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Por qué Daniel Mordzinski

Cuando el joven Daniel Mordzinski celebró su primera exposición fotográfica en París apenas conocía a nadie en la ciudad. Había llegado allí inspirado por el ejemplo de Cortázar y era uno de tantos inmigrantes latinoamericanos —aunque en su caso es mejor hablar de exilio, había llegado a Francia huyendo de las infamias urdidas por Videla y sus secuaces— que intentaban buscarse la vida en una tierra en la que carecían de más raíces que no fueran las forjadas por su propia educación sentimental. El día antes de la inauguración tuvo una ocurrencia que se adentraba sin ambages en los predios de la osadía sin dejar de atender a los preceptos de la lógica. Bajó del cuartito que habitaba en un sexto piso sin ascensor de la Avenue de la Motte-Picquet y entró en el bar que quedaba frente a su portal. Pidió la guía telefónica y, tras comprobar que contra todo pronóstico figuraba allí el nombre que buscaba, arrancó la hoja y regresó a su habitación. Marcó el número en cuestión y, tras unos pocos tonos, sonó la grabación de un contestador. Tras escuchar el pitido de la señal, dejó su mensaje: «Hola, Julio. Me llamo Daniel Mordzinski. No soy nadie y nunca hice nada, pero mañana inauguro acá en París mi primera exposición y sería el pibe más feliz del mundo si vinieras. Te dejo la dirección». Luego colgó, en parte satisfecho por haber cumplido su objetivo, aunque también desesperanzado ante la evidencia de que lo más probable era que su aviso cayera en saco roto; pero al día siguiente Cortázar entró en aquella galería cuando el joven fotógrafo se disponía a presentar su trabajo en sociedad, y se encendió una pequeña luz en algún recoveco del alma, y empezó a cobrar sentido una vida.

"No conozco a ningún escritor que no sueñe con verse inmortalizado por su cámara, y quizá no exista otro fotógrafo que cuente con una nómina tan ilustre de retratados"

Habré escuchado a Daniel contar esta historia unas catorce o quince veces —la primera, en un tête-à-tête el mismo día en que nos conocimos; fue hace veintiún años, si no recuerdo mal, en una edición del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que dirigía Luis Sepúlveda— y nunca deja de conmoverme, porque cuando la rememora vuelve a ser aquel muchacho de entonces. Volvió a hacerlo el otro día, en la apertura de la exposición que reúne algunas de sus mejores imágenes, repartidas entre la verja de la Biblioteca Nacional y el último tramo del bulevar del Paseo de Recoletos, y que es a su vez una celebración de los puentes culturales que vinculan a España, Portugal y Latinoamérica en el marco de la XXX Cumbre Iberoamericana que comenzará a celebrarse pronto en la capital de España. El Ministerio de Asuntos Exteriores ha tenido el acierto de subrayar el peso que ha tenido, tiene y tendrá la literatura en ese afán de reconocernos mutuamente de orilla a orilla a través de la mirada de Mordzinski, que unos cuantos años después de aquel debut parisino goza de un prestigio reconocido en las cuatro esquinas del mundo. No conozco a ningún escritor que no sueñe con verse inmortalizado por su cámara, y quizá no exista otro fotógrafo que cuente con una nómina tan ilustre de retratados. El pequeño pellizco de su obra que se puede ver estos días en Madrid así lo atestigua. Sería ocioso dar nombres porque se quedarían fuera demasiados, pero acaso sí convenga dar noticia de cómo sus imágenes no se limitan a ser meros reflejos de la realidad, sino que a menudo constituyen desviaciones o alteraciones de ésta que duran lo que un disparo de cámara y cuyo eco se expande después del revelado para conformar marcos interpretativos tan insólitos como sagaces. Es lo que el propio artista denomina fotinskis y que vienen a ser, en acertadas palabras de Juan Gabriel Vásquez, pequeños relatos condensados en escenas donde autores y autoras desplazados de sus hábitats impostan actitudes que quizá descubran, aunque ellos ni siquiera lo sospechen, los rasgos que verdaderamente definen su forma de ser. Mordzinski es quien es porque en su manera de entender la fotografía hay una inteligencia que trasciende el virtuosismo técnico, y eso explica por qué su obra no puede equipararse a ninguna otra. Daniel no se conforma con mirar a los escritores; se empeña en averiguar qué se esconde tras ellos, en desentrañar lo que ni siquiera cuentan sus propios libros. Y se sirve para conseguirlo de una intuición prodigiosa, de un sentido del humor que muchas veces linda con la travesura y de una complicidad que termina convirtiendo cada sesión —lo sé bien, por alguna que otra he pasado— en una conversación silenciosa. El verdadero secreto de su poética radica en que, en vez de mostrarnos a las personas que escriben los libros que leemos, nos invita a imaginar qué clase de personas son cuando no están escribiéndolos.

"Entre las imágenes que ahora pueden verse en Madrid figura la que le tomó a Cortázar en la presentación de aquella primera muestra parisina"

Entre las imágenes que ahora pueden verse en Madrid figura la que le tomó a Cortázar en la presentación de aquella primera muestra parisina. Cortázar sonríe, mira a alguien con quien conversa, no repara en la cámara; está siendo él mismo y no su personaje. También hay otra, datada unos años antes, que fue la gran foto inaugural, aquélla con la que sin saberlo Mordzinski comenzaba a cimentar su propia trayectoria. Se trata de la que le tomó a Borges en Buenos Aires, cuando Daniel tenía dieciocho años y participó como ayudante en la grabación de una entrevista para un documental sobre el autor de El Aleph que tuvo como escenario la vieja sede de la Biblioteca Nacional en la calle México. Es hermoso que ambas instantáneas compartan ahora el mismo espacio, elevadas a la condición de testimonios de una vocación que se estaba descubriendo a sí misma y que se ha acabado convirtiendo en una de las aventuras más fascinantes de la fotografía contemporánea. Una travesía que va de Buenos Aires a París y de París al mundo, de aquel joven desarraigado al fotógrafo ante cuyo objetivo querría ponerse cualquiera. «No soy nadie y nunca hice nada», le dijo aquella tarde lejana a Cortázar desde su cuartito de la Motte-Picquet. Quién se lo hubiera dicho a él entonces.

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