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Viajar es un deseo

Uno muere cuando desaparecen las cosas que sin saberlo le sustentaban. Los amigos de la plazuela viajaron a distintos lugares para instalarse allí a cuenta del trabajo; se acabaron aquellos campamentos de verano y el color del océano ya no es tan azul; es imposible volver a bailar esa canción de Radio futura mientras coqueteas con la joven tan tierna que te acaban de presentar o con el chico tan simpático que se sienta a tu lado en el aula de la facultad. El tiempo corre y junto a esa maldición han ido pasando frente a nuestras vidas todo lo que olía a sinceridad. Es complicado encontrar nada que no tenga cierto tufo a farsa, a no ser, por ejemplo, aquello en lo que la farsa era su esencia, como en el cine. Por suerte podemos volver a ver las películas de John Ford o descubrir las de Michel Haneke. Tal vez donde mejor se pueda apreciar esa lástima, ese daño, sea en los viajes, porque seguramente ya no sea posible convertirse en un viajero. La afirmación me gusta viajar sería imposible de pronunciar si la gente expusiera la expresión más adecuada: me gusta hacer turismo. A nadie le gusta sentirse turista, pero a todo el mundo le encanta hacerse la fotografía con el Taj Mahal para colgarla en Instagram. El viaje se ha instagramizado y así cubre toda la superficie del planeta. De ahí que uno deduzca que, sin duda, ahora mismo viajar es un deseo.

"Caminar es una tarea que aporta mucho a la creatividad, pero para poner algo en negro sobre blanco es imprescindible detenerse"

Sobre ese deseo, sobre esa ilusión, Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963) escribe este ensayo, en el que lo que se impone es la sensibilidad. Para poder sentir que uno tiene sus instantes de viaje, debe reconocer que algo recorre su sensibilidad en canal. Pero la sensibilidad no es un ser inerte que llevamos dentro. La sensibilidad requiere de un aprendizaje para el que no sirve estarse quieto. Por eso conviene desplazarse a otros lugares, también con la mente, como hace el autor cuando afronta las lecturas. La obra, de hecho, comienza con referencias a uno de los libros de viajes más intrigantes que se han escrito, Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky. Se trata de una obra que a cualquiera le hubiera gustado haber ideado y llevar a cabo, es decir, se trata de volver a relacionarnos con el deseo. Pero no será solo Schalansky la que nos llegue a través del autor, pues por aquí circulan Borges, Sebald, Solnit o Kapuściński.

"Lo que se impone es ese recurso con el que combatir a la nostalgia que puede provocar el deseo, y que no es otro que el beneficio de la imaginación"

El arte de viajar sin moverse del sitio versa sobre la contrariedad de querer ser nómada y escritor a un tiempo. Caminar es una tarea que aporta mucho a la creatividad, pero para poner algo en negro sobre blanco es imprescindible detenerse. Cabe la opción de leer la geografía, como hace Hilario J. Rodríguez, que entiende esta ciencia de una forma muy holística: en su ideario, la geografía es volátil, se mueve a capricho, y abarca, a su vez, cualquier otra forma de saber. El mundo es el mundo y al mismo tiempo su representación. Eso permite regar el ensayo de anécdotas y momentos, de historias que van enriqueciendo el anhelo de quien se ve como viajero, como reducto de ese espíritu que hay que buscar con ahínco para encontrar sus últimos residuos.

Por poner alguna pega, se puede pensar que las notas al pie, tan interesantes como el texto primario, interrumpen un poco la lectura y que a uno le hubiera gustado encontrar esos textos integrados. Pero ese es un problema menor en un ensayo de estas características, en el que son pocas las ocasiones en que las referencias a la experiencia propia se imponen, por riesgo a caer en alguna interpretación neocolonial, y lo que se impone es ese recurso con el que combatir a la nostalgia que puede provocar el deseo, y que no es otro que el beneficio de la imaginación.

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Autor: Hilario J. Rodríguez. Título: El arte de viajar sin moverse del sitio. Editorial: Barlin. Venta: Todos tus libros.

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