Pongamos que alguien lee Los miserables, de Victor Hugo, pero se salta ciertos párrafos descriptivos que —al parecer— no le interesan. ¿Podrá decir que ha leído la obra cuando llegue al final? ¿Podrán decirlo quienes la hayan leído sin saltarse nada si se han fiado de una traducción y no del original en francés? Me temo que no, que nadie podrá asegurar nada de forma rotunda. Ni siquiera el propio Victor Hugo. Quizás su versión definitiva sufrió revisiones por parte del editor, como los primeros cuentos de Raymond Carver. Y seguramente tenía erratas de todo tipo que precisaron del trabajo de un corrector concienzudo. Puede que él mismo hiciese cambios de última hora o que hiciese supresiones o añadidos para la segunda edición. Sus biógrafos o los filólogos podrían aclarar ciertas cosas a ese respecto. Lo malo es que así sería fácil quedar atrapado para siempre en las páginas de la novela. Habría que cotejar el manuscrito original, asegurarse de que no existen más, ver sus diferencias con respecto a la edición que se maneja… Estos procedimientos, por desgracia, no servirían para afianzar la seguridad de conocer la obra sino más bien para dejar claras las limitaciones que existen para conseguirlo. Al fin y al cabo, el autor ya no está aquí, de modo que cualquier posible duda se tendría que despejar con hipótesis, y aun en caso de que estuviese podría tratarse de un desmemoriado o un embustero. Javier Marías, por ejemplo, cuenta en un texto recogido en Pasiones pasadas que, antes de traducir El enterramiento en urnas de Thomas Browne, revisó la parte que habían traducido Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, donde abundaban las libertades y los libertinajes, además de un bellísimo párrafo inventado por ellos.
Borges es la antítesis de Victor Hugo: comprime allí donde este último despliega y prolifera. A Borges, las puertas y las ventanas no le dicen nada; el mundo de Victor Hugo es un mundo de puertas y ventanas. Borges no le da nunca demasiada importancia ni a la psicología de sus personajes ni a sus contextos históricos; en Victor Hugo tanto los personajes como sus contextos históricos avanzan en paralelo, unos se profundizan a medida que los otros se delimitan más, como si en realidad la ficción fuese un resultado de la Historia con mayúsculas. Borges apenas le presta atención a todo eso, porque para él ambos, personajes y contextos históricos, son simples antesalas para algo más vasto, que tiene que ver con nuestra concepción del espacio, del tiempo o de cualquier otro concepto determinante para el pensamiento. Todo esto se debe a que Victor Hugo no es un escritor cosmopolita, es un escritor decimonónico y sabe que los elementos históricos que comienzan a afectar a los individuos son de un orden nuevo y que tienen un alcance cada vez mayor, como luego quedará claro, cuando en el siglo XX la historia de los checos, polacos y alemanes dé paso a la historia de los europeos. Borges, sin embargo, no piensa en esos términos porque para él la literatura está menos ligada a la Historia que a los ensayos de carácter científico y especulativo, a disciplinas más universales y menos sensibles de ser adscritas a una cultura en concreto. Hugo cree que la literatura es una consecuencia de la Historia; Borges cree que la literatura es una variante de la magia, como la magia pueda ser una variante de la Física o la Biología. A Hugo la historia humana le parece la única relevante; a Borges la historia humana solo le parece una nota a pie de página en la historia del planeta y, por encima de cualquier otra cosa, en la historia del Universo.
Uno se sentiría tentado de decir que a Borges se le ha leído poco y mal, si no fuese porque me da la sensación de que se le ha leído tanto que se le ha fatigado (sin que eso signifique que se ha extenuado la fuerza o la sustancia de su obra, que me parecen infinitas). Esa insistencia en leerlo, analizarlo y discutirlo, ha acabado convirtiendo su obra en un cadáver para clases de literatura, pero ha hecho que mucha gente se olvide de lo que Borges dice. Al establecer sus líneas de fuerza, aparecen tres elementos reiterados una y otra vez: su cosmopolitismo, su estilo y su obsesión con los infinitos y los laberintos. Ese cosmopolitismo, sin embargo, fue duramente sancionado por sus compatriotas más izquierdistas, que durante mucho tiempo le reprocharon su diletantismo, su dandismo y, por encima de todo, la falta de gravedad (en el sentido de gravitas latina, relacionada con la seriedad, la dignidad, el peso y el rigor moral). Con sus opiniones, él mismo se hizo un flaco favor y abundó en lo que ya otros pensaban: que era un conservador vital y un liberal literario; que para él, las dos rectas iban en paralelo, sin llegar a tocarse ni siquiera en el infinito.
Uno de los obstáculos con los que se ha enfrentado Borges ha sido la excesiva preocupación interpretativa por su obra y el escaso interés hacia su vertiente más descriptiva. Sin embargo, prestar un poco de atención hacia sus métodos de lectura y a sus hábitos librescos podría arrojar cierta luz sobre su obra y su persona, como dijo Ricardo Piglia en tantas ocasiones. Acerca de sus hábitos de lectura, sin ir más lejos, cabe destacar que no era muy dado a concentrarse en un solo libro y que prefería leer varios al mismo tiempo, alternando a veces páginas de unos y de otros, hasta confundir a cuál pertenecía cada una de esas páginas. Eso hacía que los géneros se mezclaran, como sucede en cuanto escribió, incluso en su poesía, que a veces tiene un claro cariz descriptivo, otras enumerativo e incluso narrativo. Lo que salta a la vista es que nunca trabaja desde un género puro. El suyo es un estilo mestizo, con elementos mestizos y también con argumentos mestizos, en los cuales uno nunca sabe si lo más importante es la historia o la posible enseñanza que se deriva de ella. Todo esto invita a pensar que, por encima de cualquier otra cosa, la obra de Borges es una obra ensayística, con tentáculos poéticos y narrativos, principalmente dedicados a la meditación filosófica y a la especulación insólita.
Si tenemos en cuenta esto último, lo primero que echamos en falta en la nueva edición de sus obras completas es que no se aborde su carrera literaria en su totalidad desde una perspectiva ensayística. También que en el tomo dedicado a los ensayos no hayan incluido Textos cautivos, Borges oral y muchos textos sueltos recogidos en un volumen titulado Miscelánea, que apareció en Debolsillo en 2011. A cambio de esas inexplicables omisiones, se recogen en el volumen recién publicado por Alfaguara Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos, sus tres primeros libros con piezas ensayísticas, escritos entre 1925 y 1928. Hago referencia a ellos porque, como es bien sabido, Borges siempre los desestimó para sus obras completas, seguramente porque le parecían tanteos. En más de una ocasión dijo que él mismo compraba los ejemplares que iba encontrando en tiendas de lance y librerías de segunda mano, para que no cayesen en manos de otros. Jamás fueron reeditados mientras él vivió y solo conocieron una segunda oportunidad a su muerte, cuando su viuda, María Kodama, accedió a que se volviesen a publicar. Obviamente, en sus páginas Borges pecó de juventud al escribirlos, porque se dejó llevar por el estilo, que le quedó demasiado verboso, por su innecesario vanguardismo, por su criollismo y por cierto localismo que luego superaría. En vida bien pudo haberlos limado, hasta dejarlos a su gusto, pero no quiso hacerlo, Quizás pensó que el esfuerzo era demasiado para muy poca compensación, aunque a mí eso me parece discutible, porque hay algunos textos de los cuales más tarde se nutrieron otros textos suyos y además en Inquisiciones está ya el embrión de Otras inquisiciones, que es una de sus grandes obras maestras.
Esa segunda mitad de la década perdida de los veinte dio sus frutos un poco después. Cinco años más tarde, Borges escribió su primer volumen de relatos: Historia universal de la infamia, que puede decirse que es perfecto, como casi todos los que escribió a continuación, al menos hasta la década de los setenta. Borges, no obstante, en aquella época estaba solo y no tenía muchas referencias por parte de otros escritores que estuviesen haciendo lo mismo. Sabía, por ejemplo, que Stéphane Mallarmé aseguraba que todo en el universo estaba diseñado para entrar a forma parte de un libro (un libro que se podía describir, pero no escribir). También sabía que había escritores que habían cruzado las fronteras de los géneros y se estaban adentrando en algo así como en la literatura transgénero, que era lo que practicaban en el siglo XIX Thomas De Quincey, Paul Groussac, Joris-Karl Huysmans, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Sören Kierkegaard o Friedrich Nietzsche. Entre todos ellos dejaron irreconocibles la ficción, la poesía, la filosofía y el ensayo. De algún modo, yo ahora mismo podría coger a todos esos escritores y proponer con ellos algo así como unas «vanguardias literarias», similares a las que luego trajeron a las bellas artes el expresionismo, el cubismo, el futurismo, el fauvismo, el dadaísmo… Borges se sumó a la fiesta de los «ismos» con el ultraísmo, que abrazó en sus inicios como poeta, pero del que luego apostató, al darse cuenta de que toda vanguardia requiere un gran gesto, un gesto grandilocuente que la proponga, la exponga y la justifique. Y si algo caracterizaba a Borges era su radical timidez, su introversión y su torpeza para desenvolverse en situaciones sociales, como pudo verse en algunas de sus intervenciones públicas, al dar opiniones políticas, que le hicieron un flaco favor.
Una deuda que mantendremos durante mucho tiempo con él es que en sus ensayos plantó la simiente para que de ellos saliesen luego muchos relatos y poemas, alimentados por elementos anómalos hasta entonces entre los narradores y poetas occidentales. A esto le ayudó el hecho de ser argentino y frecuentar ateneos y tertulias, pero no universidades y academias. Él fue capaz de hablar de literatura entre amigos y no entre rivales, gracias a no tener una tradición codificada por escuelas o movimientos y poder moverse con más ligereza y gracia. Podía pensar de manera insólita, sin la sanción previa ni de filósofos ni otro tipo de intelectuales. Eso facilitó su cultivo de una imaginación desaforada, aunque siempre con cierto anclaje en la ciencia, mezclada de manera caprichosa con la literatura de género fantástico, con la ciencia ficción, con el terror y con el relato policial, tan populares cuando él comenzó su carrera como escritor. Llama la atención, eso sí, que siendo el ensayo el campo donde Borges entregó sus mayores tesoros, en ningún caso lo hiciese con textos largos, sino más bien cortos, muchos de ellos simples columnas, reseñas, prólogos, comentarios y piezas ocasionales. También llama la atención que en ellos siempre diese la impresión de ser mejor lector que pensador. Más que reflexivo, el suyo es un estilo comunicativo. De hecho, a menudo los textos que integran sus colecciones de ensayos son conferencias. En un texto sobre George Bernard Shaw incluido en Otras inquisiciones, dice que «la literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual —esta, por ejemplo— como la leerán en el año dos mil, yo sabría cómo sería la literatura del año dos mil».
Borges, no hay que olvidarlo, fue un asiduo visitante de quioscos de prensa. Allí acudía a comprar los últimos números de las revistas que él mismo fundaba, en las que colaboraba o simplemente las que le interesaban. No eran solo literarias. Las había científicas, de arte, culturales, sobre moda, cinematográficas… Y no faltaban las que publicaban todo tipo de literatura pulp: con relatos policiacos, de terror, especulativos, de ciencia ficción e incluso criollos. Todas aquellas revistas, colgadas con pinzas unas al lado de las otras, ofrecían una visión anómala de los libros y la cultura. Por un lado, los libros solían venderse por entregas, en fascículos, como las enciclopedias. Lo serio y lo divulgativo, además, tocaba con sus cubiertas la última entrega de las aventuras de Flash Gordon o Mandrake. Eso hizo que los libros y la cultura adquiriesen una forma fragmentada y semanal o mensual. Y de algún modo le sucedió lo mismo a la escritura. Borges mismo se convirtió así en un lector de quiosco y en un escritor de quiosco, como seguramente lo fue Walter Benjamin en Europa, cuya obra se caracteriza asimismo por provenir en muchos casos de revistas, por su fragmentariedad y por sus múltiples intereses, además de por su estilo, capaz de cruzar fronteras genéricas con facilidad. No es casual que Benjamin y Borges acaben cruzándose en este texto, porque ambos me invitan a pensar en los puzles. Un puzle despliega sus piezas para comprobar tu pericia mientras intentas unirlas, pero también te obliga a ver de una manera progresiva, como si una imagen fuese «algo en construcción» más que «algo construido». Además, los puzles deben empezarse por las periferias, porque a partir de ellas resulta más fácil llegar al centro. Los Ensayos completos de Borges, en ese sentido, podrían considerarse la periferia desde la que él luego escribió el resto de su obra. Cada uno de esos textos misceláneos pertenecía a un género y tenía un estilo particular, y entre todos ayudaron a que él encontrase su voz como narrador. Con el tiempo, esos ensayos se fueron moldeando hasta convertirse en «laboratorios de ficción».
————————————
Autor: Jorge Luis Borges. Título: Ensayos completos. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: