La necesidad, a veces violenta, de concretarnos en la misma medida en que lo hace la existencia nos obliga a la invención. Inventamos a orillas de un canal —no siempre río— donde el agua reubica su lenguaje, dentro de una crisálida, libre entre nuevos significantes que no aspiran a la totalidad, por ser esta insuficiente. Inventamos porque no podemos exigirle exactitud a las expulsiones y a los impulsos que nos estrechan con una tensión de precipicio. En ese proceso de invención, urgido a veces por la velocidad del dolor, abrazamos el lenguaje poético y la musicalidad; hacemos nuestra la textura expansiva de las imágenes y de los símbolos para dialogar en lo oscuro, para retroceder, cuando se preste la ocasión, hacia ese enclave original que se multiplica y desmenuza por ser eterno. También podemos, como propone Laia Jufresa, recurrir al color y a sus prolongadísimos matices: al color y a sus derivaciones, con los que matizar lo que, de otro modo, sería solo una emoción brutal, un estadio que, sin mediación, no desembocaría ni en lo creativo ni en la redención biográfica, sino en la violencia. «De ese color, todos los colores», escribió Juan Ramón Jiménez, «tras el gris terminal de todas las salidas». Inventar dentro y alrededor del color permite subrayar el anonimato que precede al olvido final no solo de alguien, sino de la luz, ahora total, que quema furtivamente antes de extinguirse. Luz a la que debemos regresar si aspiramos a que el dolor no penetre cada vez más hondo, absuelto de la dimensión material que lo hace revocable.
La propia Laia Jufresa, licenciada en Artes por la Universidad de La Sorbona, podría señalar que, en las modalidades del color y en su inagotable amplitud, hay una base científica constatable —el Museo Internacional del Color, al que se alude en Wishbone como gran epicentro simbólico, así lo demuestra—; por eso, cualquier equivalencia simple entre el color, la invención lingüística y la construcción singular de imágenes capaces de categorizar lo que, a priori, parece innombrable debe considerarse un error. Pero la novelista mexicana, con esta obra mayúscula y valiosamente excesiva, ha alcanzado un hito inigualable: poetizar lo que no puede nombrarse desde los convencionalismos del lenguaje, incorporando a lo poético la materialidad que siempre ha sido, y seguirá siendo, decisiva dentro del ojo humano: el color. Y ello con el fin necesario de traspasar esa barrera formal que también explicó Borges en su breve ensayo Historia de la eternidad: «Miriam Hopkins está hecha de Miriam Hopkins», no del inventario químico de su cuerpo.Esta reflexión es bastante más sencilla que la propuesta formal y temática de Laia Jufresa en Wishbone. Es esta la historia de dos mujeres que no comparten geografía ni contextos aparentes y cuyas vidas, sin embargo, funcionan como un intrincado juego de espejos. Tor Sima, residente en Oaxaca, México, es la fundadora del mencionado Museo Internacional del Color. Su relación con el proceso creativo está atravesada por la renuncia y por una cesión, en ocasiones visceral, de su propia obra. Es ahora, con el museo convertido en una referencia cultural y en un símbolo capaz de romper las fronteras de lo performativo, cuando Tor decide montar su propia exposición. Hacerlo supone museificar el núcleo traumático que ha definido su existencia: la desaparición forzada de su hermana. Al otro lado del Atlántico, en Edimburgo, reside Vica Luft. Su vida gira en torno a su trabajo como secretaria de una renombrada escritora y a la crianza de su hija. En los márgenes de la precariedad y de los múltiples factores —algunos culturales y la mayoría políticos— que acentúan su extranjería, siente en las manos una pulsión creativa que ella, de forma consciente, define como atávica, y que es la puerta de entrada a un lugar de difícil concreción en el que todos los enigmas hallan su respuesta definitiva. Ambas mujeres, Tor y Vica, comparten tres elementos en apariencia inconexos que son el tejido de la novela: una herida profunda que no sabe cicatrizar, un amante compartido en un momento pretérito de sus vidas y una enraizada devoción por los cefalópodos, en particular por los pulpos.
¿De qué modo convergerán sus vidas y a qué precio alimentará la distancia un espejo inconsolable en el que los gestos sirven de habitáculo a la imaginación? ¿Es posible sobrevivir custodiando un lazo fragilísimo del que nada cabe esperar salvo la hipótesis y la duda constante? ¿Puede esa imaginación ser un pasaje inacabable hacia lo real? Y, si es así, ¿acaso el color —retomo la reflexión inicial— no es un lenguaje imaginado a través del cual concretar las muchas oscuridades que, actuando como una sola, nos abisman sin desvelarnos su rostro?
Frente a la uniformidad tan poco plástica de lo que no admite matices, solo cabe la disrupción, tanto formal como simbólica. En Wishbone, esa disrupción —a veces expansiva en lo simbólico y regresiva en la forma y en la estructuración del tiempo narrativo— alcanza una precisión difícilmente mejorable.
Para conjugar las historias de las dos protagonistas, Laia Jufresa ha elegido una estructura muy singular: la del wishbone, o hueso de los deseos. Se trata de un hueso con forma de Y, situado en la región pectoral de las aves, esencial para su mecánica de vuelo. Esta es la línea seguida por la autora mexicana: aquella que le permite abordar dos historias separadas por un espacio en apariencia ignoto, que terminan convergiendo de forma lenta pero inexorable hasta colisionar en el vértice de la Y, que no es sino el centro traumático del dolor causado por la desaparición y el exilio.
En una novela cuyas capas dependen del modelado del tiempo, elegir el presente como tiempo narrativo es un acierto, pero sobre todo un signo de maestría que Jufresa ya había anticipado, de otra manera, en su anterior novela, Umami. El presente, como gesto técnico, es la clave para que la disrupción no pase desapercibida y, al mismo tiempo, no reste tensión a la novela. La perspectiva alternada termina siendo providencial en términos simbólicos, y la rapidez con que se desarrollan los capítulos, a pesar de su conceptuosa y, a la vez, nutritiva densidad, permite una lectura atenta y por momentos irrefrenable.
Podríamos decir que las raíces estéticas de Laia Jufresa extraen su savia no tanto del muralismo tradicional mexicano como de magisterios tan dispares como el de Juan Rulfo, con su preocupación obsesiva por la ausencia, o los de Jorge Ibargüengoitia y Fabio Morábito, con la sutileza mesurada y escéptica con que desmembraron el drama absoluto.
Pero en la escritora mexicana hay algo más: quizá un sentido de la vastedad y de los símbolos que, a veces, levantan una muralla similar a la propia vida, fiel a sus matices pulposos y a ese vértigo en el que solo cabe navegar asistidos por la imaginación. Más allá de lo real y de la asepsia con que se gestiona su nomenclatura, se es dentro y fuera de la palabra. Dentro, y más adentro aún, de los muchos colores que descienden hasta sí mismos para brindarnos el privilegio insuperable de la concreción.
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Autora: Laia Jufresa. Título: Wishbone. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.


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