Hay numerosos festivales literarios, y uno muy especial es Aragón Negro. Desde hace años, bajo la dirección del escritor y periodista Juan Bolea, este festival ha conseguido algo que parece sencillo, pero que resulta extraordinariamente difícil: convertir todo un territorio en un espacio de encuentro entre escritores y lectores. No se limita a las grandes ciudades ni concentra la programación en un único lugar. La literatura recorre Aragón de punta a punta, llega a bibliotecas, centros educativos, teatros, casas de cultura y pequeños municipios, donde un encuentro con un autor deja de ser un acto más de la agenda para convertirse en un acontecimiento.
He tenido la fortuna de colaborar en Aragón Negro en numerosas ocasiones y he visto crecer el festival, hasta consolidarse como uno de los más conocidos y que más éxito tienen de España.
Este año he participado en tres de sus citas. La primera fue en el Liceo Europa de Zaragoza. Confieso que siempre afronto estos encuentros con una mezcla de ilusión y responsabilidad. Hablar ante jóvenes de quince años supone enfrentarse al público más sincero que existe. Si algo les interesa, participan sin reservas; si no, lo hacen saber inmediatamente. Afortunadamente ocurrió lo primero.
A menudo hablamos de crear nuevos lectores, pero los lectores no suelen nacer por generación espontánea. Yo creo que hay que ir a buscarlos. Hay que entrar en los colegios, escucharlos y demostrarles que la literatura no pertenece únicamente al pasado ni a las aulas, sino que sigue siendo una herramienta magnífica para comprender el mundo, para soñar y para disfrutar.
El segundo destino fue Cariñena. Muchos la identifican inmediatamente con el vino, con una denominación de origen que ha llevado su nombre mucho más allá de Aragón. Pero esa tradición convive con una intensa vida cultural. Allí tuve la oportunidad de conversar sobre mi novela El juicio. Cariñena está muy cerca de la “Ruta de Goya” y de su pueblo natal, Fuendetodos. Y en el teatro donde realizamos el acto, se expone un gran busto de Goya obra de la artista aragonesa Rosa Balaguer.
Mi Aragón Negro concluyó en esta edición en la localidad de Cadrete, otro de esos municipios que demuestran que la cultura no entiende de códigos postales. A veces pensamos que los grandes acontecimientos culturales solo pueden celebrarse en grandes auditorios, pero basta una biblioteca llena, un salón de actos con vecinos deseosos de conversar y una organización comprometida para recordar que la literatura necesita mucho menos de lo que imaginamos.
Es de reseñar que, mientras otros festivales concentran todos sus esfuerzos en atraer al lector, Aragón Negro sale a buscarlo. Lo encuentra en una capital, en una villa vitivinícola, en un colegio, en una biblioteca o en un pequeño municipio, donde cada encuentro tiene un enorme valor porque no sucede todos los días. Ese esfuerzo por descentralizar la cultura es fundamental y yo creo firmemente en él. Los escritores solemos hablar de los viajes que realizamos para documentarnos. Recorremos castillos, monasterios, archivos o ciudades antiguas buscando una escena o un personaje. Sin embargo, hay otro viaje igual de importante y mucho menos visible: el que hacemos después de escribir la novela. Porque los libros continúan viajando mientras existan lectores dispuestos a abrirlos. Y festivales como Aragón Negro nos recuerdan que esos lectores pueden estar en cualquier lugar y que debemos ponernos en camino para encontrarlos.




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