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Carlos del Amor: «El perro de Goya podría ilustrar nuestra situación actual»

Carlos del Amor: «El perro de Goya podría ilustrar nuestra situación actual»

La labor periodística de Carlos del Amor ha estado siempre ligada a RTVE y enfocada a la cultura. En 2013 debutó en la literatura con el libro de cuentos La vida a veces, y uno de esos relatos, El trastero, fue llevado al cine. En 2015 escribió su primera novela, El año sin verano, y en 2017 Confabulación. En 2020 ha sido el ganador del Premio Espasa de ensayo con la obra Emocionarte: La doble vida de los cuadros.

—¿Una imagen vale más que mil palabras?

—A veces sí (sonrisa). En muchas ocasiones, una imagen en directo esconde un silencio muy elocuente.

—¿Cómo es posible que un comunicador audiovisual se deje emocionar por algo estático, antiguo, como es la pintura y además quiera transmitirlo con palabras?

—He querido llevar al libro un juego que siempre hago en los museos, que es imaginar qué sucede en el fotograma congelado del cuadro. Intento reproducir mentalmente la escena anterior y la posterior; devolver el cuadro al interior de la historia de la que sin duda nació. Tal vez sea “deformación profesional”, pero busco en esas imágenes quietas el movimiento de la historia que ocultan.

—O sea, has querido hacer una crónica audiovisual de algo estático, como es la pintura. ¿Crees que eso se puede entender hoy en día?

"Todo en la vida tiene una crónica"

—Yo creo que todo en la vida tiene una crónica. Un cuadro siempre esconde cosas, y eso da pie a la investigación, a las preguntas, al juego de desvelar. Además, de casi todas las obras que he seleccionado, la historia completa está por contar, y de vez en cuando nos llega una noticia, una nueva pista del pasado del cuadro o de su autor. Ocurrió mientras escribía el libro, y por eso algunas de esas “novedades” sobre las obras de arte han quedado incluidas a modo de “noticia de última hora” en mi libro.

—¿Qué te ha aportado la elaboración de este libro de espectador emocionado a tu carrera de comunicador?

—Los que trabajamos en un medio tan efímero como es el telediario, donde lo que a las 3 está bien a las 9 ya es antiguo, con una inmediatez y una prisa de locos, a veces necesitamos, quizás más que otros profesionales, recuperar la medida humana del tiempo. Cada uno lo busca donde puede; yo lo he encontrado en la pintura. Mirar, reflexionar, pensar, imaginar, con un cómputo de tiempo pausado que me coloque en un tiempo sin tiempo, en el que puedo respirar, pensar, escribir. En este libro el primer emocionado soy yo.

—¿Qué es lo que más te cuesta en el cambio de registro de periodista a creador literario?

"Siempre intento hacer una crónica informativa, pero sobre todo atractiva, y ese “plus”, digamos, te lo da, sin lugar a dudas, la literatura"

—Yo entiendo el periodismo como algo cercano a la literatura, un periodismo que roba de la literatura precisamente para emocionar, porque siempre intento hacer una crónica informativa pero sobre todo atractiva, y ese “plus”, digamos, te lo da, sin lugar a dudas, la literatura. En ese sentido no me ha costado demasiado porque las herramientas son similares, aunque si tengo que ser sincero, lo que más me cuesta en el paso de uno al otro registro es cultivar algo que no es mi fuerte, y que es muy necesario a la hora de enfrentarse a la palabra escrita, que es la paciencia. En mi día a día la paciencia no existe; solo existe el llegar a tiempo al telediario de las 3 o al de las 9.

—Pero los textos que has creado en torno a las imágenes de este libro llevan el sello de Carlos del Amor. Si los grabaras con tu voz serían inconfundibles. Una especie de crónicas pausadas.

—Bueno, yo creo que hubiese sido una traición a mí mismo si no se me reconociese. Yo miro así, y en el fondo es lo que día a día hago. Esta es mi voz; el Carlos del Amor de la tele está en este libro y cuenta estas treinta y cinco historias como mejor ha sabido hacerlo, desde la emoción.

—Hay narraciones imaginativas, diálogos, monólogos; a veces habla el pintor, a veces el espectador, a veces la modelo… ¿Cómo decidías la voz narrativa de cada microcuento?

—Era el cuadro el que elegía la voz. Yo me he limitado, como en una entrevista o una crónica, a investigar, escuchar y transmitir la información que fluía entre la pintura y este espectador con la esperanza de acercarla, clara y emocionante, como la siento yo, a muchos más espectadores.

—¿Es más fácil para ti transmitir emoción en una crónica o en un libro?

—Bueno, a la literatura, como quien dice, acabo de llegar. En cambio, llevo 22 años haciendo televisión. Tampoco sé con certeza si emociono o no con mis crónicas de televisión (risas)

—Sí emocionas; tus crónicas son especiales.

"Tengo la suerte de dedicarme a la cultura, que es un terreno gozoso en el que moverse, porque desde él se puede explicar prácticamente todo"

—Gracias (sonríe, tímido). Lo que sé es que lo más bonito que le puede pasar a alguien que hace libros, cine, deporte, cocina, o el telediario, y lo hace con pasión, es que pueda llegar a emocionar; que su trabajo no pase inadvertido, que de alguna manera sea capaz de despertar algún tipo de sentimiento en el otro. En mi caso, tengo la suerte de dedicarme a la cultura, que es un terreno gozoso en el que moverse, porque desde él se puede explicar prácticamente todo. Fíjate que cuando repasaba el libro, en las últimas correcciones, pensaba que algunos de los cuadros elegidos podrían ser la portada de actualidad de un periódico de hoy, con un titular. El perro de Goya, por ejemplo, podría ilustrar nuestra situación actual: ciudadanos sin aire, sin futuro, semiahogados. Realmente tampoco sé si logro emocionar con este libro, pero si en alguien despierto el juego de la emoción, me daré por satisfecho.

—¿Con qué criterio has seleccionado las 35 obras?

—El criterio es que todas son obras que conozco, de las que me han hablado o sobre las que he tenido que trabajar para una pieza o un reportaje. Digamos que estas treinta y cinco obras del libro estaban grabadas con mucha más fuerza que otras en mi disco duro.

—¿Qué pintura daría para un reportaje de La 2? ¿Y para una novela?

—Ufff. Casi todas. No sé; quizás para un reportaje, la Casa junto a la vía del tren, de Hopper, porque esa imagen y esa casa me llevan a otra de mis grandes pasiones, el cine: la icónica, terrorífica, hermosa casa de Psicosis, de Hitchcock. Para una novela, sin duda, La vieja friendo huevos, de Velázquez, que no es desde luego el cuadro más conocido del famoso pintor, y ni siquiera está en España. Y sin embargo, ese cuadro es el primero que el sevillano firma como pintor con todas las de la ley, lo cual me lleva a imaginar con fuerza uno de los momentos cruciales de la vida del artista, que sin dudar habría cubierto para la crónica del telediario: el día del examen en el que obtuvo su licencia como pintor, ese día en el que, sin saberlo, estaba cambiando para siempre la Historia de la Pintura, el concepto de Arte y la mirada del futuro.

—¿Qué obras lamentas haber dejado fuera?

"A mí me parece que esa de Rogier van der Weyden es la lágrima más hermosa de la Historia del Arte"

—Se han quedado muchas en el banquillo, porque incluirlas todas hubiera sido imposible, pero hay una que lamento que no esté, y es la obra de la portada. Un feo para el bueno de Rogier van der Weyden, aunque queda ahí esperando la segunda parte (risas). De alguna manera trato de compensarlo llevándolo a la portada del libro, porque a mí me parece que esa es la lágrima más hermosa de la Historia del Arte.

—Si tuvieras un emocionómetro, ¿qué obra sería la más intensa para ti?

—Uff. La ronda de los presos, de Van Gogh, me parece muy significativa, exasperante, expresiva, casi biográfica. Simbólica y absolutamente actual. La mirada del preso, igual que la mirada del autorretrato de Rembrandt. Es que las miradas me emocionan mucho.

—Pues estás de suerte porque ahora, con las mascarillas, vivimos forzados a las miradas.

—Sí, el otro día lo decía yo en una crónica: las mascarillas ocultan la sonrisa, pero no las lágrimas.

—¿Ha habido obras cuya historia, al investigarla o descubrirla, haya superado, en intensidad, a la propia obra?

"Una verdadera obra de arte tiende al infinito"

—Bueno, cada nuevo dato de una obra me llevaba a otras historias nuevas, y llegó un momento en el que fue un reto el poder condensar las historias en un espacio limitado. En un ejercicio de humildad, uno reconoce que una verdadera obra de arte tiende al infinito.

—¿Qué opinas de los tiempos de censura que estamos viviendo? Haces un guiño al tema incluyendo El origen del mundo, de Courbet, que en 2011 retiraron de Facebook. Aunque siempre existió (Volterra y sus paños pudorosos por encargo del Papa Pio V, por ejemplo), parece que los siglos de guerras, de muertes y de libros no nos han servido de nada: no ya Mapplethorpe y sus fotos explícitas, sino la exposición censurada de Balthus en el MET o la decapitación de un profesor en París por enseñar un dibujo de Mahoma.

—Cualquier censura que tenga que ver con la cultura es un paso atrás, es una derrota de todos, aparte de ser una atrocidad, como lo ocurrido en Francia con el tema de Charlie Hebdo. Me temo que, haciendo una reflexión general al respecto, uno puede llegar a la dura conclusión de que a veces las lecciones del pasado no sirven absolutamente para nada. El ser humano sigue avanzando y retrocediendo en oleadas desajustadas.

—Todos los de este libro son cuadros figurativos. Me he preguntado por el Cubismo Sintético, la Vanguardia Rusia, el Futurismo, el Suprematismo, el Expresionismo Abstracto, el Neoplasticismo, el Minimalismo… ¿La abstracción no te emociona?

"En la abstracción, de hecho, está la emoción más pura; la que solo depende de la fuerza de los sentidos, y no del intelecto"

—¡Sí, claro que sí! (risas) Ese es el segundo volumen. Emocionarte en abstracto (más risas). En la abstracción, de hecho, está la emoción más pura; la que solo depende de la fuerza de los sentidos, y no del intelecto.

—No hemos hablado de sus anteriores novelas, y por eso querría terminar preguntándole, como una metáfora de lo que nos sucede: ¿es la vida, a veces, una confabulación para que tengamos un año sin verano?

—(Risas) Bueno, en los últimos tiempos, la vida es un año sin verano perpetuo. Creo que estamos viviendo el peor año de nuestras vidas a nivel colectivo. Y quitaría lo de “a veces”. Diría, la vida, de momento, parece otra vida. Algo muy cercano a una pesadilla que ya dura demasiado. Por eso son tan importantes los cuadros, los libros, la música, el cine. La cultura es el flotador en mitad de esta tormenta.

—Ya que está visto que es muy difícil seguir en la Tierra, ¿a qué pintura, de esas 35, te irías a vivir?

—No me importaría vivir en esa callejuela invernal y silenciosa de Vermeer. O mejor aún, en las faldas del Monte Asukayama, bajo los dulces almendros de Hiroshige, donde la vida, sin duda alguna, es más lenta y más dulce.

—¿Como la lágrima de Van der Weyden?

—Como la gota de agua sevillana de Velázquez.

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