Ya es otoño. Ya es otoño y no lo parece. Da igual lo que se empeñe en anunciar El Corte Inglés en televisión con ayuda de una hermosísima Adriana Lima en el lujoso decorado de un hotel ficticio. No me lo creo, no puede haber llegado ya el otoño: ¿cómo vamos a ponernos esas pieles, esos vestidos largos de lentejuelas, esos cuellos chimenea si el termómetro no baja apenas de los 35 °C durante el día? Menos mal que la machacona canción noventera lo deja claro: “Unbelievable”. Y es que es de no creer, oigan.
«El tiempo era, al final, nuestro único tema.
Por suerte, vivíamos en un mundo con estaciones:
sentíamos que teníamos acceso a cierta variedad:
oscuridad, euforia, varios tipos de espera.»
Por supuesto, Glück no hablaba de las estaciones, sino que usaba el árbol del membrillo como un símbolo de la madurez que se adquiere a través del tiempo y del desencanto, recordándonos que para comprender el mundo hay que abandonar la ingenuidad de la juventud.
El poema contiene un verso fundamental: «Tú, en tu inocencia, ¿qué sabes de este mundo?». Todo aquel que lo haya probado alguna vez lo sabe: el membrillo es un fruto otoñal que no se puede comer directamente del árbol debido a su extrema acidez y dureza; necesita pasar por un laborioso proceso de cocción para volverse dulce. En el poema simboliza que la vida y la madurez no son dulces por naturaleza, sino que conllevan una transformación forzada por el dolor o la experiencia.
En mi vida, en más de una ocasión, me ha tocado preguntarme si el dolor transforma de igual forma que el paso de los años. ¿Es por eso que el dolor avejenta? ¿Hay sabiduría en el dolor? Evidentemente no tengo respuestas para ello más válidas que las de cualquier otra persona.
Soy de la opinión de que el dolor transforma de una manera mucho más acelerada, abrupta y violenta que los años. La experiencia que dan los años es como el agua que moldea una roca gota a gota; el dolor, en cambio, es un terremoto que quiebra la roca en un segundo. Por eso, incluso en una persona joven, un dolor profundo genera una metamorfosis radical que simula la madurez de la vejez. Pero la simulación no es igual que la transformación.
Que el dolor avejenta no es ninguna novedad: basta mirar a alguien que ha sostenido demasiado peso durante demasiado tiempo. El cuerpo se encoge, la mirada pierde brillo, la piel parece haber vivido más años de los que figuran en sus papeles. Cuando mi abuelo volvió a casa tras la Guerra Civil, mi abuela apenas lo reconoció: había pasado de ser un muchacho lleno de vida a un hombre cansado, como si el sufrimiento le hubiera robado décadas de golpe. Yo misma, tras un fuerte golpe en mi vida, pasé a tener todo el pelo blanco en cuestión de días. Antes de los treinta, todo mi cabello había encanecido.
Psicológicamente, el dolor destruye la ligereza y la espontaneidad, justo aquello en lo que se fundamenta la juventud. Cuando ya te has asomado al abismo y la sensación de invulnerabilidad con la que nacemos nos ha sido arrebatada, ¿qué mirada nos queda sobre el mundo? De hecho, ¿quedan ganas de mirar al mundo? ¿No es la misma vejez el momento en que a muchos la pereza —que es familia directa del dolor— les gana la partida?
Por tanto: ¿hay sabiduría en el dolor? Creo firmemente que no. ¿No es más fácil que aquel que siente dolor durante demasiado tiempo se vuelva un ser amargado, mezquino y cruel? ¿Y a quién le puede extrañar? Dicen que hay un modo de escapar del dolor, y es usándolo para construir una identidad más profunda, fuerte y consciente. Convirtiendo la herida en el centro de tu nueva fortaleza.
Se me ocurre compararlo con la casa que quiero reconstruir: no quiero levantar exactamente la misma estructura que se está perdiendo. Pretendo edificar una casa sólida, más racional, adaptada al clima actual y resistente a lo que pueda venir. Aprovechando sus fortalezas, ya que tiene buenos muros (a fin de cuentas han demostrado que siguen resistiendo casi dos siglos después), pero prescindiendo de todo lo que ya no hace falta porque mi vida es muy distinta a la de los otros que aquí habitaron antes. Sin perder su identidad, simplemente más estable y mejor de lo que ya era.
Una casa en la que poder preparar el dulce de membrillo cuando llegue el otoño y los frutos se vuelvan dorados en el árbol. Cuando el verano ya sea solo un recuerdo entrañable que nos haga desear su vuelta, que nos devuelva la ilusión de volver a vivir un año más.


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