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Bella

[Foto: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XVII: BELLA

Era tan hermosa cuando nació que todo el mundo dijo que parecía un ángel.

—Fijaos en su pelo —repetía el Rey, exultante—. Es como bronce alrededor de su preciosa carita.

—Los ojos son como turmalinas, Majestad —afirmó la Condesa Viuda, zalamera—. Idénticos a los de vuestra madre.

La Reina, aún pálida y ojerosa por su reciente maternidad, asintió distraída. Su hermanastra se inclinó hacia ella discretamente.

—¿Has notado que no llora, Grace? —musitó entre dientes, sonriendo con fingido entusiasmo a un joven Capitán—. Ni una sola vez, desde que nació.

—Es un bebé sano y saludable, Sybill —respondió la Soberana, gélida—. No llora porque se sabe amada.

Los festejos por el nacimiento de la Princesa se prolongaron durante un mes. El entusiasmo de Harald resultaba contagioso, y sus allegados no podían menos que alegrarse por su dicha. Había enterrado a dos esposas y a sus cuatro hijos varones, caídos con honor en el frente. Eran tiempos de paz y prosperidad. En el ocaso de su vida, la pequeña Isabella colmaba de dicha al Rey.

Con el paso de los años, la Princesa se convirtió en una criatura extraña y retraída. Su belleza ausente resultaba intimidante. Su absoluto desinterés por los asuntos mundanos, descorazonador. Rehuía las celebraciones, desdeñaba cualquier intento de instrucción y mostraba una enojosa indiferencia por los cumplidos, atenciones e incluso por la conversación más elaborada. Vagaba por el palacio como un pálido fantasma. Nadie conseguía entender por qué podía permanecer horas enteras observando las gotas de lluvia sobre el vidrio de su ventana, o contemplando sus propias manos al trasluz, tarareando con obstinación la Nana de los Tres Caballeros, la única que su aya lograra enseñarle de niña, la única que parecía complacerla.

Tenía doce años cuando el Rey murió. Pese a que siempre la había colmado de regalos y caricias, Isabella asistió a las exequias con insólita apatía. No derramó una sola lágrima por su padre. Para desconcierto de los asistentes, interrumpió la sentida homilía con su incansable canturreo. La Reina la golpeó en la mano, irritada. Isabella la miró, sin comprender, y fijó su atención en una polilla negra que revoloteaba por el techo.

—La gente murmura, Grace —insistió Sybill aquella tarde—. Empieza a saberse en todo el reino. La niña no está bien, no es… normal.

—Cállate, te lo ruego —gimió la Reina, despojándose de sus joyas.

—Fingir que no lo ves es inútil, hermana. ¿Es que no te das cuenta de que es igual que…?

—¡Cállate, Sybill! ¡Sal de aquí! ¡Salid, todas! —gritó Grace, provocando una estampida de atribuladas sirvientas.

Volvieron los años oscuros. Cada plaga, cada mala cosecha, cada sequía, granizo o ataque de lobo se atribuyeron a la maldición que caminaba junto a la joven Isabella. La Reina se mantuvo firme, desoyendo los consejos de galenos y astrólogos, empecinada en negar una evidencia que a nadie salvo a ella escapaba. Pero incluso su ceguera de madre hubo de rendirse la tarde en la que la Princesa asió unas tijeras de plata e intentó cortarle el cuello sin motivo alguno. Grace sufrió una crisis nerviosa y quedó postrada en cama. Nunca se recuperó. Su hermanastra, Sybill, asumió la regencia y encerró a Isabella en una estancia apartada, bajo la supervisión de una criada solícita y lo bastante robusta como para resistir sus violentos arranques de ira.

La insurrección no resultó una sorpresa. Cuando le anunciaron la cercanía de las tropas de la Condesa Viuda, Sybill asintió en silencio, murmuró unas órdenes precisas a su guardia personal y subió a la torre norte para ver por última vez a la Princesa. Isabella había cumplido quince años. Era tan arrebatadoramente hermosa que cortaba el aliento. No levantó la vista cuando su tía entró en su pequeña celda y se sentó plácidamente en la única silla.

—Iba a ser tu velo nupcial, querida —dijo Sybill, acariciando la incompleta labor, sobre su regazo—. Ya no habrá tiempo para terminarlo.

—¿Por qué sigues bordando, entonces? —preguntó Isabella de pronto, los ojos fijos en la ventana.

Sybill se encogió de hombros.

—Necesito que mis manos estén ocupadas.

La Princesa la miró, inexpresiva. Con paso lánguido, se acercó a la modesta cama y, dejándose caer sobre ella, tomó un extremo de la tela, estudiándola con interés.

—El zorzal es mi preferido —anunció, sonriendo.

—¿Quieres ayudarme? —invitó Sybill—. Tu criada nos servirá té.

Bordaron en silencio. La doncella entró poco después, cargando una bandeja que dejó sobre la tosca mesa desnuda. Sollozaba e hipaba como una niña. Sybill le hizo un gesto y la muchacha salió sin pronunciar palabra. Isabella bebió un sorbo e hizo una mueca.

—Es amargo.

—Lo sé, querida.

No dejaron de bordar cuando el estruendo invadió el patio del castillo. La Nana de Los Tres Caballeros empezó a apagarse lentamente en los labios de la Princesa.

—Estoy cansada —musitó. Los hilos de colores se desdibujaban de un modo curioso. Se pinchó con la aguja, pero no sintió ningún dolor. Se chupó el dedo, ensimismada—. Tengo mucho sueño.

—Recuéstate y descansa —sugirió Sybill con dulzura—. Pronto se hará de noche.

Cuando Arden, el hijo de la Condesa Viuda, irrumpió en la celda con sus hombres, hallaron a una mujer de mediana edad y cabello oscuro sentada muy erguida, rígida y con los labios azulados.

—Está muerta —decretó uno de los soldados.

—Dicen que era una bruja. La madre de Sybill estaba completamente loca, al parecer.

—Era la madre de Grace la que estaba loca —murmuró Arden, sentándose sobre el lecho.

—¿Quién es la otra?

Unos ojos verdes, inmensos, se adivinaban bajo el velo.

—Isabella.

—Habrá que hacerles un funeral —propuso otro soldado, cargando sobre su hombro el cuerpo de Sybill—. Algo emotivo y sincero.

Estallaron las risas. Arden les miró con gesto feroz.

—Fuera de aquí —ordenó, tajante—. Marchaos.

La contempló embelesado durante casi una hora, trazando con la hoja de su cuchillo de caza la pálida línea de su garganta. Incapaz de resistirse, la besó, sin retirar el velo de su rostro. Retrocedió, confundido. Estaba tibia. Respiraba. Trastabilló por la habitación, tropezando con los escasos muebles. Volvió a mirarla desde el umbral.

—Vendré mañana —susurró—. Vendré cada día.

La vio girar lentamente la cabeza, los ojos espantados. Cerró la puerta y se colgó la llave al cuello.