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El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible

El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible

Más famosos que Jesucristo (Debate), el nuevo ensayo de Edu Galán, se presentó en la Cacharrería del Ateneo de Madrid a rebosar al lado de Ana Belén y Ángel Antonio Herrera.

«El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible». Con esta cita de Oscar Wilde, sacada de El retrato de Dorian Gray, resumió ayer Edu Galán sus intenciones al escribir su ensayo Más famosos que Jesucristo. Por qué la fama ha invadido nuestras vidas (Debate) dedicado a la fama y sus mutaciones a lo largo de la Historia. «Lo que me interesa de la fama es estudiar la relación asimétrica entre el famoso y la masa», aseguró Galán, «el público dice conocerlo en todos los aspectos de su vida y él no los conoce de nada». El presidente del Ateneo, Luis Arroyo, introdujo el acto destacando la utilidad e interés del libro y celebró que Galán fuese socio de la casa. Después, Ángel Antonio Herrera defendió el papel de Galán como «un intelectual» y diseccionó varias partes del libro ante un público compuesto por lectoras y lectores y algunas gentes queridas del autor como María Barranco, Marta Flich, Maruja Torres, Enric González, Francisco Nixon, Álex de la Iglesia, Arri, Víctor Manuel, Sergio del Molino, Jorge Guerricaecheverría, Jeosm, Pepón Montero, Melquiades Álvarez, Juan Luis Cano o Juan Cruz. Ana Belén, radiante, planteó los vericuetos de la fama al peso: cuando tienes más o menos seguidores en redes, te contratan más o menos. Y dio paso, siendo famosa desde niña, a otro tema central del libro: cómo se gestiona la fama cuando eres menor de edad.

Para finalizar el acto, porque su hija Berta ya se quería ir, Edu Galán pidió a Angel Antonio Herrera que leyese unos versos de su maestro Domingo Caballero. «Creo que resumen el espíritu de mis ensayos: cómo nos moldeamos unos a otros aunque hoy día creamos que todo viene de “nuestro interior”». Leyó Ángel Antonio el pasaje del poemario Pasos contados (KRK): «Sabemos que los niños ferales, / aquellos a quienes una loba / enseñó las primeras letras, / no soportan vestidos. / Así es que el frío se aprende / como se aprende la o / pero / no quisiera insistir». Y se acabó y acabaron todos, por lo que cuentan los que se acuerdan, en la cafetería del Ateneo locuaces y contentos.

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