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Alejandro Palomas: “Estoy plantando un bosque junto a mi casa”

Alejandro Palomas: “Estoy plantando un bosque junto a mi casa”

Imagen de portada: Foto: Michal Novak

Alejandro Palomas tiene una casa en el Valle del Baztán. El escritor catalán pasa buena parte del año en esa tierra de antepasados, donde se aísla del ruido y del calor, y donde ha puesto en marcha un proyecto digno de admiración: convertir un viejo trigal en un bosque frondoso. Así, tal como suena: piensa plantar tantos árboles como sean necesarios para devolver la vida a una parcela tan maltratada por el cultivo intensivo que en vez de tierra parece una balsa de purín. Y resulta que ese mismo proyecto, el de levantar un bosque donde ya no hay nada, es el que tiene la protagonista de su última ficción, Casa (Espasa), una niña de siete años que vive con su padre y su abuelo en un caserón perdido en la montaña. Salta a la vista, pues, que Alejandro Palomas está convirtiendo su vida en un argumento de novela.

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—En 1953, Jean Giono publicó El hombre que plantaba árboles, relato sobre un campesino francés que, habiendo perdido a su mujer y a su hijo, decide convertir un paraje desértico en un bosque lleno de vida. En tu novela, Mika también empieza a levantar un bosque con su abuelo.

—Es que esta novela está inspirada en mi propio entorno. Yo vivo en una casa en el monte, rodeada literalmente de trigales. Desde hace cinco años, mis dos hermanas y yo estamos intentando convertir uno de esos trigales en un bosque. Dejamos de cultivarlo y empezamos a plantar árboles. Nos metimos en un lío considerable, pero también hemos ido aprendiendo qué significa crear un bosque.

—¿Y qué significa?

"Era una tierra prácticamente muerta, castigada por los purines y los productos químicos, y hemos necesitado cinco años para recuperarla hasta conseguir que los árboles quieran crecer"

—Para empezar, hemos aprendido hasta qué punto puede estar degradada una tierra. La nuestra tenía tanta cal que si echabas vinagre hacía burbujas. Era una tierra prácticamente muerta, castigada por los purines y los productos químicos, y hemos necesitado cinco años para recuperarla hasta conseguir que los árboles quieran crecer. Porque los árboles, de alguna manera, deciden si quieren crecer en un lugar. Puedes plantar un árbol maravilloso y verlo aparentemente feliz durante tres meses… hasta que un día amanece muerto, como si hubiera decidido que ese no era su lugar. Y ahí aprendes lo mismo que aprende Mika en la novela: el tiempo de la naturaleza no tiene nada que ver con el tiempo humano. Creo que una de las razones por las que estamos tan perdidos como sociedad es precisamente porque ya no sabemos manejar el tiempo.

Casa podría inscribirse en ese género llamado «liternatura».

—Sí. Es un género que me interesa mucho. Cuando empecé a escribir Casa me puse en contacto con Gabi Martínez y Marta Tafalla. Había comprendido que la novela podía ser una manera de entrar en ese activismo literario y medioambiental, y ellos me animaron a seguir. El ensayo es un género imprescindible, pero muchas veces no llega al sustrato emocional de los lectores: hay demasiados datos y mucha gente acaba cansándose. Ahí es donde entra la literatura. Creo que tenemos que lanzar el mensaje también desde la vertiente emocional. Y eso se hace contando historias. Quienes contamos cuentos tenemos la obligación de intentar modificar la realidad desde la ficción.

—Tu relación con la naturaleza no nace con esta novela. Hace años que abandonaste Barcelona para vivir en el campo. ¿Qué buscabas cuando tomaste aquella decisión?

"Antes vivía en el centro de Barcelona y llegó un momento en que pensé: Esto es un infierno, y en el futuro será todavía más infierno"

—Llevo diecisiete años viviendo en el campo, así que muy «neorrural» no soy. Paso la mitad del tiempo en mi casa del Vallès (Barcelona), que es mi residencia, y durante los meses de calor me refugio en el Baztán. Antes vivía en el centro de Barcelona y llegó un momento en que pensé: «Esto es un infierno, y en el futuro será todavía más infierno». Me instalé en un pueblo muy pequeño del Vallès del que procedía mi familia materna. Por tanto, volví a casa. Y allí empecé a reconocer cosas de las que me habían hablado durante la infancia y que creía haber olvidado. De repente, me volví a sentir miembro de un clan y reconocí tanto el paisaje exterior como el propio paisaje interior.

—Pero en Casa no solo se construye un bosque. Se construyen muchas cosas más…

—En Casa hay dos construcciones paralelas: por un lado, Mika y su abuelo construyen un bosque, y por el otro construyen una relación muy peculiar entre ellos. Siempre me ha parecido que esas dos generaciones, abuelos y nietos, forman un binomio perfecto. A fin de cuentas, ¿quién no ha tenido un abuelo o una abuela que lo haya marcado profundamente, a veces incluso más que sus propios padres? Cuando te haces mayor y reconstruyes tu infancia descubres hasta qué punto uno de tus abuelos, o los dos, estuvieron presentes en los momentos importantes. Y creo que eso les ocurrirá todavía más a los niños de ahora, porque muchos pasan más tiempo con sus abuelos que con sus padres.

—Uno de los amigos de Mika lo expresa con gran sencillez: «Los abuelos saben mucho». ¿Te interesaba contraponer esa sabiduría nacida de la experiencia a otras formas de aprendizaje actuales?

—Hay un privilegio en el hecho de haber sido educado por alguien que poseía una sabiduría, una sabiduría humana, adquirida a través de la experiencia. Yo quería hablar de ese proceso de aprendizaje que recuerdo de mi propia infancia: alguien te guiaba a través de su propia experiencia. Ahora estamos introduciendo a niños, adolescentes y adultos en una forma de aprender que muchas veces prescinde del propio proceso de aprendizaje. Existen guías y herramientas que proporcionan una inteligencia adquirida, pero que no parten de la experiencia humana. Y ahí está el peligro: que la educación termine deshumanizándose.

—El título, Casa, parece remitir no tanto a una construcción física como a un lugar simbólico.

—La palabra “casa” tiene muchas acepciones. Es la construcción arquitectónica, pero también es un refugio, un domingo con manta, un lugar tranquilo. Hay todo un imaginario alrededor de ese concepto. Y casa es, sobre todo, no tener miedo. Cuando eres niño y juegas al escondite o a tocar y parar, te subes a un banco, dices «casa», y nadie puede tocarte. Es el lugar en el que no hay peligro. O al menos, en el que no debería haberlo.

Foto: Michal Novak

—También tenemos a dos hombres, el abuelo y el padre, que de algún modo están esperando que regrese el amor que sintieron con sus respectivas mujeres. Y entre ambos, Mika.

—En esta novela he querido reivindicar que también hay mujeres que renuncian a la familia en pro de su proyección personal o profesional. Por eso en Casa el que se queda con su hija es el padre. Lo hace porque quiere y porque lo decide. Quiere muchísimo a su hija y apuesta por regresar a la casa familiar del pueblo, por hacerse autónomo y por teletrabajar para así poder estar con ella. Y luego está Tadeo, que es un poco el abuelo que todos querríamos tener, casi como el de La sonrisa etrusca. Adora a Mika y entre ellos se establece una complicidad extraordinaria. Ella quiere saberlo todo y él está encantado de satisfacer su curiosidad. Además se ríen mucho juntos, y ese sentido del humor entre ambos me fascina.

—El abuelo es también quien transmite a Mika una especie de sabiduría ancestral. Lo hace mediante juegos, mandatos y consejos. ¿Qué quiere enseñarle realmente?

"El abuelo de mi novela enseña a su nieta a escuchar, pero también a esperar y a observar. Son cosas que parecen obvias y, precisamente por eso, ya nadie nos las enseña"

—Las mismas cosas que un animal salvaje enseñaría a su cachorro: las normas necesarias para sobrevivir. Nosotros ya no enseñamos esas cosas, porque hemos renunciado conscientemente a nuestra condición animal, como si esa dimensión ya no formara parte de nuestro aprendizaje. El abuelo de mi novela enseña a su nieta a escuchar, pero también a esperar y a observar. Son cosas que parecen obvias y, precisamente por eso, ya nadie nos las enseña. Y, sin embargo, constituyen la base para tener una buena vida.

—Hoy la palabra «supervivencia» parece cargada de violencia: aprender a sobrevivir nos hace pensar en defendernos de un mundo hostil. Sin embargo, lo que Tadeo enseña a Mika es casi lo contrario: a vivir en armonía con el mundo.

—Claro, porque vivimos en un mundo que percibimos como hostil. Por eso, para construir esta relación, necesitaba llevar a los tres personajes a un lugar sin conexión a Internet, apartado de esa hostilidad que domina las redes, lejos de toda esa violencia. En Casa prácticamente no hay referencias al presente. Se parece un poco a nuestra infancia, cuando no existía esta interferencia permanente de datos y de información desbocada. Teníamos otra relación con el tiempo.

Casa también podría leerse como una novela sobre el silencio de los hombres. El abuelo y el padre quieren a Mika y se quieren entre ellos, pero son bastante torpes a la hora de expresar sus emociones.

"Creo que muchos hombres no hablan consigo mismos de sus emociones y ni siquiera saben cómo hacerlo"

—Son dos hombres en el sentido más tradicional del término: personas con muchas dificultades emocionales. La relación entre padre e hijo está llena de amor, pero no saben decírselo; en realidad, ni siquiera saben decírselo a sí mismos. Creo que muchos hombres no hablan consigo mismos de sus emociones y ni siquiera saben cómo hacerlo. Por eso, padres e hijos tienden a relacionarse mediante acciones: «vamos a ver el fútbol», «vamos a jugar a pádel», «vamos a hacer algo»… Siempre hacer; nunca sentir. En el mundo rural eso puede resultar todavía más extremo. Según mi experiencia, a veces ni siquiera hace falta hablar: basta un gruñido.

—La familia vuelve a ser, una vez más, el territorio narrativo de Alejandro Palomas.

—A menudo busco otros territorios sobre los que escribir. Hay escritores que trabajan extraordinariamente bien asuntos que me interesan, pero que yo no sabría abordar. Y luego está el amor romántico, que no me interesa nada como materia narrativa. El enamoramiento, sufrir por amor y toda esa construcción me aburren soberanamente. Quizá por eso me refugio en la familia. Para mí es el microcosmos perfecto: ahí puedo hacer y deshacer, investigar sobre la vida, sobre mí mismo, sobre el tiempo, el silencio, quiénes somos, adónde vamos…

—¿Y cuáles son tus referentes literarios cuando escribes sobre la familia? Pienso, por ejemplo, en Natalia Ginzburg.

—Sé que voy a quedar fatal, pero Ginzburg me aburre. Busco nuevos referentes constantemente y me encanta que una lectura me sorprenda. Sufro bastante buscando autores porque para mí leer es una necesidad absoluta. No me interesa esa especie de competición de «he leído seis libros esta semana», sino encontrar algo que me haga pensar: «¿Cómo podía haberme muerto sin haber leído esto?». Me pasó, por ejemplo, con Éric Vuillard. Quiero que esa sensación de descubrimiento se produzca constantemente y me cuesta encontrarla. Precisamente por eso busco también fuera de la narrativa: leo mucho teatro, me interesa muchísimo el cómic y exploro otras fórmulas. Hay muchas formas de encontrar cosas que te alimenten como escritor.

—Durante muchos años compaginaste tu obra con la traducción.

"Durante muchos años traduje a Winterson y, cuando dejaron de encargármela, pensé pues ya no traduzco más"

—Prácticamente ya no traduzco. Estoy metido en tantos líos que no tengo tiempo. Solo volvería por Jeanette Winterson y Gertrude Stein. Durante muchos años traduje a Winterson y, cuando dejaron de encargármela, pensé: «Pues ya no traduzco más». Y aprovecho para reivindicar a Gertrude Stein, porque hablamos muchísimo de recuperar clásicos y a veces olvidamos autores extraordinarios. Yo traduje una obra muy extensa suya y volvería a traducirla encantado. Winterson y Stein son, además, dos escritoras con las que tengo una afinidad muy particular: son las únicas a las que he traducido sin necesitar el diccionario.

—Después de todo lo que has contado y escrito sobre los abusos sexuales en el seno de la Iglesia, y me refiero principalmente a tu libro testimonial Esto no se dice (Destino, 2022), ¿has percibido algún cambio en la institución religiosa?

—Sinceramente, he tirado la toalla. He luchado muchísimo y me he dejado la piel intentando que las cosas cambiaran. ¿Han cambiado? Algunas sí, pero lo esencial sigue igual. Solo hay una diferencia: ahora los casos se conocen y se denuncian, mientras que antes muchas veces ni siquiera ocurría eso. Pero más allá de ahí soy bastante pesimista. Continúan apareciendo casos y no tengo la sensación de que el problema estructural se haya resuelto.

—Y en un momento en que el neopuritanismo lo impregna todo, ¿vas a seguir siendo la rara avis de nuestras letras?

—Soy una rara avis dentro y fuera de la literatura y estoy muy cómodo ahí. Pero lo que dices del neopuritanismo me interesa especialmente por la autocensura que está provocando. Ese sí que me parece un asunto importante. Si los editores, los escritores y los periodistas nos sentáramos juntos a hablar abiertamente de lo que está sucediendo, nos sorprenderíamos del grado de censura y, sobre todo, de autocensura que existe actualmente en el mundo cultural.

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