Inicio > Libros > Adelantos editoriales > Historia de un arroyo, de Élisée Reclus

Historia de un arroyo, de Élisée Reclus

Historia de un arroyo, de Élisée Reclus

Este volumen reúne dos de los más bellos y destacados libros de Élisée Reclus, un autor con una descomunal obra dedicada al conocimiento geográfico y a la divulgación de las ideas de igualdad entre los seres humanos.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de Historia de un arroyo e Historia de una montaña, de Élisée Reclus.

***

EL ASILO

Estaba triste, abatido, cansado de la vida. El destino había sido duro conmigo, se había llevado a seres que me eran muy queridos, arruinado mis proyectos y frustrado mis esperanzas. Las personas que consideraba amigas se habían vuelto contra mí al verme asediado por la desgracia; la humanidad, toda ella, con sus conflictos de intereses y sus pasiones desenfrenadas, me parecía espantosa. Quería escapar a toda costa, ya fuera para morir o para recuperar, en soledad, la fuerza y la serenidad espiritual.

Salí de la ciudad bulliciosa sin saber muy bien dónde me conducirían mis pasos y me dirigí hacia las grandes montañas, cuyo perfil se recortaba en los confines del horizonte.

Andaba al azar, siguiendo los atajos, y me detenía por la noche en albergues alejados. Temblaba al oír el sonido de una voz humana o el ruido de pasos, pero, cuando caminaba solo, escuchaba con placer melancólico el canto de los pájaros, el murmullo del río y los miles de rumores que escapaban de los bosques inmensos.

Finalmente, vagando siempre a la ventura por caminos o senderos, llegué a la entrada del primer desfiladero de la montaña. La ancha llanura rayada de surcos se detenía bruscamente al pie de las rocas y de las pendientes sombreadas por castaños. Las altas cimas azules vislumbradas desde lejos habían desaparecido detrás de las cumbres menos elevadas, aunque más cercanas. Al lado, el río, que más abajo se extendía en una extensa lámina, se plisaba sobre las piedras y fluía escorado y rápido entre las rocas lisas cubiertas de musgo negruzco. Por encima de cada orilla, un cerro, primera estribación de los montes, elevaba sus escarpas y albergaba en lo más alto las ruinas de la grandiosa torre que en tiempos fue la guardiana del valle. Me sentí encerrado entre las dos murallas, había abandonado la región de las grandes ciudades, de los humos y del ruido, y dejado atrás a los enemigos y los falsos amigos.

Por primera vez desde hacía mucho tiempo experimenté un sentimiento de verdadera alegría. Mi paso se volvió más ligero; mi mirada, más firme. Me detuve para aspirar con placer el aire puro que descendía de la montaña.

En esta región ya no hay grandes caminos cubiertos de guijarros, de polvo o de barro, he abandonado las llanuras bajas y estoy en la montaña todavía sin esclavizar. Un sendero, trazado por los pasos de las cabras y de los pastores, se desvía de un camino más amplio que sigue hasta el fondo del valle y sube oblicuamente por la ladera de las tierras altas. Es la ruta que emprendo para asegurarme de que por fin estaré solo.

Me elevo a cada paso y las personas que caminan por el sendero del fondo se vuelven más pequeñas. Las aldeas y los pueblos están medio ocultos por sus humos y por una niebla gris azulada que repta lentamente hacia lo alto y se desgarra antes de llegar a la linde del bosque.

Por la tarde, después de haber sorteado varias escarpaduras rocosas, pasado numerosos barrancos y franqueado, saltando de piedra en piedra, arroyuelos ruidosos, llegué a la base de un promontorio que dominaba rocas, bosques y prados desde la lejanía. En la cima había una cabaña de la que salía humo y algunas ovejas pastaban en las laderas de alrededor. El sendero amarillento, semejante a una cinta desenrollada en el terciopelo de la hierba, ascendía hacia la cabaña y parecía acabar en ella. Más allá solo veía grandes barrancos pedregosos, desprendimientos, cascadas, nieves y glaciares. Era el último habitáculo del ser humano. Era la casa que durante muchos meses me daría asilo.

Un perro y después un pastor me recibieron amistosamente.

Libre por fin, dejé que mi vida se renovara lentamente según la voluntad de la naturaleza. Unas veces vagaba en medio del caos de piedras desmoronadas de una cresta rocosa, otras caminaba sin rumbo fijo por un bosque de abetos y en ocasiones subía a las cimas más altas para sentarme en la que dominaba el entorno. Muchas veces también me adentraba en un barranco profundo y oscuro en el que me sentía como enterrado en los abismos de la tierra. Poco a poco, gracias al influjo del tiempo y la naturaleza, los lúgubres fantasmas que acosaban mi memoria disminuyeron la presión. Ya no paseaba solamente para huir de mis recuerdos, sino también para dejar que entraran en mí las sensaciones que propiciaba el entorno y para disfrutarlo sin yo saberlo.

Si había experimentado una sensación de alegría desde los primeros pasos que di en la montaña, fue porque me había adentrado en la soledad, y las rocas, los bosques y todo un nuevo mundo se alzaba entre mí y el pasado, pero un buen día comprendí que una nueva pasión se había apoderado de mi alma. Amaba la montaña por ella misma. Amaba su rostro sereno y hermoso todavía iluminado por el sol cuando llegaba la sombra; amaba sus fuertes hombros cargados de hielo con reflejos azulados, sus laderas en las que los prados alternan con los bosques y los desprendimientos; sus poderosas raíces que se extienden a lo lejos como las de un árbol inmenso, separadas por valles con riachuelos, cascadas, lagos y praderas; amaba toda la montaña, hasta el musgo amarillo o verde que crece sobre las rocas, hasta la piedra que brilla en medio de la hierba.

[…]

—————————————

Autor: Élisée Reclus. Título: Historia de un arroyo e Historia de una montaña. Traducción: Enrique Alda. Editorial: Pepitas. Venta: Todos tus libros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios