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Ático

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XXXIII: ÁTICO

Di la entrada para mi primer piso en propiedad a los veintiocho años. Fue una sensación agridulce la que experimenté entonces. Por una parte, triunfo. Me había costado muchas guardias, muchas privaciones, mucha planificación y sacrificio alcanzar aquella meta. Mucha terquedad. Por otra parte, me invadió una angustia abrumadora que, de algún modo, logré desterrar a un rincón recóndito de mi cerebro. Porque estropeaba el efecto. Porque no me gustaba admitir, ni siquiera ante mí misma, que aquella firma que garabateé un miércoles por la mañana (llovía a cántaros, lo recuerdo bien) me había dejado un regusto a condena inapelable, a ligadura. Bromeaba con mis amigos sobre el tema. Para intentar exorcizarlo, supongo.

El piso me encantaba, eso sí que no puedo negarlo. Estaba a diez minutos del centro, en un barrio tranquilo, silencioso, como acurrucado sobre sí mismo y ajeno al bullicio de la ciudad. Edificios antiguos, pero bien conservados; calles adoquinadas y sin tráfico; parques llenos de niños, de ancianos apacibles; plazas luminosas arrulladas por las palomas. El inmueble solo tenía cuatro plantas y un ascensor antediluviano que era un festival de chirridos y lamentos, pero ciertamente bonito. En el primero vivían dos hermanas puerta con puerta. Mayores ya, sin más familia que yo supiera. Andaban de acá para allá por el descansillo, casi siempre en camisón y bata, como si la casa de la una fuera una extensión de la de la otra. En el segundo vivía un pintor jubilado que tenía su vivienda a un lado y su estudio al otro. En el tercero estaba yo, y, frente a mí, una mujer de mediana edad un tanto excéntrica que hablaba por los codos y compartía espacio con una bandada de loros, guacamayos y cacatúas. Nunca tuve claro cuántos eran. Más arriba, estaba el ático.

—Ahí no vive nadie —me informó Charo, mi vecina, ayudándome a apilar cajas en mi nuevo y flamante recibidor—. Hace lo menos… yo qué sé cuántos años. Las señoras del primero dicen que esa planta se la quedó el arquitecto enterita, porque tenía un montón de críos. Pero tuvieron muy mala suerte, al parecer, pobre gente. De los chiquillos se les murieron tres: dos de gripe y otra nunca estuvo muy claro. Se armó un buen escándalo, ¿sabes? Por lo visto hasta lo investigó la policía, pero, como era una familia de dinero, al final se tapó todo. Ya sabes cómo funcionan estas cosas. Dicen que el arquitecto se marchó poco después, a la capital, con los cuatro hijos que le sobrevivieron. Se quedó la mujer sola, hasta que murió. Nadie venía a verla. Debía estar un poco chiflada. Pero bueno, son historias de viejas, vete tú a saber si no se lo habrán inventado esas dos, que tampoco andan muy finas de la cabeza, ¿eh?

La mudanza me dejó extenuada, y con un dolor de espalda como no he vuelto a tener en mi vida. Me empeñé en armar la estantería y en colocar todos mis libros, porque nunca he soportado la idea de tenerlos en cajas. Una vez metida en harina, decidí que tampoco podía tener la cocina desmantelada, ni el baño, ni mi dormitorio. Siempre he sido tirando a obsesiva. Pasaban de las dos de la mañana cuando decidí rendirme. Me tiré diez minutos bajo el chorro hirviendo de la ducha, me tragué tres analgésicos y me acosté. Desperté siete horas después, con el cuerpo aún entumecido, la cabeza embotada y la vaga sensación de haber tenido unos sueños muy raros.

—¿Qué tal tu primera noche? —quiso saber mi madre, que me llamó por teléfono a eso de las diez—. ¿Has dormido bien, cielo?

—Me desplomé literalmente —respondí, bostezando—. Estaba machacada.

—Mira que eres bruta, hija, por Dios —regañó ella—. Te dije que esperaras al fin de semana, que podía ir tu hermano a ayudarte. Cabezota como tu padre, Nuria, de verdad.

—Lo peor fue la estantería del salón —confesé, riendo—. Qué despropósito de mueble, ni con instrucciones me aclaraba. Cómo sería la cosa que hasta he soñado con los martillazos, y con muebles arrastrando…

Seguramente, empezó esa misma noche, solo que no fui consciente de ello. Por desgracia, se repitió. Siempre se repetía. Con una puntualidad siniestra.

A las tres y cuarto de la madrugada, el sonido de un cristal haciéndose añicos. Justo sobre mi cabeza. Me despertaba sobresaltada, preguntándome qué demonios habría roto el gato. Hasta que comprendía que ya no vivía con mis padres. Que no había gato allí. Que estaba sola. No le habría dado mayor importancia si la cosa no hubiera seguido ocurriendo, siempre a la misma hora, siempre del mismo modo. Me habría encantado poder darle una explicación racional, desde luego. Por un tiempo, incluso me convencí a mí misma de que Charo debía ser insomne, que quizá tenía por costumbre levantarse a beber agua en plena noche, que tal vez era tan atolondrada que siempre se le caía el vaso. Una estupidez, lo sé. Una historia muy floja.

Fue a más. Poco a poco. Los golpes, el arrastrar de muebles, los correteos. Grifos abiertos y el rumor del agua. Susurros infantiles. Los paseos de un perro grande, sus gemidos asustados y el roce de sus uñas. El chirrido de una puerta al abrirse. Unos pasos lentos en la escalera. Y una voz de mujer, angustiada. Lo bastante clara como para oírla desde mi habitación.

—Yo digo que está encantado —me aseguró Charo una tarde, mientras las dos tomábamos café rodeadas de loros—. Hazme caso. El ático está maldito.

—Eso es una locura —zanjé, incapaz de creer tal disparate—. Se cuela gente a dormir, estoy segura.

Insistí hasta que vino el administrador, un hombre con bigotazos de director de circo y barriga abultada, que me miró como su estuviera loca de atar. Sacó un manojo de llaves de una cartera de cuero y me ofreció un tour por el último piso. Solo quedaban unos pocos muebles tapados con sábanas. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Las bombillas estaban fundidas, pero entraba luz por las contraventanas entreabiertas.

—¿Lo ve? —me espetó el tipo, jovial—. Ni un alma. Ni rastro de… nada. Fíjese bien: si entrara alguien por las noches habría huellas en el suelo, ¿verdad?

Claro, pensé, desdeñosa. Aquí, Don Hércules Poirot.

—Hay como quince herederos, todos viven fuera. En Madrid, en Barcelona, en Sevilla… creo que incluso en Bruselas un par de ellos. Llevan peleados veintitantos años. Unos quieren vender, otros alquilar… aquí no viene nadie, y la llave la tengo yo. Quédese tranquila. Es un edificio viejo, ya sabe. Ruidos, crujidos… no creo que tengamos que llamar a los Cazafantasmas.

Soltó una carcajada, encantado con su propia broma. No tuve más remedio que rendirme a la evidencia. Allí no había nadie. Aún así, algo dentro de mí se rebelaba.

—¿Cómo se llamaba ella? —pregunté—. La señora que murió aquí sola, la mujer del arquitecto.

—Ah, claro, que ya le han llenado la cabeza con esas patrañas, ¿no? —se mofó él, condescendiente—. Mi abuela creció en este barrio y también se sabía la historia. Vamos, que se la creía a pies juntillas, la pobre. Mire, aquí no pasó nada que no pasara en otras muchas casas. Una familia que se rompe por la tragedia y chismes de vecinos, nada más. Aparte de eso, una mujer despechada y medio loca que vivía con un perrazo más grande que un caballo. Coño, si hasta se llegó a decir que el bicho se la comió, mire si es morbosa la gente. Y que si fue ella la que mató a los hijos, porque era una bruja… sandeces, todo sandeces.

—Pero, ¿cómo se llamaba? —inquirí, tozuda—. ¿Lo sabe usted?

—Paulina Espinel, ya que insiste. Una infeliz, la detestaba todo el mundo. Está enterrada en La Robla, por si tanto le interesa. Pero ya le digo: cuentos de viejas.

Llevaba algo más de tres meses viviendo allí cuando la oí llorar por primera vez. Salté de la cama sin pensar, sacudida por una curiosidad que ni el peor de los terrores habría podido combatir. Me deslicé por el piso descalza, acercándome a la entrada. Abrí la puerta apenas una rendija. Juro por lo más sagrado que la oía, arriba, en el descansillo. Sollozando. Igual que oía los lamentos del perro. Asomé la cabeza, notando que el corazón se me iba a salir del pecho. Vi las siluetas, las dos. La de ella y la del animal, a su lado. Una bestia enorme, oscura y jadeante. Me quedé clavada en el umbral, incapaz de avanzar o de retroceder.

—Paulina… —musité, temblando.

Se dejó ver entre los largos dedos con los que cubría su rostro. La suya era una mueca indescriptible. Llena de odio y de maldad, de algo que me heló la sangre.

—No respira —dijo, sin ninguna emoción, el llanto desvanecido de repente—. La niña no respira.

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