Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 28 de octubre de 1936: Rosa Krüger
Había que entretenerse en la embajada de Chile.
Se titulaba Rosa Krüger, como su heroína. La acción transcurría en la lejana Cataluña. Eran personajes que en Madrid parecían exóticos. Sánchez Mazas se deleitaba en deslumbrar con su erudición lingüística, y en camuflarse detrás de las máscaras de ficción.
—… Desde el principio se vio que el estilo de Pepet era muy bueno. Según iban perfilándose en su relato los desgarradores infortunios o los casos nefandos de inmoralidad, la alegría de Pepet iba tomando cuerpo hasta llegar a un júbilo delirante, que frisaba ya en lo satánico. En cambio, cuando sus historias iban discurriendo por casualidad rara hacia desenlaces normales, morales y felices, el acento de Pepet declinaba y se desvanecía hasta nublarse en una melancólica nostalgia. Cuando se fijó y se cuajó este sabio y despiadado estilo dejó turulatas a las gentes y venció, puede decirse, en toda la línea a cuantos narradores celebraba el Alto Pirineo.
Sánchez Mazas sabía perfectamente que sus oyentes lo identificaban con el Pepet del cuento, y siguió leyendo.
—Después de oírle a él, ¿quién se atrevía ya a contar un contrabando de caballos, un rayo y un incendio en el monte de hayas, una cacería de osos, un robo en despoblado o una violación de doncellas a la vuelta de las fiestas mayores? Hasta el mismo tío Felipet, en el fondo ingenuo y poético narrador de odiseas marinas, se quedaba admirado y aún más que admirado, asustado, estupefacto del alumno que le había salido. Poco a poco, Pepet fue afirmando su personalidad indiscutible y cualquier cosa que contara era terrible, misteriosa y divina. Hablaba ya de un mundo tenebroso, arcano y embriagador, que él había creado y del que los simples mortales solo por obra y gracia de él teníamos alguna noticia. Me ha tocado luego tener alguna experiencia de los narradores de fábulas y cuentos. He comprendido que Pepet no era otra cosa sino un embustero patético, desinteresado y fabuloso que no mentía para lucro propio ni daño ajeno sino por imperiosa necesidad artística y anhelo inconfesado de inmortalidad. Últimamente se había aligerado y agigantado su estilo. Ganaba en novedad y poesía lo que perdía en verosimilitud y crudeza.
»Era este Pepet muy alto, flaco y desgarbado, con el rostro huesudo y escurrido, la barbilla prominente como los Estuardos y los Austrias, los labios finos, la nariz, descarada, grande y respingona, la piel enrojecida siempre de frío. Tenía ojuelos muy juntos, amarillentos y con manchas, vivos como dos ojos de animal, bajo los cabellos que traía sobre la frente y muy embrollados. «Parece que sales del infierno», le solía decir mi padre. Sacaba una voz amplia y autorizada para su edad, accionaba como un doctor con el dedo tieso en la mano esquelética y hacía silencios muy graves, adelantando la barbilla y cabeceando lentamente como aquel que se dice a sí propio: «¡Qué cosas, Santo Cristo, qué cosas!».
Todos los relatos tenían un sentido escondido.
Sánchez Mazas gozaba de la atención de sus oyentes, todos refugiados. Parecía que su imaginación los hubiese liberado. Que los sacase de aquel encierro forzoso. Y que ya no estuvieran en el Madrid de los milicianos, en una isla en medio del mar rojo, sino en las hermosas tierras provenzales que la imaginación del escritor bilbaíno recreaba con nostalgia.
—Ya sabéis lo que dice un antiguo proverbio. Lo que no se cuenta al amigo más íntimo se cuenta al compañero de posada que se encuentra en un viaje. Aquellos días parecía olvidarse de sí mismo y quedar en suspenso sobre la realidad de las cosas, como si estuviese hinchado de sueños y de fábulas…


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