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Mayte Aparisi: “Umberto Eco fue un medievalista en hibernación”

Mayte Aparisi: “Umberto Eco fue un medievalista en hibernación”

La Navidad en Monte Cerignone fue una gran fiesta. Durante cuatro décadas, Umberto Eco se reunió en su casa de campo, en la región de Las Marcas, con un grupo reducido de amigos para celebrar la vida. Eco recitaba a Dante, se disfrazaba de fraile y hasta se atrevía con el claqué como si fuera Fred Astaire. Su compañera de baile en esa última noche del año, su Ginger Rogers, era siempre la semióloga argentina Lucrecia Escudero, la discípula que escapó de la dictadura de Videla para asistir a su seminario de Bolonia. Esta mujer desconocida —que, al igual que el resto de los compañeros y pupilos de Eco, tenía prohibido hablar de él hasta que no se cumplieran los diez años de su muerte (19 de febrero de 2016)— ha desvelado su historia a través de otra, Mayte Aparisi, que acaba de publicar Umberto Eco (desclasificado) (JDB Books, 2016), un relato sobre el autor de El péndulo de Foucault centrado en su labor como docente, pero, sobre todo, en su lado más humano: el amigo fiel, el conversador inagotable y el maestro atento.

Hablamos con Mayte Aparisi de cómo Umberto Eco descubrió la música disco en Nueva York, sobre la búsqueda de la perfección y acerca del valor de la amistad y la lealtad.

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—Hay un personaje crucial para entender este libro sobre Umberto Eco: Lucrecia Escudero. 

—Lucrecia Escudero apareció en mi vida en el verano de 2023, en una cena que organizó un editor amigo mío, un argentino que reside en París. Él me invitó porque yo había escrito la novela Los ruidos de la noche (La Cala Books), ambientada en Argentina. Lucrecia se sentó a mi lado y eso fue una gran suerte. Si se hubiera sentado en otro lugar, no habría publicado mi libro sobre Umberto Eco. La conversación comenzó de forma casual: le pregunté a qué se dedicaba y ella me respondió que era semióloga; entonces le contesté: “Como Umberto Eco”. Vi su expresión, y le dije: “Ahora me dirás que lo conociste, ¿no?”. Hubo un silencio y luego me explicó que eran como de la familia, que pasaban las Navidades juntos desde hace cuarenta años. Soy periodista, ahí tenía un titular. En ese momento, le propuse una entrevista para lo que iba a ser un reportaje, que se prolongó durante muchos meses. Veía que aquello no tenía fin, y decidí convertirlo en un ensayo. Todo lo que había sintetizado comencé a expandirlo. Cuando le comenté lo del libro a Lucrecia, me dijo que iba a tener suerte, porque para cuando se publicase, en 2026, ya habría vencido la prohibición de Umberto Eco, que había incluido en su testamento, de que hasta diez años de su muerte no quería que se hablase de él. Umberto Eco nos dio permiso desde la ultratumba… Lucrecia nunca se había abierto a hablar de él de esta manera. No es que tuviera resistencia, pero sí que había un agotamiento: ella tiene ahora setenta y seis años y habían pasado cincuenta desde que conoció al autor italiano. Ella me dio el título para el libro. Un día me comentó: “Maite, tu libro Libro nos está rescatando recuerdos que yo creía autocensurados”, y ahí fue cuando me salió lo de “desclasificado”.

—Lucrecia escapa de la dictadura gracias a que Eco la aceptó como alumna. 

"Me di cuenta entonces de que podía reconstruir esos cuarenta años de relación, los cuarenta años más importantes de Umberto Eco a través de una de sus discípulas"

—Ella estaba en las listas de la dictadura. Tenía veinticuatro años y había terminado la carrera con un currículum brillante. Lucrecia pasó a ser la mano derecha del rector. Esa persona empezó a ser acosada, perseguida y señalada. Amigas suyas tuvieron que huir de los paramilitares. Ella sabía cómo funcionaba eso: si su nombre aparecía en las agendas de teléfonos de esas personas, se convertiría en subversiva y sospechosa. Su abuelo era un importante empresario, que tenía su socio principal en Milán, y fue él quien le dijo que debía salir del país y hacerlo legalmente. En ese momento, coincidió con una persona que era amiga íntima de Umberto Eco. Surge la posibilidad de ir a estudiar a Italia con él. Consigue la dirección del Centro de Estudios de Arte de Bolonia y le envía una carta. Lucrecia dice que fue todo un milagro: en aquella época el correo no funcionaba ni en Argentina ni en Italia, y lo hizo en los dos países; le llegó la contestación de Umberto Eco junto a su Tratado de semiótica general. Es una historia muy poética y muy bonita. Ella acabó conectada con el escritor italiano de una forma paternofilial; él la protege desde el primer momento. Me di cuenta entonces de que podía reconstruir esos cuarenta años de relación, los cuarenta años más importantes de Umberto Eco, a través de una de sus discípulas. Lucrecia, además, me abrió las puertas de Patrizia Magli, que fue el primer apoyo de Eco cuando comenzó su seminario en Bolonia, en 1975.

—Ha mencionado a Patrizia Magli, que fue una madrina para Lucrecia.

—Exactamente. Todos ellos eran mayores que Lucrecia, que en aquel momento tenía unos veintiséis años, mientras que ellos rozaban ya los cuarenta. Patrizia acogió a Lucrecia —que había llegado primero a Milán, a la casa del socio de su abuelo— en su hogar. A partir de ese momento, Lucrecia entró en el corazón de Umberto Eco, en su círculo más estrecho junto a Patrizia Magli y Paolo Fabbri.

Lucrecia Escudero y Umberto Eco en México

—El Umberto Eco novelista ha opacado al resto de sus facetas. En su libro descubrimos al profesor, intenso y con un gran carisma.

—Sí. Además, en ese momento había como un duelo entre esos dos personajes que eran íntimos, Eco y Fabbri. Las discípulas de Umberto me han dicho que él las embaucaba, con distancias, las llevaba a su terreno de una manera muy amable. Paolo era más seductor; él jugaba mucho con su aspecto físico y tenía otro talante. Al final, el que inspiraba ternura y generaba devoción era Umberto Eco. Entre los dos semiólogos hubo una amistad muy fuerte, aunque hubo también cierta animadversión por los “celitos” que tenía Paolo. Eran dos profesores muy carismáticos en una época en la que la relación era muy estrecha con los alumnos.

—Ha mencionado Bolonia. Otro de los escenarios del libro. Allí vivieron unos años difíciles con los atentados de las Brigadas Rojas, el secuestro de Aldo Moro…

"En cuanto tuvo clara la trama y supo cómo envenenar al monje, se sentó a escribir El nombre de la rosa"

—Fue una época muy complicada. En uno de los capítulos cuento que tuvieron que trasladar las clases a Monte Cerignone porque las universidades estaban cerradas. Los semiólogos decidieron continuar con las clases y se fueron con sus alumnos a la residencia de verano de Umberto Eco. En ese lugar fue donde comenzó meses más tarde a escribir El nombre de la rosa. Su despacho estaba entonces lleno de cajas con fichas con toda la información que había acumulado. Él decía que era un medievalista en hibernación; tenía el medievo en la cabeza. En cuanto tuvo clara la trama y supo cómo envenenar al monje, se sentó a escribir el libro. Sus colegas semiólogos pensaban que estaba loco. Le decían: “¿Qué hace un semiólogo escribiendo una novela?”. Y él respondía: “Porque tengo la necesidad de envenenar a un monje”.

—Allí se celebraron durante años fiestas de Nochevieja y de Año nuevo a las que acudió Lucrecia. Y también un curioso personaje, el compañero de pupitre de la escuela de Umberto Eco. 

—Un compañero de pupitre que sigue vivo y que, recientemente, participó en el maratón internacional online que se llamó Eco Eco Eco – A World-Wide Talk for Umberto. Este señor hizo un discurso hablando de su amigo íntimo de la infancia. Nunca falló a ninguna de las convocatorias que Eco preparó para Navidad. Él era músico, tocaba el acordeón; era el Snoopy de la pandilla. Umberto Eco siempre tuvo un círculo de amigos fieles, que estaban con él y le seguían en sus viajes. Eco podía parecer distante en las conferencias, pero muy cálido y cercano con sus amigos.

Umberto Eco con Roberto Benigni en su casa de Monte Cerignone en Año Nuevo

—Nueva York fue otro de los escenarios de su vida, y allí también estuvo con sus amigos. 

—Él daba clases en Harvard. Umberto tenía un vecino en Monte Cerignone, un empresario de la industria del metal al que le iban muy bien las cosas, que organizó un viaje para sus clientes a Nueva York. En ese avión también estaban unos cuantos de esos amigos y discípulos. Allí hubo unas cuantas anécdotas muy divertidas, como las de Paolo Fabbri y la del pollo de Rosenberg, que cuento en el libro. Fueron todos juntos al Studio 54, en el momento en que empezaba la música disco. Umberto Eco no se perdió ni el inicio de la música disco.

—Después de la publicación de El nombre de la rosa, Umberto Eco se convierte en una estrella de rock, como vemos en la presentación que hizo en México, y que usted narra en su obra.

"Lo que no sabía Lucrecia era lo que iba a ocurrir: gente colgada de las ventanas para poder asistir a la charla. La fama de El nombre de la rosa era internacional"

—Exacto. Ese fue el primer baño de masas que recibió, y, casualmente, Lucrecia estaba allí porque en esa época trabajaba en la Facultad de Letras de México; ella fue la que propuso esa conferencia. Lo que no sabía Lucrecia era lo que iba a ocurrir: gente colgada de las ventanas para poder asistir a la charla. La fama de El nombre de la rosa era internacional. Ahí surge una conversación entre Lucrecia y Umberto. Ella le pregunta cuándo se había dado cuenta de que es una persona tan importante. Y él contesta que cuando encontró su nombre al hacer un crucigrama: “escritor relevante del siglo XX”, de tres letras.

—La relación entre Lucrecia y Humberto continuó a través de los años. Y al final de los 80, cuando él es el tutor de su tesis, Lucrecia descubre a un hombre diferente, que le grita cuando le lleva el primer borrador y le dice: “Yo soy la Coca-Cola”. Todo lo que él hacía debía ser perfecto, y también lo que hacían los que estaban bajo su protección. 

—Umberto Eco era exigente. Ella le entregó su borrador de la tesis, y él devolvió ese tocho sobre la Guerra de las Malvinas lleno de anotaciones. Entonces es cuando le dice eso de: “Yo soy la Coca-Cola”. En todo lo que él ponía su sello debía ser perfecto. Y además se lo dijo con ese vozarrón de Papá Noel de centro comercial.

—Poco antes de la muerte de Eco, Lucrecia le hizo “la última foto”.

—Una foto en la que él no mira a la cámara. Lucrecia no se dio cuenta en aquel momento de que Umberto no estaba mirando a la cámara. En ese momento, ella no sabe que su maestro se está muriendo.

—Terminamos. ¿Tuviste miedo de escribir sobre Umberto Eco?

—Mucho. Si me pude enfrentar a este reto fue por haber escrito antes mi primer libro de ficción, Los ruidos de la noche, en el que el procedimiento fue el mismo: rescaté la memoria oral. En aquella ocasión eran tres mujeres, cuatro generaciones durante cien años en Argentina. Mi duda era: “¿Cómo cuento a Umberto Eco sin contar a Umberto Eco?”. Porque iba a contar a Lucrecia y al mismo tiempo tenía que ser de una manera fluida y divulgativa y que interesase a todo el mundo. Este no es un libro para semiólogos ni para intelectuales. Yo quiero acercar la figura de Umberto Eco a la gente.

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