieras deshacer de esto, acuérdate de mí. Conozco a alguien que lo compraría…
Éliane le arranca el collar con un movimiento brusco, se gira. La enana se levanta, se desliza al suelo y sale. Se la ve, a través del cristal, juntándose a una mujer que está quieta bajo un farol de gas encendido, una criatura aterradora, de mirada fija y dientes largos y cadavéricos. Las dos desaparecen en la lluvia, en la noche. La bajita que jugaba a los dados se ha acercado a Éliane y también las mira, igual que la que bebía mientras jugueteaba con su collar de perlas; están una pegada a la otra. Éliane las contempla fijamente y, ante su mirada, los dos rostros, durante un instante, parecen distorsionarse, alejarse, convertirse en las máscaras famélicas de unas ancianas pobres. Éliane agarra el collar con brusquedad, lo aprieta. La imagen desaparece. Bebe y con una mano deja caer las perlas sobre la mesa, parece estar mirando a través de ellas. Unos rasgos de hombre aparecen en el lapso de un segundo; en un primer momento comunes, cualesquiera, sonrientes, y que de repente se retuercen, hacen muecas por la tensión del placer, se transforman en caras de pesadilla y de locura. Una en particular, de un anciano con barba blanca, tranquila, respetable, surge varias veces y cada vez más aterradora, con una boca enorme y blanda estirada para besar. Se disipan. El collar fluye como un río brillante, cautiva a Éliane con la imagen de una casa blanca, de un gran jardín y de sí misma, envejecida, con una falda negra que barre el sendero, apoyándose en el brazo de una chica joven. El porvenir… Éliane sonríe a su sueño. El perfil de una chica joven, nítido y austero, inclinado sobre un libro, transmite paz y felicidad. La música negra, cada vez más fuerte y salvaje, se ve atravesada repentinamente por un sonoro tañido de campanas y los acordes de un órgano, lucha un instante, después se desvanece. Se escuchan únicamente las campanas, pero su sonido es cada vez más débil, más mezquino; es una iglesia de provincia después de misa.
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Autora: Irène Némirovsky. Título: Film hablado. Traducción: Daniel Soriano. Editorial: Nórdica. Venta: Todostuslibros.


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