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26 de octubre de 1936: El corazón de Azaña

26 de octubre de 1936: El corazón de Azaña

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 26 de octubre de 1936: El corazón de Azaña

¿Está usted bien? —preguntó la voz de su secretario, Cándido Bolívar, al otro lado de la puerta.

—Perfectamente… —dijo Manuel Azaña—. Ahora mismo salgo.

Pero no estaba nada bien. El pecho. El puñetero corazón le volvía a dar problemas. Esa sensación de ahogo, las ganas de vomitar, arcadas. ¿Hacía cuanto que no las sentía? Desde Navidades, lo menos. Todo parecía en orden desde que era presidente de la República. Y sin embargo con el Alzamiento, y sobre todo con la ausencia de Lola, su mujer, a quien envió a Francia nada más empezar la sublevación, el cuerpo parecía habérsele rebelado. Tenía cada vez peor color, todo el mundo lo notaba. Pero esa lividez macilenta se achacaba a razones equivocadas. Los peor intencionados veían cobardía, cuando la realidad era peor… y esa realidad no quería que nadie la conociera.

—Un momento, Cándido —dijo Azaña. Se refrescó la cara. Se miró al espejo.

Estaba en el cuarto de baño de su nueva residencia en la Ciudadela de Barcelona. Llevaba unos días allí, desde que, ante la cercanía a Madrid de las tropas de Franco, decidieran Largo Caballero y él que convendría, caso de que Madrid cayera, alejar al jefe del Estado. Obviamente, a Caballero le agradaba quedarse como único dirigente de la República.

"¡Cuánto echaba de menos a Lola! Se daba cuenta, cuando no estaba, de lo vulnerable que se sentía sin ella. Pero por supuesto Lola estaba mejor en Francia, y él tenía que arreglárselas solo"

A Azaña no le disgustó la idea. Él mismo propuso como destino Barcelona. De entrada porque en Cataluña se le apreciaba desde la aprobación del Estatut —había sido el último jefe de Gobierno español vitoreado allí, el único en dos siglos— y para mantener una cierta presencia estatal en la Ciudad Condal, muy a su aire desde que Companys era presidente y, sobre todo, desde que la FAI de García Oliver la controlaba.

Pero su visita no gustaba.

El propio Companys le hizo notar que no venía a la misma Barcelona que le vitoreara. Entonces era jefe del Gobierno. Hoy Companys le recibía con muchos honores, pero tratándole de tú a tú, como gobernantes de países aliados.

A Azaña no le gustó el recibimiento, y tampoco el ninguneo al que se le sometía, pero no había más remedio que encajar…

—Un momento…

Se refrescó de nuevo la cara. Sintiendo una presión en el vientre, se bajó la bragueta. El alivio de la vejiga le vino bien. El corazón volvía a retomar su ritmo normal. La sangre afluía a todo su cuerpo. Un susto, solo ha sido un susto, se repitió mientras se sacudía el pene escrupulosamente. Aspiró con fuerza. ¡Cuánto echaba de menos a Lola! Se daba cuenta, cuando no estaba, de lo vulnerable que se sentía sin ella. Pero por supuesto Lola estaba mejor en Francia, y él tenía que arreglárselas solo…

—¿Presidente? —continuó Cándido Bolívar—. ¿Acaba de llamar el señor Companys invitándole a una cena? ¿Qué le digo?

—Dile que acepto con mucho gusto. Ha sido una indisposición pasajera —dijo Azaña.

Y abrió la puerta del baño.

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