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Carlos Fuentes y Octavio Paz, crónica de una amistad rota

Carlos Fuentes y Octavio Paz, crónica de una amistad rota

Hubo un tiempo en que Octavio Paz y Carlos Fuentes protagonizaron una relación de amistad de “maestro” y “discípulo” en la cual el maestro también creció gracias al aventajado alumno y ese lazo provocó de paso un enriquecimiento cultural en todo México. Pero llegó un momento en el que las divergencias entre ambos pesaron más que las convergencias provocando un paulatino distanciamiento que acabó por romper su amistad. Y esa ruptura causó un cisma que partió la tierra cultural mexicana en dos continentes. Es lo que la poeta y ensayista Malva Flores, doctora en Letras e investigadora de la Universidad Veracruzana, describe con puntillosa precisión en su libro Estrella de dos puntas, Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad (Ariel), el cual ha sido galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores “en reconocimiento al inteligente enfoque crítico de su estudio y al minucioso trabajo de investigación que realizó con imparcialidad y agudeza para reconstruir la historia de la amistad entre dos grandes figuras de la literatura mexicana del siglo XX”. Así, indagando en la correspondencia entre los dos autores, Flores construye a lo largo de 600 páginas un importante mosaico de la historia reciente de la literatura hispanoamericana, partiendo de algunos hechos que marcaron un punto de inflexión en la amistad entre Paz y Fuentes, como el ya célebre artículo que el historiador Enrique Krauze publicó en la revista Vuelta (“La comedia mexicana de Carlos Fuentes”), donde el historiador embestía sin miramientos al autor de Aura, quien no perdonó que su entonces amigo Paz, director de la revista, impidiera ese ataque o, al menos, le advirtiera de ello. Y aunque Flores sugiere que la enemistad jamás fue intencional, sino que con el paso del tiempo los dos escritores fueron desarrollando posturas políticas y literarias divergentes, lo cierto es que su relación acabó tornándose irreconciliable, lo que se sustenta en la ingente documentación que incluye archivos epistolares entre ambos autores, los cuales arrojan luz a posturas y razones del alejamiento, pues como ha dicho el crítico Alejandro Toledo, “lo que une esta vasta recopilación es el hilo de Ariadna de los encuentros y desencuentros entre Paz y Fuentes, lo que además transforma la obra no en una relación cronológica que anda a la caza de chismes sino, sobre todo, en una historia intelectual con un tinte final dramático”. Ese momento se trasluce perfectamente cuando Paz le escribe a Fuentes que hace mucho tiempo que no hablan de verdad, temiendo que su amistad “se hubiese secado un poco”. La amistad, le dice Paz, es como las plantas: hay que regarla a diario. “A veces, también, hay que podarla: demasiado frondosa deja de dar flores y frutos. Y mucho sol —un acuerdo total— la marchita. Las diferencias —si se dicen— son un agua milagrosa. Por fortuna, tú y yo no coincidimos en muchas cosas, aunque sí, creo, en lo esencial […]. En fin, la amistad no consiste en tratar de tapar las nubes sino en lograr, por la conversación, que revienten en lluvia y así nos fecunden. ¿No crees?” Malva Flores relata que el poeta, narrador y ensayista Adolfo Castañón le refirió una conversación que tuvo con Paz, en la que le preguntó si no hubiera sido más amistoso y cortés enviar a Fuentes el ensayo de Krauze antes de publicarlo. Pero Paz hizo mutis y no respondió; guardó silencio. Y es que según queda establecido, el Paz editor se regía por un credo ineludible: la crítica, consideraba, debe realizarse a pesar de la amistad y no se debe confundir la crítica contra una persona con la crítica a las ideas de una persona. Pero sobre todo, insistía Paz, el director de una revista no puede censurar la crítica. Fuentes en cambio, demostró tener otra idea de la auténtica amistad cuando, en una ocasión, siendo director de la Revista Mexicana de Literatura, llegó a sus manos un ataque salvaje contra Paz que se negó a publicar. “Entonces usted no cree en la libertad de crítica y de expresión”, le dijo el autor del artículo. “En lo que creo es en la amistad”, contestó Fuentes, “y aquí no se publican ataques contra mis amigos”. Fuentes había leído a Shakespeare y sabía que hay que guardar a un amigo bajo la llave de nuestra propia vida. Paz, por desgracia, parece ser que lo olvidó. El resto sigue siendo literatura.

BÁRBARA JACOBS SE DESPIDE

"Indagando en la correspondencia entre los dos autores, Flores construye a lo largo de 600 páginas un importante mosaico de la historia reciente de la literatura hispanoamericana"

Cuando la narradora y ensayista Bárbara Jacobs (Ciudad de México, 1947) salió de un grave problema físico, se preguntó qué iba a hacer desde ese momento y hasta alcanzar la muerte, y comenzó por redactar una lista de cosas entre las cuales estaba terminar una novela que llevaba siete años intentando escribir. Hace poco Jacobs acaba de publicar por fin esa novela, la cual se titula Días de tu vida (Era) y es, según ha dicho la propia autora, su despedida de la ficción, su última novela. Autora de obras como Doce cuentos en contra (1982), Las hojas muertas (1987), Las siete fugas de Saab, alias el Rizos (1992), Carol dice (2000), Lunas (2010) o La dueña del hotel Poe (2014), Jacobs asegura sin reservas que está preparada para la muerte y que este libro es su lucha final contra el olvido. Sin embargo, dice que en esa memoria hay una mezcla de felicidad y de enorme, exagerada y casi insoportable tristeza, donde sin duda están presentes sus dos maridos: el gigantesco Augusto Monterroso, con quien confeccionó la imprescindible Antología del cuento triste (1992), y el exquisito y brillante pintor Vicente Rojo, ambos ya fallecidos. La novela se urde a partir de tres voces: la de Patricia (personaje inspirado en su hermana), la de una reportera que interroga, y la de la propia Jacobs que, como autora, escribe un epílogo. La premisa de la que parte todo el relato es que que, cuando la vida se va, es preciso llevar a cabo un ajuste de cuentas, un recuento en el que antipatías y resentimientos se diluyan en el espíritu y en la mente para sólo dar cabida a afectos y nostalgias. “Cuando esperas la muerte”, ha dicho Bárbara, “vas llegando a cierto desapego de intereses, dejan de importarte un sinnúmero de situaciones y circunstancias”. Y desde esa perspectiva, su personaje central deja ir serenamente la vida y, al mismo tiempo, le muestra una sonrisa de cuestionamiento mientras surge una explosión de recuerdos. Los días de su vida que quiere decir adiós.

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