Adicto al ajedrez

«Hay otras vidas, pero están en ti», dicen que dijo el poeta Paul Éluard. En mí está, entre otras vidas, la de Leo Pérez, el Joputa, que pasa por Zenda, con otros convivientes, los miércoles.

Juego una partida, y otra, y otras más, y cinco más, y diez más, una tras otra, sin parar, una hora tras otra, y cuando estoy reventado y no puedo seguir jugando más, cuando me duele el brazo de sostener el teléfono, cuando se me agarrota la espalda aunque cambie de postura, cuando los ojos pesan y el cerebro está embotado, entonces sigo y sigo jugando. Al principio gano fácil, claro, al principio es fácil, pero luego la cosa se complica, los rivales cada vez son mejores y quizá no están tan enganchados, quizá están frescos, pero según pasan las horas ya no soy tan rápido ni tan preciso, me despisto, me confío, me dejo liar, sigo ganando bastantes veces, pero da igual, mis reflejos disminuyen, mi mente flaquea, y sigo y sigo.

Y cuando lo dejo, cuando ya no puedo más y me harto y lanzo el teléfono, es mucho peor que una resaca. Tengo el cerebro frito, estoy fundido, no he bebido nada, no me he metido nada, pero estoy noqueado, y muy tenso, cansado, agotado. Y sin embargo continúo con ganas de seguir jugando.

"Blitz y bala, bala o blitz, y nada más. Horas y horas vertiginosas, brutales. Mato y muero, gano y pierdo, con decenas de movimientos por minuto, siempre sin tiempo, deprisa, deprisa..."

Me tiro horas y más horas echando partidas a un minuto, a tres minutos, o como mucho a cinco minutos. Blitz y bala, bala o blitz, y nada más. Horas y horas vertiginosas, brutales. Mato y muero, gano y pierdo, con decenas de movimientos por minuto, siempre sin tiempo, deprisa, deprisa, pierdo decenas y decenas de partidas ya ganadas porque se me agota el tiempo, y sigo jugando, ganando y perdiendo, una hora tras otra, los dedos cansados, el cerebro exprimido, una hora y otra hora.

Estoy colgado.

Me juré no volver a tocar una pieza, y logré mantenerme firme durante años y años. Y me engañé yo solito, como siempre, me dije que jugar con el teléfono, contra un pavo a cientos o miles de kilómetros, podía ser un pasatiempo, sí, un pasatiempo, algo para matar el tiempo, para pasar el rato. Pero no. Toco la pantalla del móvil, nada más, pero tiro diagonales con los alfiles, salto con el caballo y despliego los peones como en cualquier tablero no virtual, y juego y gano y pierdo y me engancho malamente.

Juego y gano y pierdo y no dejo de decirme que ya no juego a mi nivel, que el Leo de diecisiete tacos habría fulminado al Leo actual, ahora soy lento, muy lento, y no recuerdo aperturas, patrones y variantes que antes dominaba. Soy otro jugador. Un ex jugador enganchado y lento. Un ex jugador que ya nunca luchará como la máquina de diecisiete años que un día se fue a la mierda.

Estoy enganchado. Mucho. Y ya no sé cómo dejarlo.

Juego borracho. Juego resacoso. Y hambriento, empachado, y jodido, y dormido, que no durmiendo, y harto. Y juego hasta cuando no juego: una pesadilla, otra vez una mierda, como cuando jugaba, aunque no fuera un juego, con mi viejo.

Y  la culpa de que esté otra vez pillado es de la puñetera niña. De la niña y de su madre, de la vecina de abajo. Y de mi padre, claro, cómo no, que enseñó a jugar a la niña, pero eso no me apetece explicarlo ahora, lo dejo para otro día.

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Entregas anteriores de Leo Pérez:

· La mascarilla

· El club de la nada

· Jaque al peón

· Las cenizas de la noche

· Un peón en pelotas

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