La chispa la encendió mi amigo Juan Rodríguez Briso. Me dijo: «¿Sabes? Declararon patrimonio de la UNESCO a la sidra asturiana y Valladolid, con toda su historia, todavía no lo es. Se lo he planteado a algunos políticos, pero nada». Y como soy un entusiasta de las empresas quijotescas, le prometí que escribiría un artículo o que ya se me ocurriría algo para sacudir el avispero. Pues eso: aquí estoy, cumpliendo mi promesa.
La pregunta no es qué tiene Valladolid para ser patrimonio de la humanidad, sino cómo es posible que, con la torre de argumentos con la que cuenta, todavía no lo sea. Estoy seguro de que casi todo vallisoletano, con una cultura general media, conoce de sobra los méritos de su ciudad y, si tuviese a los delegados del Comité del Patrimonio Mundial a mano y unas botellas de buen Ribera, Cigales o Rueda sobre la barra de un bar, no los dejaría marcharse sin la declaración firmada. Pero, si no les importa la osadía de este vecino de ultramar, les ruego que me acompañen a repasar algunos argumentos y a respaldar esta causa de justicia firmando la petición en https://www.change.org/ValladolidPatri.
Empezamos el viaje.
Es difícil decidir qué bien histórico-cultural de Valladolid es más relevante, pero si hay uno con un lugar en el podio, es lo que ocurrió en el Palacio de los Vivero. El 19 de octubre de 1469, la joven parejita de príncipes, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, se desposó en una boda que, amén de sencilla, no se privó de ningún ingrediente: llegada en secreto del novio con disfraz de mozo de mula, bula falsificada de un Papa que la había palmado hacía cinco años, excomunión, invalidez por consanguinidad de los cónyuges y bronca con Enrique IV, hermanastro de Isabel. Un all inclusive para el matrimonio que, entre otras cosas, determinaría el curso de la historia con el descubrimiento de América y la difusión del castellano.
Siguiente parada: marzo de 1518. El marino portugués Fernando de Magallanes cruzó el umbral del Palacio Pimentel —tal vez del Palacio Real—, cargado de ilusiones y, probablemente, aún más cargado de un profundo acojonamiento. Venía a venderle la moto a Carlos I tras rebotar ante su compatriota Manuel I de Portugal —el Visionario—. “La moto” no era otra cosa que el proyecto que culminaría con la firma de las capitulaciones que autorizaron la expedición hacia Occidente en busca de nuevas rutas comerciales de especias.
Las Capitulaciones de Valladolid fueron el primer eslabón de una cadena de hitos que culminaría con la mayor hazaña náutica de la historia, que cambiaría la historia de la humanidad. A saber: descubrimiento del paso natural entre el Atlántico y el Pacífico, conocido como estrecho de Magallanes; primer cruce documentado entre ambos océanos por el sur de América; primera circunnavegación completa del planeta —finalizada por Elcano— y demostración práctica de la esfericidad de la Tierra; nacimiento de la globalización moderna; exploración y mapeo del océano Pacífico y el sudeste asiático; impulso del comercio global y de la economía internacional; avances en cartografía y navegación científica; y un mayor conocimiento y contacto con nuevas culturas y pueblos.
Avanzamos hasta el año 1550 para conocer la nave insignia: la Controversia de Valladolid, que cumple con creces el requisito de Valor Universal Excepcional exigido por la UNESCO, representando lo que podría ser la mejor baza de la ciudad. Porque, aunque a los guiris les guste vacilar con la Magna Carta Libertatum como hito fundacional de los DD.HH. —y por supuesto que está muy bien que unos lores forrados en silver pennies le hayan bajado el copete a su majesty—, lo que verdaderamente supuso un punto de inflexión y se constituyó en el primer gran debate moderno sobre derechos humanos universales fue la Controversia de Valladolid.
Este hecho marcó el momento en que Europa, por primera vez, sentó un precedente intelectual directo del derecho internacional y del principio de dignidad humana. Tan alta ocasión merecería un emplazamiento proporcional a su relevancia, y el elegido fue el Colegio de San Gregorio, representante de la arquitectura tardogótica hispana, que obtendría el Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales en 2007.
Si de bienes materiales se trata, no habría por qué pensar en un sólo edificio contando con la zona de mayor densidad histórica de Europa, lo que Peláez llama «el metro cuadrado clave de la historia de Occidente […] el rectángulo imaginario que va desde la Casa del Sol al Palacio Real», que, además de ser el marco de la Controversia y las Capitulaciones de Valladolid, fue el lugar de nacimiento, bautismo y residencia de Felipe II; residencia de Carlos I, Santa Teresa de Jesús, Felipe III, Velázquez, Napoleón —espiado por Rosa Barreda y Nicolasa Centeno—, José I, Lord Wellington, Isabel II y Amadeo de Saboya; y donde nacieron Felipe IV y, posiblemente, Ana Mauricia de Austria, madre del Rey Sol.
Valladolid colecciona tantos hitos históricos sin precedentes, vecinos ilustres y un patrimonio material e inmaterial de valor tan universal y excepcional, que la UNESCO debería pedir turno. Porque la ciudad del Pisuerga no sólo lo tiene todo: lo tiene de sobra. Agárrense, que pisamos el acelerador.
Valladolid es tierra de letras y de arte. Por aquí pasaron Pantoja de la Cruz, de Pereda, Amaya, Rubens, Berruguete, Juni, del Rincón, Fernández, Poncela, Bernal, Pinheiro, Lope, Quevedo, Góngora, Tassis y Cervantes —de quien se conserva una de las mejores casas, que, además, es la casa del Quijote, porque también en Valladolid se realizó su primera impresión, y es una de las bibliotecas más importantes del país—. Más tarde lo hicieron Larra, Zorrilla, Guillén, Chacel, Delibes, Umbral y Jiménez. E incluso es posible que el único encuentro entre Shakespeare y Cervantes ocurriera aquí.
Valladolid es tierra de príncipes. En ella nacieron, vivieron, se casaron, coronaron o terminaron sus días, Enrique I, Berenguela I, María de Molina, Fernando III, Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV, Pedro I, Enrique II, Juan II, Enrique IV, Catalina de Lancaster, Catalina de Aragón, Cristina de Noruega y Hugh O’Donnell.
Valladolid fue testigo de grandes ocasiones y de personajes clave de la historia: la primera construcción renacentista fuera de Italia, el Palacio Santa Cruz; la fundación de Bilbao; la primera inmersión prolongada de un buzo —en el Pisuerga, con diseño de Ayanz—. También posee una de las universidades más antiguas de España y Europa; el escudo en piedra más grande del mundo; los restos de la única mezquita mudéjar de la península; el Canal de Castilla; el único escudo en piedra de José I conservado en Europa; la primera plaza mayor regular, modelo para otras plazas importantes de España e Hispanoamérica; una de las regiones vitivinícolas más importantes del mundo; y el archivo de la Real Chancillería, custodio de la memoria jurídica de la Corona de Castilla y considerado uno de los archivos judiciales más importantes del mundo por su antigüedad, continuidad y volumen documental.
Su Semana Santa fue la primera en ser declarada de interés turístico internacional en España por su singularidad y autenticidad; fue sede del movimiento comunero; acogió a la venerable Marina Escobar; a Ambrosio Spínola durante su demanda para ser nombrado general en jefe en Flandes; a Colón en sus últimos días; y fue donde Manuel Belgrano se graduó como abogado y obtuvo la acreditación para ejercer como tal.
La ciudad del Pisuerga fue testigo de días memorables cuyos ecos aún resuenan, tal vez por designio místico o quizás por simple casualidad. Sea como fuere, Valladolid, partera y faro de la historia, trajo y atrajo a grandes hombres y mujeres del pasado, protagonistas de acontecimientos que moldearon el mundo para siempre. Si, aun con todo ello, Valladolid no mereciera ser protegida como patrimonio de la humanidad, qué humanidad más pobre seríamos.
Las administraciones municipales y autonómicas deben dar un paso al frente y estar a la altura de esta tierra, pero antes nos corresponde a los ciudadanos. El conocimiento y la implicación de la población en sus bienes son esenciales y, en el caso del patrimonio cultural inmaterial, un requisito fundamental.
Con la ayuda de algunos amigos —y confío en que también con la suya, firmando en https://www.change.org/ValladolidPatri— ofrezco esta humilde devolución a todo lo recibido: una declaración de amor a la ciudad que cambió mi vida.
Valladolid nos necesita, cambiemos la historia una vez más.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: