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¿Por qué escribir un libro sobre experimentación en animales?

¿Por qué escribir un libro sobre experimentación en animales?

¿Puede justificarse éticamente la experimentación científica en animales? La pregunta es tan antigua como los experimentos realizados por Aristóteles en el siglo IV a. C., aunque a veces la discusión contemporánea tiene lugar desconociendo su propia historia. Esta controversia plantea interrogantes filosóficos de gran calado, pues nos conduce a preguntarnos cuál es el propósito de la investigación científica, en qué medida la ética debería guiar a la ciencia y por qué los seres humanos nos consideramos a nosotros mismos más valiosos que al resto de animales. También nos lleva a preguntarnos qué es la salud, cuáles son los medios más éticos y eficaces para procurarla, y cómo se interrelaciona nuestra salud con la salud de los demás seres vivos y el conjunto de la biosfera. 

Marta Tafalla escribe en Zenda acerca del proceso de escritura que fructificó en Paradojas de la experimentación animal (Plaza y Valdés).

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Hace décadas que me inquieta una cuestión, y esa inquietud se acabó convirtiendo en el germen de un libro. En nuestra sociedad, nadie duda ya que los perros sienten dolor y placer, tristeza y alegría, y poseen capacidades cognitivas sofisticadas que les permiten entender a los seres humanos, comunicarse con ellos y a veces incluso tomarles el pelo. Sabemos que sienten afecto por otros perros, por los humanos que les tratan bien y por animales de otras especies. Por esta razón, en algunos países, entre ellos España, las leyes les han ido otorgando progresivamente algunas protecciones, aunque podemos lamentar que los avances sean lentos. Y, sin embargo, hay un agujero en la legislación que permite torturar y matar perros de formas terriblemente crueles. También los gatos pueden ser torturados legalmente. Y de la misma forma pueden serlo macacos, conejos, hámsters, gallinas, salmones, peces cebra… en realidad, cualquier especie animal.

"Algunos de estos experimentos aspiran a curar enfermedades humanas, pero en muchísimos otros casos persiguen fines bien distintos"

Para que esta tortura sea legal solo es necesario que alguien con una cierta formación científica afirme tener un proyecto de investigación que, para avanzar, necesita causar sufrimiento, y que este proyecto sea aprobado por un denominado comité de ética. En España, como en la mayoría de los países, la legislación no requiere que los miembros de dicho comité sean expertos en ética, y normalmente la mayoría son experimentadores que no han abierto un libro de ética en su vida. La ética es una disciplina académica que se estudia en el Grado en Filosofía y requiere varios años de dedicación intensa para formarse en ella, y es completamente excepcional que un científico posea esa formación. Así pues, resulta absurdo llamarlos comités de ética. Pues bien, son estos comités, que reciben un nombre que no tiene nada que ver con lo que son realmente, los que otorgan el permiso para torturar y matar. A menudo, los experimentadores se van turnando en el comité para autorizarse los experimentos unos a otros y eso es todo.

"Mientras me documentaba para escribir el libro, he leído multitud de artículos científicos que describen con detalle las barbaridades cometidas contra animales"

Algunos de estos experimentos aspiran a curar enfermedades humanas, pero en muchísimos otros casos persiguen fines bien distintos: testar la toxicidad de productos y sustancias, desde insecticidas a detergentes, comprobar la eficacia de armamento militar, realizar estudios repetitivos sin finalidad práctica ninguna que permiten inflar los currículums de investigadores académicos, buscar maneras de incrementar las ganancias económicas de las industrias ganadera y piscícola, o satisfacer una curiosidad sádica que quiere averiguar, por ejemplo, cómo reaccionan los animales cuando sufren dolor extremo. Los animales que tienen la desgracia de ser usados son encerrados de por vida en espacios artificiales, en jaulas o peceras diminutas, y son sometidos a todo tipo de maltrato que les causa dolor físico, emocional y mental. Mientras me documentaba para escribir el libro, he leído multitud de artículos científicos que describen con detalle las barbaridades cometidas contra animales a los que se les producen enfermedades dolorosas, se les quema la piel, se les rompen huesos, se les fuerza a hacerse adictos a las drogas y al alcohol, se les mantiene durante días sin apenas comer, se les obliga a estar inmovilizados respirando gases tóxicos, se les aplican electrochoques con el único objetivo de comprobar si sus compañeros de jaula los consuelan o se les degüella delante de sus congéneres para estudiar sus reacciones.

Cuando se les pregunta a los científicos por qué hacen estas barbaridades, la respuesta suele ser la siguiente:

—En realidad, no queremos hacerlo, no queremos experimentar en animales. Ojalá pudiéramos evitarlo. Lo hacemos contra nuestra propia voluntad.

—Y entonces, ¿por qué lo hacéis?

—Porque estamos obligados.

—¿Obligados por quién?

—Por la ciencia.

Y ahí descubrimos que los laboratorios de experimentación son un extraño lugar hecho de obediencia y represión de la empatía y la reflexión, donde los científicos parecen arrodillarse sumisamente ante una ciencia cruel que exige sacrificios, como los dioses sedientos de sangre de otras épocas exigían el sacrificio de una cabra para curar la enfermedad gravísima del primogénito. Todo esto resulta aún más desconcertante cuando vemos que al mismo tiempo muchos otros científicos se niegan rotundamente a usar animales y sostienen que esta práctica no solo es inmoral, sino también poco eficaz. En los últimos años, cada vez más científicos están cuestionando la experimentación en animales y defendiendo otras metodologías más útiles. De hecho, alrededor del 90% de los fármacos destinados a curar enfermedades humanas que habían funcionado en animales, luego no funcionan en humanos. Ahora mismo, en la comunidad científica, la discusión es muy intensa.

"¿Por qué nuestra sociedad tolera estas prácticas, por qué están protegidas por la clase política y la academia? ¿Por qué los medios de comunicación casi nunca hablan de esto de manera crítica y reflexiva?"

Los científicos críticos con la experimentación afirman que esta práctica poco eficaz se mantiene sobre todo por costumbre, por presiones dentro del sistema, porque los laboratorios están equipados para eso y transformarlos sería caro, porque los investigadores han aprendido a trabajar así y cambiar requiere tiempo, por antropocentrismo, por miedos ancestrales a la enfermedad y la muerte que impiden pensar con claridad, y por una pulsión ritual y sacrificial que se asemeja a la religión. De hecho, un experimentador muy conocido con el que debatí en un congreso me explicó con entusiasmo que era aficionado a las corridas de toros, y es obvio que hay semejanzas entre ambas prácticas y que las dos tienen que ver con un ser humano que pretende imponerse sobre la naturaleza y sobre el miedo a la muerte a través de torturas ritualizadas y ceremonias de dominio. Pero la experimentación también se mantiene por otra razón: porque alimenta el suculento negocio de las empresas que crían a los animales, que producen todos los artilugios necesarios para los experimentos (jaulas, peceras, material quirúrgico, sistemas de contención para inmovilizar a los animales, software específico…) y que también realizan experimentos por encargo para aquellas universidades o empresas que prefieren delegar fuera de sus instalaciones estas actividades turbias y polémicas.

¿No es todo esto muy extraño? ¿Por qué nuestra sociedad tolera estas prácticas, por qué están protegidas por la clase política y la academia? ¿Por qué los medios de comunicación casi nunca hablan de esto de manera crítica y reflexiva? ¿Qué es lo que está en juego?

"Lo cierto es que la experimentación en animales es una maraña de irracionalidad y que en ella se condensan muchas de las contradicciones de esta sociedad nuestra, que sigue sin ser capaz de liberarse de la barbarie"

Durante años estuve leyendo sobre el tema, asistiendo a congresos científicos, dialogando con todo tipo de expertos y escuchando a experimentadores describir sus experimentos. Donde me acabé de convencer de que ahí había algo muy sucio fue al escuchar cómo los científicos que idean los experimentos hablaban entre ellos (cuando creían que nadie ajeno les escuchaba) sobre los animales que usaban: los chistes, el desprecio, las bromas de mal gusto, los insultos. Pero también al leer estudios científicos que muestran que una parte considerable de los técnicos que se ocupan de los animales (que no son las mismas personas que idean los experimentos) acaban sufriendo problemas de estrés que a su vez les causan problemas de salud como consecuencia de pasarse su jornada laboral viendo sufrir a los animales. Y ahí se da la contradicción de que experimentos que pretenden mejorar nuestra salud en el futuro están haciendo enfermar en el presente a algunas de las personas que los realizan. En 2022 comencé a escribir el libro que se ha acabado titulando Paradojas de la experimentación en animales. Escribirlo fue un viaje hacia un mundo irracional y contradictorio que, sorprendentemente, se oculta bien protegido dentro del mundo racional de la ciencia. Tengo que agradecer a la editorial Plaza y Valdés que acogiera este libro sobre un tema polémico y difícil.

Lo cierto es que la experimentación en animales es una maraña de irracionalidad y que en ella se condensan muchas de las contradicciones de esta sociedad nuestra, que sigue sin ser capaz de liberarse de la barbarie. En ella se refleja con claridad esta sociedad que dice amar a los animales al mismo tiempo que los explota con crueldad en multitud de negocios y tradiciones. También se refleja esta sociedad supuestamente muy preocupada por la salud humana, que llega a afirmar que para proteger nuestra salud es legítimo torturar a millones de animales cada año, pero a la vez es incapaz de tomarse en serio la mayor amenaza que ha existido nunca para nuestra salud: el caos climático y la crisis ecológica.

"Los defensores de la experimentación en animales, a los que no les gustará este artículo, dirán, por supuesto, que en los laboratorios se reduce al máximo posible el sufrimiento animal. La realidad es otra"

Para escribir mi libro leí muchos libros fascinantes, pero sobre todo descubrí algo que me maravilló: además de que, desde hace siglos, científicos y filósofos han escrito contra la experimentación en animales, existe también una larguísima tradición literaria de novelas y relatos que han sabido explicar con lucidez la barbarie de esta práctica. Aprendí y disfruté muchísimo leyendo a Jonathan Swift, Mary Shelley, Robert Louis Stevenson, Wilkie Collins, H. G. Wells, Mark Twain, C. S. Lewis, William Kotzwinkle, Karen Joy Fowler y Joseph Andras. Y ahí me convencí, una vez más, de que la buena literatura sabe mostrar la verdad de una forma muy profunda.

Los defensores de la experimentación en animales, a los que no les gustará este artículo, dirán, por supuesto, que en los laboratorios se reduce al máximo posible el sufrimiento animal. La realidad es otra, como ellos mismos saben. Para quien desee verla con sus propios ojos recomiendo la grabación con cámara oculta que realizó Carlota Saorsa en los laboratorios de Vivotecnia en Madrid o las grabaciones que se han filtrado recientemente de un laboratorio toxicológico en Reino Unido.

Si de verdad estamos convencidos de que la especie humana es la más inteligente y de que nuestra sociedad está ya muy lejos de los sacerdotes que sacrificaban cabras en el templo para que los dioses curaran a los enfermos, deberíamos asumir como tarea urgente poner fin a esta barbarie.

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Autora: Marta Tafalla. Título: Paradojas de la experimentación en animales. Editorial: Plaza y Valdés. Venta: Todos tus libros.

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