Decía Benito Pérez Galdós que “la Historia está en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno”. Las islas tienen una relación muy especial con la cultura y con los libros. Quizá por su condición de territorio abierto al océano, por su mezcla de viajeros, historias y memoria; y comprobar cómo los libros también crean puentes entre territorios separados por miles de kilómetros. Desde Tenerife hasta Gran Canaria, hablar de Goya y de mi novela El juicio frente al Atlántico ha sido una experiencia inolvidable. Porque al final los viajes literarios no se miden solo en kilómetros, sino en las personas y las conversaciones que uno se lleva de vuelta a casa.
La primera parada fue El Sauzal, una localidad que se ha convertido, gracias al esfuerzo y la pasión de un gran librero, en uno de esos pequeños milagros culturales que todavía existen en España. Allí se encuentra Librería Barco de Papel, dirigida por Nauzet, uno de esos libreros que entienden el oficio como una forma de resistencia y de amor a los libros. Barco de Papel es un espacio magnífico, lleno de vida, de lectores y de literatura, donde hablar de El juicio y de Goya fue mucho más que una simple presentación. Tenerife tiene algo que favorece las conversaciones largas: quizá la calma del mar cercano, quizá la manera en que las islas obligan a mirar el tiempo de otro modo.
Además, el viaje tenía un aliciente especial: reencontrarme con mi amigo y compañero, el escritor José Zoilo. Y ocurrió algo inesperado. En algún momento de la tarde, rodeados de libros, Nauzet me desafió a una partida de ajedrez en su librería. Yo escribí hace tres años una novela donde el ajedrez ostentaba un papel principal, El tablero de la reina, y ahora me tocaba demostrar mis conocimientos del juego.
Nunca pensé que llegaría ese momento en la gira. Uno imagina muchas situaciones: firmar ejemplares, responder preguntas imposibles, perder vuelos, escribir en hoteles… pero no verse obligado a defender su honor literario delante de un tablero y frente al dueño de una librería.
Debo reconocer que sentí cierta presión y perdí. Por suerte sobreviví a la experiencia. Aunque creo que durante algunos minutos Nauzet estuvo valorando seriamente retirarme mis ejemplares de la mesa de novedades.
De Tenerife era uno de los personajes de mi novela, don Bernardo de Iriarte, que nació en Puerto de la Cruz en el año 1735 y fue una de las grandes figuras ilustradas españolas de finales del siglo XVIII. Político, diplomático y hombre de cultura, ocupó cargos muy importantes durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Fue amigo y protector de Francisco de Goya, quien lo retrató en 1797, reflejando la admiración mutua entre ambos ilustrados. Don Bernardo de Iriarte fue viceprotector de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y apoyó decisivamente la carrera artística de Goya en la corte madrileña. Hombre culto y gran coleccionista de arte, reunió una de las colecciones privadas más importantes de la España ilustrada, con obras de Velázquez, Murillo, Van Dyck o Mengs. Su figura representa perfectamente la conexión entre Canarias, la Ilustración y el gran ambiente artístico e intelectual que rodeó a Goya.
Después de la derrota sobre el tablero, volé de nuevo, esta vez hacia Gran Canaria, para participar en la IV Feria del Libro de Santa Lucía de Tirajana, que se celebra en Vecindario, un evento que crece año tras año y que se está convirtiendo en una de las citas culturales más interesantes de la isla. En las ferias del libro sucede algo maravilloso: las novelas dejan de pertenecer únicamente al escritor y pasan definitivamente a los lectores.
Allí tuve la oportunidad de encontrarme con lectores llegados de distintos puntos de Gran Canaria. Hablamos de Goya, de la memoria, de la pintura y de literatura. Cada conversación añadía una mirada distinta sobre la novela. Y eso es quizá lo más fascinante de viajar con un libro: descubrir cómo cada lector termina construyendo su propia versión de la historia.
Canarias posee además una relación especial con la cultura. Tal vez porque vivir rodeados por el mar convierte cada encuentro en algo más valioso. Las islas han aprendido a defender los libros como quien protege un faro.
Y cuando el Atlántico quedó atrás, el viaje continuó una vez más. Otro avión, otro paisaje distinto. Del azul volcánico de Canarias a la llanura extremeña. El siguiente destino es Badajoz, donde me espera una de las grandes celebraciones literarias de España: su feria del libro, siempre vibrante, siempre llena de lectores y escritores.
Pero esa ya será otra etapa del diario.




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