No se trata del silencio alrededor de la mesa, ni del modo en que este se reproduce con la longitud de un sudario: se trata de la misma mesa, de su grosor impenitente, de sus patas prolongando la raíz marmórea que cuadricula las baldosas del salón; se trata del frutero con marcas de nicotina y de la fruta fresca soportando el calor. Alrededor de la mesa, los cuerpos respiran como cipreses amputando la esbeltez del otro. Se intercambian la comida y mastican. Baldean las palabras para que no impacten en el plato. Se niegan calladamente mientras alguien celebra el sabor de la carne y dice ser feliz. La felicidad no sabe de ayeres —la mayoría murió y los otros son siempre oscuros—, sino de impulsos estéticos imperdonables y del esfuerzo por sostener lo que aún no existe. Así podemos definir la felicidad: la conquista de lo que no existe salvo en la imaginación y en ese horizonte rojizo en el que las llamas son solo un efecto de la lluvia. Pero conquistar la felicidad exige violencia y no basta con sugerirla: es necesario materializarla y devastar los caminos que disipan la normalidad; es necesario, siempre, apoderarse del terror. El terror es un nombre, o el movimiento de una mano, o la palabra que penetra la raíz y la adiestra con fórmulas vulgares. El terror es el suceso que tuvo lugar allí —muy cerca— y regresa ahora a la altura del sueño, con sus muchos brazos de jabón negro multiplicándose. El terror es no poder cerrar la mente nunca, ni siquiera cuando alguien nos confía lo más parecido a la vida. Hoy, sentados a esta mesa culpable, todos miran el terror de cerca, lo sienten en las púas del tenedor mientras comen, mientras observan al otro y se reconocen en sus gestos, mientras asumen que pertenecer a la familia les obliga a proteger la verdad de esa otra verdad igual de invulnerable que les devora en el uso de la felicidad.
Ese muro y ese abismo, en los que el terror verdea, como si se tratara de un simulacro definitivo, lejos de la realidad y tan abrigado por ella, son el territorio en el que se extiende la magistral novela de Manuel Jabois.
El paraíso —reseña Manuel Jabois al comienzo de su novela La víspera— no era el destino. El paraíso era el muro que los separaba del “infierno”. Un muro cuidadoso y ancho en el que este temor se fragmenta en precisiones moderadas que parecen obsequios al aire libre y, sin embargo, se proyectan aún de forma cautelosa, sin obviedad para extinguirse, pero asumiendo que la clandestinidad es la única frontera que limita la expansión del abismo. En el muro también convive la unidad familiar, y esa otra dimensión unitaria y monolítica, radical y a la vez sublime, en la que todas las diferencias se diluyen en el agua más oscura. Diferencias vitales y diferencias del cuerpo. Diferencias de la memoria y diferencias sobre el origen del mal y los flamígeros pescadores que lo convertirán en cotidiano. Diferencias sobre cómo subsistir en los corredores del insomnio y no arredrarse ante el enemigo.
Sobre todo lo anterior versa La víspera, última novela de Manuel Jabois, con la que cierra el círculo iniciado en 2019 con Malaherba y a la que siguieron Miss Marte (2021) y Mirafiori (2023), a la que el crítico Agustín Díaz calificó como una obra maestra por su oportunidad alegórica y, por momentos, inexplicable, y por la prosa fenomenológica de los traumas no resueltos, los miedos reprimidos y el terror a veces atávico a la pérdida de la pareja. De la renunciación en los territorios de la dependencia emocional y del amor como acto de fe frente a lo desfigurable, y de la exploración de los límites del ser humano para no confrontar el dolor, nace, como una suerte de perfecta continuación, la historia que Manuel Jabois vertebra en La víspera. Esta trata, como el propio título indica, de la víspera del sesenta y cinco cumpleaños de Amelia Constenla y de los diferentes preparativos de un evento, siempre familiar, en el que sus dos hijos, su nieto y su marido deberían reunirse alrededor de la mesa para conversar una vez más sobre el silencio. Chami Palmeira, el hijo mayor, es un futbolista retirado para el que vivir un nuevo día sin haber renunciado a sí mismo es un castigo de atlantes consecuencias. Mon, el hermano pequeño, vive cautivo en las demencias del amor materno mientras desfoga con obstrucciones y culpa un dolor que le obliga a sugerirse como una proyección inacabada del infierno. Ramón, el padre, sobrevive en su papel de vigía, siempre rígido e infame a orillas de esa contradicción tan física que desmitifica los impulsos ajenos cuando los suyos carcomen su vulgar uso de la palabra. Y, entre medias de un ecosistema tan endogámico como el de la domesticidad, un espectáculo mediterráneo y trágico alrededor de la desmesura de dos vidas.
Nada es tan ambiguo como la normalidad y la apariencia, en especial dentro del mundo rural, y la sudorosa constatación de que muchas rupturas, en especial de la conciencia, no solo son irrevocables, sino que buscan pervivir lejos del juicio final, y muy lejos de ese juicio más inmediato, en el que lo normal, lo asumible, las afables porciones de la vida en familia pueden desgajarse como la tierra herida por la fiebre y los diálogos de la inundación. Y en esa ambigüedad, que casi siempre es estructural y a la que todos, en algún momento, hemos abrazado con una vocación dogmática y por momentos célibe, Manuel Jabois demuestra una maestría a la altura de muy pocos escritores, porque su visión tiene una doble cualidad que en otros autores es incompatible. En primer lugar, el modo en que la historia serpentea dentro de la ambigüedad es objetivo, libre de conjeturas y dilemas, puro en el grosor ampuloso de lo que es origen del mal y se nutre de las reglas, siempre tranquilas, de lo estático, de lo unitario, de lo que es roca dentro de la heladera embarrada de lo que se deduce y dice por error.
Pero esa objetividad, que es necesaria, se estructura en este caso en una tercera persona que es prosa ante el pensamiento ajeno, ante la duda y el detalle oscuro, ante esa sordidez que, en condiciones normales, justificaría una condena terrible. El narrador omnisciente y apegado al asfalto es, en el caso de La víspera, un acierto que, junto a la elección del tiempo y espacio, hacen de esta novela una obra redonda, tan conclusiva como alargada, tan asfixiante y circular como expansiva. La maestría de Jabois en su modo de alargar los vértices de esta historia sin romper nunca los contornos, y menos aún sin avivar el desequilibrio natural que naturaliza el horror, es extraordinaria. Tanto como ese dominio, en la velocidad del lenguaje, tan ligada a su condición de columnista, y tan expuesta a la rapidez y a la réplica, a las ideas enlazadas con ese alambre incandescente que las atraviesa hasta los confines de sanación, y que, gracias a esa porosidad consustancial y elegida, sabe detenerse en los momentos de mayor introspección. Detenerse para humedecer esas grietas periféricas que parcelan la voluntad y buscan hacerla comprensible. Detención y un impulso fragmentario en lo verbal, que es lírico y casi vallejiano, que abrillantará, sin duda, la mesa del lector; mesa a la que hoy se sentará este con un muro en las manos y el ardor de quien se sabe con el derecho a ser normal.
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Autor: Manuel Jabois. Título: La víspera. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.

Manuel Jabois


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