Como llovizna de turquesa, como pulsera de quetzal, se esparce el llanto, el dolor de nuestra madre […]. También ustedes lloren, entristezcan sus corazones. Así cantaban los antiguos náhuatl su lamento por la muerte. Así cantamos ahora la sangre que ha vuelto a derramarse en la pirámide de la Luna, en la ciudad sagrada de Teotihuacán, donde un joven mexicano, admirador de Hitler, presa de un macabro delirio que le había hecho pensar que su inspiración venía “de más allá de la tierra”, emulando la matanza de Columbine del 20 de abril de 1999, y armado con un revólver calibre 38 y una mochila llena de cartuchos, protagonizó un tiroteo en el que mató a una mujer canadiense de 32 años e hirió a otras 13 personas y, al huir, dicen las autoridades, se pegó un tiro. Los miembros del Sindicato Nacional de Restauradores del Instituto Nacional de Antropología e Historia exponen que este hecho es un lógico colofón a muchos años de “desatención presupuestal”, debida a una reducción sostenida que ha significado, para la institución que se encarga del sitio arqueológico, “menos plazas de custodia, equipo de revisión retirado o en desuso en los accesos, áreas de conservación y mantenimiento sin insumos, así como compromisos laborales incumplidos”. Aunque desmentido por las autoridades, que de inmediato han salido al paso presas del pánico ante la prevista llegada masiva de turistas de medio mundo con motivo del Mundial de Fútbol este verano, los trabajadores del INAH y muchos otros especialistas, investigadores, académicos y periodistas, han observado desde hace años ese descuido con que el Gobierno federal mexicano trata todo lo relacionado con la cultura. En el caso concreto del INAH se ha reportado que el presupuesto de vigilancia para zonas arqueológicas y museos ha sufrido un recorte estimado en un 31%, lo que ha provocado cierres temporales de museos tan emblemáticos como el Museo Nacional de Antropología y el Templo Mayor de la Ciudad de México por falta de personal de custodia. Los recortes presupuestales, que investigadores estiman han acumulado una caída cercana al 40% en años recientes, han dejado sitios históricos al borde del deterioro y proyectos de investigación detenidos. Por otra parte, en el anterior Gobierno de Andrés Manuel López Obrador se dio absoluta prioridad financiera y operativa a los salvamentos arqueológicos que tuvieron lugar debido a la construcción del Tren Maya, descuidando el mantenimiento del resto de la red de 162 museos y cientos de zonas arqueológicas, así como la destrucción, in situ, de más de 200 vestigios arqueológicos durante su construcción, acusando a la administración del INAH por su permisividad. Las protestas han sido sistemáticas, pero pocos han sido los verdaderos esfuerzos de las autoridades, que alegan su inocencia mediante comunicados donde lanzan cifras presupuestarias al alza mientras el desastre continúa incluso con falta de recursos para laboratorios, burocracia excesiva y la reducción de la plantilla laboral, y la falta de vigilancia, que se ha demostrado nula con el tiroteo en la pirámide de la Luna, está propiciando el saqueo de sitios arqueológicos, como se ha señalado en casos de piezas valiosas de la cultura zapoteca. La conclusión ante esta “asfixia presupuestal” es que el INAH ahora mismo está inhabilitando para cumplir con su misión fundamental de investigar, proteger y difundir el patrimonio arqueológico e histórico de México. Pero si no es el INAH, ¿quién espera el Gobierno que lo haga entonces? ¿Querrán que se cumpla el viejo augurio náhuatl, que a la letra dice: Otra vez así será, otra vez se extenderá el ahora y el aquí. Lo que se hacía hace mucho tiempo ya no se hace; pero otra vez se hará, otra vez pasará, como pasó hace mucho tiempo: aquellos que hoy existen, otra vez existirán, serán?


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