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Arquitectura y literatura (I)

Arquitectura y literatura (I)

El mundo solo tiene sentido si es contado, si es transformado en imágenes transmitidas por el lenguaje, ese hilo que da continuidad a nuestras cortas existencias, nos conecta con el pasado y nos proyecta más allá de nosotros mismos.

Si bien todo puede ser contado a través de palabras, cuyo sentido varía según los idiomas y las convenciones sociales de que dependen, el mundo construido, aquel cuya materialidad no existiría sin la intervención humana, se transmite a través de la arquitectura.

Si sabemos mirar un edificio, situaremos las técnicas constructivas empleadas en el periodo histórico que les corresponde, deduciremos su función a partir de la configuración de sus espacios, imaginaremos las pretensiones de su autor (y de su promotor) gracias a los materiales utilizados o a los ornamentos encontrados, pero siempre quedará un espacio reservado a la incertidumbre. Intervenciones posteriores a su acabado pueden perturbar el sentido original de una arquitectura, que, lejos de permanecer inamovible, debe evolucionar y adaptarse al contexto de cada época, de cada nueva función acogida, una vez la situación inicial se vuelve obsoleta. Aunque debe transformarse para sobrevivir, la presencia de ciertos elementos incorruptos es necesaria para entender aquellas épocas que no pudimos ver, cual libro de historia que nos conecta con nuestro pasado.

"A veces una pequeña placa muestra una anécdota: aquí nació, aquí creció, aquí estudió, aquí trabajó, aquí escribió, aquí se casó, aquí vivió, aquí murió, aquí fue enterrado"

La memoria de la evolución de un edificio, que cada intervención puede cambiar a su antojo, persiste no solo gracias a los dibujos, los cuadros, los grabados, los planos o las fotografías que se conservan, sino también gracias a la palabra. A todo lo que hace que la arquitectura persista en el subconsciente colectivo: a las crónicas de la época, a los libros de historia, a las leyendas transmitidas oralmente… Y a la literatura. Un edificio revive en las historias que son contadas sobre él. Su memoria son esas palabras escritas, que pasarán de unas manos a otras y asegurarán la continuidad del pensamiento. Sin esas ellas, la arquitectura se reduce a un conjunto de materiales que alberga una función cambiante.

A veces una pequeña placa muestra una anécdota: aquí nació, aquí creció, aquí estudió, aquí trabajó, aquí escribió, aquí se casó, aquí vivió, aquí murió, aquí fue enterrado. Entonces tocamos el muro, transformado en un potente conductor de memoria, y el viaje se produce: volvemos a la época en que sucedieron los hechos y recordamos que la arquitectura, eterno escenario de la vida, juega un importante rol en la Historia.

Otras veces las placas, los monumentos o los bustos no existen y los hechos ni siquiera son reales: la literatura toma el relevo y nos ofrece su particular mirada. Nos descubrimos viajando a ese libro que tanto nos marcó, siguiendo los pasos de sus personajes, prolongando esa lectura que nos hizo tan felices. Y cuando se trata de una novela histórica, mientras intentamos conocer a sus protagonistas, acabamos entendiendo la época en que vivieron. Un momento histórico que nos era ajeno pasa a ser nuestro, como cuando contemplamos una fachada y nos asombra imaginar que ha formado parte del escenario de tantas otras historias.

"En algunas ocasiones incluso la verdad acaba resultando poco creíble, o difícil de asumir, y hace que abracemos con entusiasmo la ficción"

En este lugar de límites difusos, me pregunto si la ficción puede llegar a ser más importante que la realidad. Aunque la balanza se incline de forma natural del lado de la verdad, las manipulaciones a las que estamos continuamente expuestos, y a las que la sociedad de la información nos ha acostumbrado, hacen que la ambigüedad juegue un papel importante. Nosotros somos quienes decidimos en qué medida nos influye: la búsqueda de la verdad se convierte en una cruzada personal en la que debemos actuar con lucidez si no queremos ser engañados más de lo que estamos dispuestos a tolerar. Porque un engaño consentido no es lo mismo que una mentira.

En algunas ocasiones incluso la verdad acaba resultando poco creíble, o difícil de asumir, y hace que abracemos con entusiasmo la ficción. Que volvamos al mito de la caverna de Platón, prefiramos observar las sombras y tratemos con recelo a quien nos aporte respuestas a preguntas que no queremos hacernos. Debemos, por tanto, asumir la inevitable convivencia de ambos mundos, observar su mutua influencia y decidir qué cogemos de cada uno de ellos.

Si bien podríamos pensar que la realidad crea la ficción, pues aporta los elementos que conformarán la historia inventada, ésta acaba influyendo tanto en la realidad, que precipita los hechos y provoca un impensable resultado. La hibridación se convierte en fuente de aprendizaje y abre un nuevo horizonte de posibilidades. Y cuando lo imprevisto hace acto de presencia, nunca hay que cerrarle la puerta. Debemos tirar del hilo y desenmascarar esos pasajes secretos entre ambos mundos, no tan alejados como podría parecer.

"La Segunda Guerra Mundial truncó la construcción de este pabellón, cuya composición recordaba a la precisa estructura del infierno, del purgatorio y del paraíso"

Algunos ejemplos muestran cómo la ficción literaria puede llegar a convertirse en realidad construida. Es el caso del “Danteum”, monumento dedicado a Dante Alighieri, proyectado en 1938 por el arquitecto italiano Giuseppe Terragni e inspirado en la Divina Comedia. Por desgracia la Segunda Guerra Mundial truncó la construcción de este pabellón, cuya composición recordaba a la precisa estructura del infierno, del purgatorio y del paraíso descrita en el célebre poema y proponía al visitante un recorrido análogo (para más información recomiendo la lectura del estupendo artículo “El Danteum de Giuseppe Terragni”, de Aresio de Ronda, en Zenda).

Cambiando de país, propongo ahora aterrizar en mi querida Francia, concretamente en el siglo XIX, cuando un tal Alejandro Dumas aporta un giro a la novela histórica, en pañales por aquella época (el escocés Walter Scott empezó a darle forma y Alfred de Vigny y Victor Hugo le abrieron las puertas en el país galo), para dar un gran peso a la ficción, a la que otorga las riendas del relato gracias a estimulantes aventuras. Y lo hace valiéndose de un reciente y ameno formato: el folletín, esa novela por entregas que atrapa al lector y consigue que espere con impaciencia la publicación del próximo periódico. Obras como Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo se convierten en clásicos universales y Dumas pasa a ser un referente de la novela histórica, además de un maestro del folletín y uno de los autores más leídos de todos los tiempos. Y en este año, en que se conmemora el ciento cincuenta aniversario de su muerte, me propongo empezar a seguir su pista para buscar esos intersticios en donde ya se ha construido más de un puente entre arquitectura y literatura. Pero eso será en la próxima entrega.

(Continuará)

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