En este poemario, se hace verbo el dolor, la ausencia, la soledad, los días marcados en un calendario sin año, sin estaciones, con la órbita lunar escondida en algún lugar de su cuerpo. En palabras de Belén Mateos, se trata de “una voz que abraza la verdad de lo insalvable”.
En Zenda ofrecemos cinco poemas de Al otro lado del abismo (Olifante), de Fran Picón.
***
YO no quise nacer en agosto,
ni tampoco en una gran metrópoli,
yo hubiera querido amanecer
entre la hojarasca de otoño
en algún pequeño arrabal
de una ciudad discreta
y sin nombre,
más allá de la última esquina,
justo antes del cruce de caminos.
No vine al mundo a la hora acostumbrada,
perdí una saeta en el desagüe del ombligo
y el tiempo entre los lazos del cordón umbilical,
arrastré la placenta hacia el lado salvaje
mientras en el hilo musical de la inocencia
sonaba la voz arrugada de Lou Reed.
Y es que en agosto no había nadie,
me recogieron de oficio en el paritorio del desliz
y en la incubadora de la oficina de empleo
esbocé mi primer poema de llanto.
Nací hombre por casualidad
y no por vocación, tal vez por accidente,
reivindico mi parte femenina desde entonces
y en la piel he facturado los deseos,
en aquel lunar sin órbita ni Selene,
apenas en un rincón escondido de mi cuerpo.
Y es que yo nunca, nunca quise nacer en agosto.
***
EN tu sonrisa se esconde
una cierta tristeza
o, tal vez, un suspiro
que es fuerza entre los ojos;
el grito silencioso de una guerrera
que batalla sin temores
en el firmamento del tiempo,
la rabia incontenida
de un deseo y tantos silencios.
***
A mi madre.
YO soy igual que mi padre,
aunque no nos parezcamos en nada,
ni tan siquiera en lo más sencillo.
Me miro en el espejo
y veo a mi padre, mientras en la imagen
huye la sombra de la memoria.
Hay en mis manos una impronta generacional
que me conforma, la herencia incontrolable
de un desgarro en las entrañas,
el grito silencioso de un ayer desubicado.
Y en los cajones de lo cotidiano,
allí donde lo evidente se hace materia y toma vida,
en aquel lugar en el que nunca me encuentro,
es allí, en esos cajones, donde enhebro
la leve conciencia de lo inevitable
y recuerdo, sin dudas y con orgullo,
que yo, yo soy igual que mi padre.
***
RECUERDO aquel solar enfrente de mi casa,
sus piedras y arena circunvalando los juegos,
el ruido de ausencias entre los cristales
y un viejo coche abandonado
que era nuestro viaje sin límite a lo prohibido.
Hubo siempre un aroma a incertidumbre
en cada uno de los rellanos de la escalera,
el tacto taciturno de las puertas cerradas
y de los felpudos impregnados
de tantas huellas sin nombre en los buzones.
Los desayunos con prisa y galletas untadas,
los estuches poblados de lápices de arco iris
y restos de goma borrando la ignorancia,
un compás huérfano de curvas
y un transportador de ángulos hacia lo imposible.
Las batas en el patio del colegio
encubriendo la pobreza que habitaba los bolsillos,
la mirada impenetrable de un viejo profesor
que, con el cigarro tatuado en sus dientes,
custodiaba el buen nombre de la apariencia.
Tal vez la memoria sea una mentira compulsiva
y los recuerdos tan sólo el engaño del tiempo,
pero yo, ahora que las canas tienen la mayoría absoluta
en un semiabandonado congreso en mi cabeza,
recuerdo aquel viejo solar donde no cabía la soledad.
***
ME miro en las fotografías antiguas,
tan decoloradas como irreconocibles,
con los mofletes colmados de esperanza
y la saliva colgando de entre los labios,
con aquel gorrito de lana por fontanela
y un ligero temblor en los pies.
Resulta inquietante verme antes de haberme conocido,
cuando la sombra de lo que quise ser
todavía era un leve trazo en la memoria,
en el instante preciso que pasó de largo
mientras mis dedos se anudaban al viento
tratando de abarcar lo desconocido.
Tal vez nunca fui niño,
salvo en esas viejas y amarillentas fotografías;
quizá la infancia se me olvidó en el andén
de una desangelada estación
y en la próxima boca de metro
encuentre mi reflejo en el expendedor de billetes.
Nunca jamás, nunca fue más que otro nunca
en el horizonte vertical de un rascacielos
y los únicos niños perdidos que alcancé a ver
no querían ser descubiertos.
Y es que esta historia interminable
en busca de mi hada madrina
se termina bruscamente al abrir los ojos
y observar, sin más disfraz que lo evidente,
que el tic tac de los relojes nunca fue un cocodrilo.
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Autor: Fran Picón. Título: Al otro lado del abismo. Editorial: Olifante. Venta: Todos tus libros.
BIO
Fran Picón (Francisco J. Picón) (Madrid, 1964. Afincado en Zaragoza desde 1966) ha publicado Desde mi i…marginación, Con la vida a cuestas, Alambique de vestigios, Frunces en la rima, Improntas a dos voces, Instantáneas entre penumbras; 69 poemas, Poemas de la espera, Pellem: In deversorium sensuum, Es tiempo de mojarse, La estructura vertical de tu recuerdo, Termópilas del barrio viejo, En la bóveda de tu mirada y la antología Laderas del tiempo. Ha realizado numerosos prólogos y sus poemas han aparecido en diversas revistas literarias, y ha participado en numerosos libros colectivos. Ha sido director y copresentador (junto a Mar Blanco) del programa «Con versos en la noche» de TEA FM. Socio fundador (junto a Belén Mateos, Mapi P. Freixas, Mar Blanco y Samuel Trigueros) de APAB, Asociación Poética Aragonesa Bonhomía. Socio de La Casa de Zitas, de la Plataforma de poetas por Teruel y de la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, de la que, actualmente, es vicepresidente primero.

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