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Ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac

Ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac

Esta novela ocupa un lugar central en La comedia humana. Un joven llega a París ansioso de un triunfo como poeta. Evidentemente, tendrá que enfrentarse a los usureros y estafadores del mundo editorial.

En Zenda reproducimos un fragmento de Ilusiones perdidas (Akal), de Honoré de Balzac.

***

Unos días antes del debut de Coralie en el Gymnase, Lucien llegó cogido del brazo de Hector Merlin al foyer del Vaudeville. Merlin reñía a su amigo por haber ayudado a Nathan en el asunto de Florine.

—Te has forjado dos enemigos mortales en Lousteau y Nathan. Yo te había dado buenos consejos y no los has aprovechado. Has repartido elogios y prodigado buenas acciones y en pago recibirás un cruel castigo. Florine y Coralie no vivirán nunca en paz si están encima del mismo escenario: una querrá destacar sobre la otra. Sólo cuentas con nuestros periódicos para defender a Coralie. Nathan, aparte de la ventaja que le confiere su oficio de autor dramático, dispone de los periódicos liberales en lo tocante a los teatros y lleva en el mundo del periodismo algún tiempo más que tú.

Esta frase confirmó los temores secretos de Lucien, quien no encontraba en Nathan ni en Gaillard la franqueza a la que tenía derecho, pero, como se había convertido tan recientemente, no podía lamentarse… Gaillard agobiaba a Lucien diciéndole que los recién llegados debían dar durante mucho tiempo pruebas de lealtad antes de que el partido pudiera fiarse de ellos. El poeta encontró en el seno de los periódicos monárquicos y gubernamentales una envidia que nunca habría podido imaginar, que surge entre los hombres al encontrarse ante un pastel a repartir y que los vuelve comparables a perros que se disputan una presa: entonces hacen los mismos gruñidos, manifiestan el mismo carácter y muestran las mismas actitudes. Aquellos escritores se hacían en secreto miles de jugarretas para perjudicarse unos a otros ante el poder. Se acusaban de tibieza y para desembarazarse de un competidor inventaban las maquinaciones más pérfidas. Los liberales no tenían ningún motivo de debate interno porque estaban alejados del poder y sus favores. Al entrever aquella inextricable red de ambiciones, Lucien no tuvo el valor suficiente para desenvainar la espada y cortar los nudos ni tampoco la paciencia necesaria para deshacerlos; no podía ser ni el Aretino ni el Beaumarchais ni el Fréron de su época, así que se atenía a su único deseo, obtener su título nobiliario, pues comprendía que con esa distinción lograría un buen matrimonio. Su fortuna sólo dependía entonces de un azar al que ayudaría su apostura. Lousteau, que le había demostrado tanta confianza, conocía su secreto. El periodista sabía cómo herir de muerte al poeta de Angulema; por eso, el día en que Merlin lo llevó al Vaudeville, Étienne había preparado para Lucien una horrible trampa en la que aquel muchacho había de caer y sucumbir.

—Aquí está nuestro apuesto Lucien ‒dijo Finot, arrastrando a Des Lupeaulx, con quien hablaba, ante Lucien, cuya mano cogió con las engañosas zalamerías de la amistad‒. No conozco a nadie que se haya labrado una fortuna tan rápido como tú ‒prosiguió Finot, mirando alternativamente al poeta y al maître des requêtes‒. En París, la fortuna es de dos clases: está la fortuna material, el dinero que todo el mundo puede obtener, y la fortuna moral, las relaciones, la posición, el acceso a ciertas esferas inabordables para determinadas personas, sea cual fuere su fortuna material, y mi amigo…

—Nuestro amigo ‒dijo Des Lupeaulx lanzando una mirada cariñosa a Lucien.

—Nuestro amigo ‒prosiguió Finot cogiendo la mano de Lucien entre las suyas y dándole unas palmaditas‒ ha obtenido una fortuna brillante en este último sentido. A decir verdad, Lucien tiene más medios, talento e ingenio que todos cuantos lo envidian y, además, su apostura es fascinante; sus antiguos amigos no le perdonan sus éxitos y dicen que simplemente ha tenido suerte.

—Esta clase de suerte ‒dijo Des Lupeaulx‒ nunca la tienen los estúpidos ni los incapaces. ¿Acaso puede llamarse suerte al destino de Bonaparte? Había veinte generales en jefe por delante de él para mandar los ejércitos de Italia, como en este momento hay cien jóvenes que querrían entrar en casa de la señorita des Touches, ¡a quien el gran mundo ha designado ya como tu futura mujer, querido! ‒dijó Des Lupeaulx, dando una palmadita en el hombro a Lucien‒. ¡Eres el favorito! La señora d’Espard, la señora de Bargeton y la señora de Montcornet están locas por ti. ¿Acaso no te han invitado esta noche a la velada de la señora Firmiani y mañana a la fiesta de la duquesa de Grandlieu?

—Sí ‒dijo Lucien.

—Permíteme que te presente a un joven banquero, el señor du Tillet, un hombre digno de ti, que en poco tiempo ha sabido labrarse una fortuna.

Lucien y Du Tillet se saludaron, entablaron conversación y el banquero invitó a Lucien a cenar. Finot y Des Lupeaulx, dos hombres igual de profundos y que se conocían lo suficiente para no dejar nunca de ser amigos, parecieron continuar una conversación iniciada, dejaron a Lucien, Merlin, Du Tillet y Nathan hablando juntos y se dirigieron a uno de los divanes que amueblaban el foyer del Vaudeville.

—Bien, amigo mío ‒dijo Finot a Des Lupeaulx‒, dime la verdad. ¿Cuenta Lucien con protectores poderosos? Porque se ha convertido en la bestia negra de todos mis redactores y, antes de favorecer la conspiración que han tramado, he querido consultarte, para saber si era mejor desbaratarla y ayudarlo.

En aquel instante el maître des requêtes y Finot se miraron con profunda atención.

—¿Cómo puedes pensar, querido ‒dijo Des Lupeaulx‒, que la marquesa d’Espard, Du Châtelet y la señora de Bargeton, que ha hecho nombrar al barón prefecto del Charente y conde para poder regresar triunfalmente a Angulema, van perdonar a Lucien sus ataques? Lo han hecho entrar en el partido monárquico para poder anularlo. Ahora mismo todo el mundo busca excusas para denegar a ese muchacho lo que le habían prometido; si encuentras alguna, habrás prestado el mayor servicio a esas dos mujeres y llegará el día en que se acuerden de ello. Conozco el secreto de esas dos damas: detestan a ese pobre hombre hasta un punto que me ha dejado asombrado. Este Lucien podría librarse de su mayor enemiga, la señora de Bargeton, si no cesara en sus ataques hasta obtener una condiciones que todas las mujeres gustan de cumplir, ¿me comprendes? Es apuesto y joven y habría podido ahogar ese odio en torrentes de amor; entonces se habría convertido en conde de Rubempré, ¡la sepia le habría conseguido un puesto en la Casa Real y algunas sinecuras! Lucien habría sido un lector de lo más mono para Luis XVIII o bien bibliotecario no sé dónde, maître des requêtes de pega, director de algo en los Menus-Plaisirs. Este necio ha fallado el golpe. Tal vez sea eso lo que no le perdonen. En vez de imponer sus condiciones, ha aceptado otras. El día que Lucien se dejó engatusar por la promesa del título nobiliario, el barón du Châtelet dio un gran paso. Coralie ha llevado a ese muchacho a la perdición. Si no hubiera tenido a la actriz como amante, habría vuelto a querer a la Sepia y la habría hecho suya.

—Así que podemos hundirlo ‒dijo Finot.

—¿De qué modo? ‒preguntó con indiferencia Des Lupeaulx, que quería hacer valer aquel servicio ante la marquesa d’Espard.

—Tiene un contrato que lo obliga a trabajar en el pequeño periódico de Lousteau; como está sin un céntimo, le haremos escribir unos cuantos artículos. Si el Guardasellos se siente molesto por un artículo burlón y se demuestra que Lucien es el autor, se lo considerará indigno de las bondades del rey. Para hacer perder un poco la cabeza a este gran hombre de provincias hemos preparado la caída de Coralie: verá que silban a su amante y que se queda sin papeles. Una vez que la orden real quede indefinidamente suspendida, haremos bromas sobre las pretensiones aristocráticas de nuestra víctima, hablaremos de su madre, que trabaja de comadrona, y de su padre, que era boticario. Lucien, cuyo coraje es sólo aparente, sucumbirá y volveremos a enviarlo de donde viene. Nathan ha hecho que Florine interviniera para que Matifat me vendiese la sexta parte de la revista que poseía y además he podido comprar la parte del papelero, conque ahora soy el único propietario, aparte de Dauriat; tú y yo podemos entendernos para absorber este periódico en provecho de la corte. Sólo he protegido a Florine y Nathan con la condición de que me restituyeran mi sexta parte y, como me la han vendido, debo ayudarlos; sin embargo, antes quería conocer las posibilidades de Lucien…

[…]

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Autor: Honoré de Balzac. Título: Ilusiones perdidas. Traducción: Francisco López Martín. Editorial: Akal. Venta: Todos tus libros.

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