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Bohumil Hrabal en edición samizdat

De la fiereza de la dictadura de los miserables en la antigua Checoeslovaquia supimos el 21 de agosto de 1968, cuando todas las televisiones de este lado del antiguo Telón de Acero retrasmitieron las imágenes de los tanques del Pacto de Varsovia entrando en la Ciudad de las Cien Torres. Aquel final a la Primavera de Praga se llevó por delante la vida de más de un centenar de vecinos de la que fuera la ciudad de Kafka. Aquel fue un drama en el que tuvieron su origen la mayor parte de las numerosas escisiones que conoció el comunismo ortodoxo en los meses siguientes. Salvo a los estalinistas más recalcitrantes, a todos se les hacía muy difícil justificar el terror rojo en aquella ocasión.

Meses después, en 1969, llegaba a las librerías españolas Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal. Grande entre los grandes de la literatura checa, en aquellas páginas, publicadas originalmente en el 64, se daba a conocer un disidente, ¡claro que sí! Pero totalmente ajeno a la infausta política. Su disidencia consistía en la búsqueda desesperada del placer frente al miedo al terror rojo. Acusado de ser un enemigo del pueblo, fue condenado a esa reeducación de los comunistas. Si de aquella experiencia surgió Alondras en el alambre (1959), donde Hrabal fabulaba con los amores y las guasas con las que se podían tomar aquellos correctivos, en Trenes…, ambientada durante la ocupación alemana, nos narraba las inquietudes del joven Miloš para alcanzar la madurez sexual. En fin, los comunistas podían acusar al escritor de ser un hedonista. Pero no de pequeñoburgués ni de conjurar al servicio de Occidente. Aunque el hedonismo, allí donde, por obra y gracia de los caudillos socialistas, el placer ha desaparecido y solo cuentan la historia, la política y la realidad entendida como única verdad —que ahora sostienen los más agudos— debe ser un crimen lo suficientemente pernicioso como para atajarlo de raíz.

"Llegando tan solo hasta el Renacimiento tardío, una de las primeras obras que se dieron a conocer en la clandestinidad fue Sobre el infinito universo y los mundos"

Sólo así se explica que, en febrero de 1977, Bohumil Hrabal, que no había firmado la Carta 77 —una carta abierta, publicada en enero de ese año, en la que destacados miembros de la disidencia checoeslovaca pedían al gobierno que respetase los derechos humanos— se viese abocado a publicar Una soledad demasiado ruidosa (1971) en edición samizdat, un procedimiento que podemos y debemos considerar el orgullo de la impresión marginal.

Los orígenes de la edición clandestina —por definición sombría; por vocación, luminosa: nace para dar a conocer la literatura que el poder prohibió—, prácticamente, se remontan a los de la imprenta misma. Llegando tan solo hasta el Renacimiento tardío, una de las primeras obras que se dieron a conocer en la clandestinidad fue Sobre el infinito universo y los mundos (1584). Corrían entonces los días en que Giordano Bruno, su autor, debía expresar sus ideas con suma cautela: la Inquisición romana de la Iglesia Católica consideraba heréticas sus teorías.

"Llegando al amado siglo XX, Olympia Press fue una editorial parisina especializada en la publicación de textos prohibidos en el mundo anglosajón"

Ya en la Inglaterra del siglo XVII, en la que los partidarios del parlamento (cabezas redondas) dirimían sus diferencias con los realistas (cavaliers) en la Guerra Civil (1642-1651), John Milton, dadas las circunstancias, publica su Areopagitica (1644), encendida defensa de la libertad de prensa y de expresión, en la clandestinidad.

El mismísimo Voltaire, muy crítico con las instituciones francesas de su tiempo, tuvo que publicar sus Cartas filosóficas (1733) en inglés. Ello no fue óbice para que, un año después, cuando apareció la edición francesa —huelga decir que en francés— todos los ejemplares de este ensayo fueran prohibidos, requisados y destruidos. Los pocos que se salvaron de la quema fueron el origen de una edición holandesa, leída en Francia con esa avidez que se busca en lo prohibido, pero también con esa discreción que se hace, por las consecuencias que pueda tener.

"Las ediciones samizdat también eran publicaciones clandestinas de obras prohibidas por la férrea censura que operó en la Unión Soviética y otros países del bloque del Este"

Y llegando al amado siglo XX, Olympia Press fue una editorial parisina, fundada por Maurice Girodias en 1953, especializada en la publicación de textos prohibidos en el mundo anglosajón —Plexus (Henry Miller, 1953), Lolita (Vladimir Nabokov, 1955), El almuerzo desnudo (William Burroughs, 1959)—. También en París, El Ruedo Ibérico —fundada en 1961 por los exiliados españoles Nicolás Sánchez-Albornoz, Ramón Viladás, Vicente Girbau, Elena Romo y José Martínez Guerricabeitia— publica la Historia de la Guerra Civil Española (1962), de Hugh Thomas, El laberinto español (1962) de Gerald Brennan, o Falange: Historia del fascismo español, de Stanley G. Payne… En aquella iniciativa, cuyo nombre evoca de forma inequívoca el ciclo de novelas esperpénticas sobre nuestro país de Valle-Inclán, vieron la luz los primeros textos de los hispanistas anglosajones, hoy canónicos para la izquierda española. Pero entonces, cuando la historia oficiosa de España era la que, a partir de 1967, comenzó a publicar en fascículos semanales el Marqués de Lozoya, la bibliografía de Ruedo Ibérico en la lengua de la pérfida Albión aquí se traía de Francia traducida al español y se leía en la clandestinidad.

Las ediciones samizdat también eran publicaciones clandestinas de obras prohibidas por la férrea censura que operó en la Unión Soviética y otros países del bloque del Este durante la Guerra Fría. Surgían de ambos lados del texto. Algunas por iniciativa directa de los autores, otras obedecían al afán de los lectores. Pero el procedimiento solo funcionaba porque los lectores asumían funciones de editores, impresores y distribuidores a la vez. A veces, el escritor preparaba la “primera copia” mecanografiada —o microfilmada— y la ponía en circulación con la expectativa explícita de que otros la reprodujeran y la difundieran. Otros samizdat circulaban sin un contacto directo con el autor: eran manuscritos obtenidos de tercera mano, que lectores‑editores compilaban, corregían, traducían o encuadernaban, de forma que el propio circuito de lectores generaba nuevas ediciones y antologías clandestinas.

"Acaso sea el gran Bohumil el mejor ejemplo de autor checo cuya obra sobrevivió y se leyó gracias a las redes samizdat durante la normalización posterior a 1968"

De una u otra manera, el lector dejaba de ser pasivo: quien recibía un texto interesante solía hacer copias (a máquina, con papel carbón, luego con mimeógrafo) y las pasaba a su vez a otros, convirtiéndose en eslabón de la red. Primer núcleo de resistencia organizada tras la “normalización”, dio legitimidad moral y cobertura política a la cultura clandestina, de modo que el samizdat dejó de ser solo una práctica literaria o intelectual dispersa para convertirse en instrumento estable de oposición cívica al comunismo.

El Discurso secreto de Nikita Jrushchov ante el XX Congreso del PCUS (1956) fue el primer samizdat. Después llegaron El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn; por supuesto Doctor Zhivago, de Boris Pasternak y, ya en el contexto checoeslovaco, El poder de los sin poder, de Václav Havel. Pero acaso sea el gran Bohumil el mejor ejemplo de autor checo cuya obra sobrevivió y se leyó gracias a las redes samizdat durante la “normalización” posterior a 1968. Las primeras versiones de Yo, que he servido al rey de Inglaterra (1971), su novela más divertida, llegaron a nosotros gracias a sus primeros lectores, que en sus primeras ediciones la distribuyeron en esta gloriosa clandestinidad, en la que el escritor se encontraba hace 49 años, un día como el de hoy.

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