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7 de noviembre de 1936: Baile de sobres

7 de noviembre de 1936: Baile de sobres

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Sábado, 7 de noviembre de 1936: Baile de sobres

Buenas noches, caballeros —dijo, con retintín, el general Miaja.

El irónico y bonachón Miaja siempre tuvo una reputación dudosa y una orientación ideológica poco clara. De tendencias liberales, había abandonado la monarquía, sí, pero no dudó en afiliarse a la derechista Unión Militar Española. En febrero, tras las elecciones, Azaña le puso al frente del Ministerio de la Guerra provisionalmente, en ausencia de Masquelet. Su posicionamiento durante el alzamiento resultó ambiguo. Tuvo contacto con mandos de ambos lados, y al final permaneció fiel a la República, quién sabe si al comprobar la mala organización de los sublevados. También fue designado ministro de la Guerra durante el brevísimo Gobierno pactista de Martínez Barrio —del dieciocho al veinte de julio—, se decía que por sus buenas relaciones con los golpistas, pero no quiso continuar como ministro con Giral.

En julio salió de Albacete al mando de las tropas que debían tomar Córdoba. Sus vacilaciones y el tiempo perdido permitieron asentar la defensa cordobesa, y la sangrienta derrota gubernamental avivó las dudas en torno a su compromiso republicano. Los rusos desconfiaban de él. Y ahora el Gobierno abandonaba Madrid y Largo Caballero le encomendaba su defensa, poniéndolo al frente de la improvisada Junta, una decisión que muchos interpretaban en clave derrotista.

"Por primera vez en lo que iba de guerra parecían dispuestos a acatar la autoridad de Miaja, conscientes de que no había más remedio, si querían defender Madrid, que encomendarse a un militar profesional"

A sus órdenes quedaban el teniente coronel Casado y el teniente coronel Vicente Rojo, dos militares de segunda. Casado, jefe de la escolta presidencial de Alcalá-Zamora, había sido despedido por Azaña. Los acompañaban representantes de partidos y sindicatos, empezando por los comunistas de Santiago Carrillo, hoy responsable de Orden Público, y Líster, al frente del Quinto Regimiento. Salvo Líster, todo figuras menores, a los que Miaja trataba con paternalismo. Por primera vez en lo que iba de guerra parecían dispuestos a acatar su autoridad, conscientes de que no había más remedio, si querían defender Madrid, que encomendarse a un militar profesional.

Una vez reunida la Junta de Defensa en su despacho, Miaja los miró con dos ojitos inquisitivos detrás de sus quevedos. Se acarició el cráneo pelado.

—Como sabrán ustedes, ayer se evacuó al Gobierno en circunstancias precipitadas, dañinas para la moral —dijo, comprobando el efecto que causaba—. El último episodio de la tragicomedia han sido estos sobres… —sacó uno del bolsillo—. El Gobierno del señor Largo Caballero, que viaja camino de Valencia, antes de partir dejó un sobre dirigido a cada uno de los mandos militares con instrucciones de no abrirlos hasta las siete de la mañana…

—Como una fiesta de disfraces —observó Líster.

—Lógicamente, ante una situación tan dramática no podíamos correr el riesgo de dejar pasar horas sin saber a qué atenernos. Ayer mismo abrí el mío… solo para comprobar que, con la precipitación, los señores del Gobierno han metido en él las indicaciones para el general Pozas, aquí presente —se sucedieron exclamaciones de indignación—. Por suerte, pude contactar con Pozas e intercambiar sobres… Las órdenes son resistir lo que se pueda y, en último término, retirarnos en dirección a Cuenca para establecer una línea defensiva allá…

"O defendemos los puentes del Manzanares o, si el enemigo cruza el río, la ciudad será suya, y al día siguiente tendremos una cita con el pelotón de fusilamiento"

—No nos retiraremos —dijo Líster—. Eso es lo mismo que perder la guerra.

—… No les voy a negar —continuó Miaja— mi pesimismo con respecto a la misión encomendada. Sin embargo, como Dios aprieta pero no ahoga, ha surgido una circunstancia esperanzadora. Ayer, a las cuatro de la tarde, el general Varela dictó la orden para la toma de Madrid. La dirige a las columnas que lideran Asensio, Barrón, Delgado Serrano, Tella y Castejón. El ataque se pretende formidable. Pero hemos tenido un golpe de suerte. Las instrucciones las llevaba encima un jefe de tanques italiano que murió en acción antes de entregarlas. Cayó en la carretera de Extremadura. Por azar, las órdenes fueron recogidas por el teniente coronel Trucarte e inmediatamente llevadas al Estado Mayor, donde el teniente coronel Rojo ha estado toda la tarde estudiándolas —Miaja sacó el documento. Lo colocó sobre la mesa—. Aquí las tienen. Si los planes no cambian, podemos prepararnos adecuadamente… La suerte nos ha dado esta única ventaja en la desigual batalla que nos aguarda. O defendemos los puentes del Manzanares o, si el enemigo cruza el río, la ciudad será suya, y al día siguiente tendremos los que estamos hoy aquí una cita con el pelotón de fusilamiento… Ya conocemos la clemencia de Franco y Mola.

A ninguno en la Junta le hizo gracia que bromease con aquello.

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Entrevista con José Ángel Mañas sobre 1936 día a día

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