Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 24 de septiembre de 1936: Otro día en Sama
Con Belarmino Tomás otra vez en Asturias presidiendo el Comité Popular de Sama, parecía que la historia hubiera dado marcha atrás. Algunos mineros volvían a lucir los cascos de la fábrica de armas de Trubia y sacaban la dinamita y fusiles que mantenían escondidos desde el 34. Más de uno recordaba cómo se había negociado la rendición con tropas gubernamentales.
Pero Belarmino consiguió convencerlos, y el teniente Torrens salió con la bandera blanca al encuentro de López de Ochoa para anunciar que los revolucionarios capitulaban. Mientras tanto, en Sama, se ordenó la liberación de sesenta y nueve guardias civiles y de Asalto prisioneros. Belarmino hizo que les devolvieran las armas y formasen al aproximarse el Ejército. A Yagüe y a los militares se les explicó que eran supervivientes de los cuarteles asaltados y heroicamente defendidos.
De todo aquello, mi abuela materna apenas recordaba nada. Pero recordaba el miedo. Miedo a que los mineros se llevaran a su padre, que había trabajado como técnico en la mina de Llumeres. Y miedo, mucho miedo, a que los terribles moros entrasen en Sama.
A Belarmino lo condenó a muerte un consejo de guerra a principios de 1935, aunque al poco el Gobierno de Lerroux le conmutó la sentencia por pena de cárcel, y finalmente lo amnistió el Frente Popular cuando ganó las elecciones.
La pacificación de Asturias había sido complicada. La tolerancia de López de Ocha con Belarmino tuvo la oposición de Yagüe, que tras una de sus broncas sonadas fue cesado en el mando.
Como resultado, Belarmino Tomás y los principales responsables del 34 fueron respetados y más tarde indultados por Alcalá-Zamora. De los enjuiciados solo se ejecutó a dos personajes menores de la revolución: el sargento Vázquez, acusado de haber volado un camión con treinta y dos guardias civiles, y Jesús Argüelles, más conocido como Pichulatu, un limpiabotas de Oviedo.
Aunque muchos volvieron a sus casas y trabajos, otros quedaron escondidos en los montes con armas y dinamita. El Gobierno encargó la detención de los huidos y la recuperación de armas al comandante de la Guardia Civil Lisardo Doval. Se le nombró delegado especial para el orden público, y se convirtió en una suerte de Martínez Anido local.
Hubo, en los meses que siguieron, todo tipo de asesinatos, expolios, redadas, interrogatorios, torturas. Y cambiaron de nuevo las tornas: los guardias civiles volvieron a ser verdugos y el Ejército sufrió la campaña internacional de desprestigio que emprendieron los Partidos Socialista y Comunista y en los que tuvo una participación importante la Pasionaria, al frente de la Organización de Mujeres Antifascistas, acogiendo huérfanos y protegiendo viudas. El PSOE envió a dos de sus miembros más relevantes, Fernando de los Ríos y Juan Negrín. Ambos recorrieron Asturias y regresaron con noticias de la represión: dos mil presos, la Guardia Civil fusilando a mujeres, niños de pecho, obreros.
Todo eso iba a colear durante los dos años siguientes, convertido en el centro de la discusión política en el Partido Socialista. Sus principales facciones sacaron consecuencias diferentes. Mientras para los seguidores de Largo Caballero la experiencia asturiana demostraba que se podía vencer al Estado, los prietistas concluyeron que el triunfo de la vía revolucionaria era difícil, y la solución consistía en aglutinar en un bloque electoral a las fuerzas de la izquierda. Esa estrategia llevó al triunfo electoral del Frente Popular.
Seis meses después, al acabarse el verano del 36, Belarmino Tomás era otra vez dueño de Asturias. El veinticuatro de septiembre, en Sama, mi abuela Celia lo vio por primera vez en persona. Estaba de paso por el pueblo. Apareció rodeado de milicianos.
Cruzaban la calle en sentido contrario y, cuando Belarmino se dio cuenta de que aquella niña lo miraba, se volvió hacia ella y en su cara ovalada, de grandes labios, se dibujó una sonrisa caballuna, benevolente. Él nunca se acordaría de esa niña, pero mi abuela nunca olvidó a Belarmino.


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