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Carlos López-Otín: “El cáncer nos aterra porque no nos hemos parado a pensar de dónde viene”

Carlos López-Otín: “El cáncer nos aterra porque no nos hemos parado a pensar de dónde viene”

Hace un tiempo que no veía a Carlos López-Otín (Sabiñánigo, 1958). El genetista, catedrático de Bioquímica y Genética Molecular en la Universidad de Oviedo, fue Premio Nacional de Investigación 2009 y, cuando le conocí, era feliz. Todo se rompió hace cosa de dos años: a raíz de una persecución laboral en la Universidad y por redes sociales, la revista científica Journal of Biological Chemistry retiró ocho artículos publicados entre 2000 y 2007 por errores formales denunciados por sus acosadores. «Es como si alguien quisiese cuestionar el descubrimiento de Colón porque no supervisó adecuadamente el atraque de la flota en el puerto de La Gomera de camino a América», aseguró el biólogo molecular Juan Valcarcel a El País sobre la retirada. Este hecho se unió al brote extrañísimo de una infección en su bioterio de la Universidad de Oviedo donde murieron seis mil ratones modificados genéticamente para estudiar enfermedades como el cáncer: un grupo de animales que Otín tendrá que rehacer con, como mínimo, cinco años de trabajo. Todo esto le sumió en una profundísima depresión y aislamiento, primero en Mallorca y, después, en París, que le llevó a pensar en el suicidio. Ahora, ya en proceso de recuperación, publica parte de su historia en La vida en cuatro letras (Paidós), un libro centrado en la felicidad.

—Estoy muy contento de verle. ¿Usted está contento de verse?

"Ahora estoy vivo, veo el sol, la luz, disfruto, hablo, escribo un libro, firmo, doy charlas... Todo esto es como un renacer"

—Últimamente, sí. En los últimos igual catorce o quince meses el concepto de sobrevivir se me había vuelto difuso. Más de cuarenta años estudiando las claves de la vida y de las enfermedades y, de pronto, me veo a mí mismo enfrentándome a estos conceptos desde el otro lado. Y no desde el lado de quien trata de entenderlos para ayudar al resto, sino del que trata de entenderlos para ayudarse a sí mismo. Ahora estoy vivo, veo el sol, la luz, disfruto, hablo, escribo un libro, firmo, doy charlas… Todo esto es como un renacer. Así que estoy muy contento de verme sin mirarme demasiado.

—Este libro es un cruce de caminos entre muchas cosas: entre genética y biografía, entre ensayo y ficciones de otros. Un libro muy especial.

—Es una especie de catarsis. Hace aproximadamente dos años y medio empecé a darme cuenta de que cualquiera puede destruir a cualquiera. ¿Qué armas utiliza? De destrucción masiva pero sin balas, con las redes sociales: cuando alguien quiere hacer daño a otro, puede. Me dañan en lo que más me importaba: mi propio trabajo. Y culminan con un daño físico y real: la pérdida de un bioterio. Dicho así parece que no es nada… pero se perdieron veintitrés años de trabajo en un solo día al desatarse una «infección» en el lugar donde guardamos con exquisita atención más de seis mil ratones modificados genéticamente que han servido para descubrir causas de enfermedades, tratar otras o descubrir nuevas enfermedades. Todo eso desaparece, y en ese momento yo siento que he perdido mi ikigai, mi propósito vital. Creo que la sociedad no me interesa porque siento que la sociedad actual está empezando a utilizar unas formas de comunicarse entre sí que no me interesan. Decido entonces aislarme del mundo y abandonar todo. Paso de una actividad intensísima diaria de comunicación, de escritura, de recibir centenares de mensajes, de realizar experimentos, de hablar por teléfono, de dar clases… Me voy al silencio absoluto. Aunque en muy pocos días me doy cuenta de que no podía estar en ese silencio, porque iba a sucumbir. Por eso me puse a escribir sin parar algo que pienso ahora que tenía organizado en la cabeza pero no había tenido interés en expresarlo.

Me sentía inmaduro y, de repente, el daño me hizo madurar.

En esa encrucijada me pongo a escribir algo que reflejara la madurez que había alcanzado, qué es la vida, de dónde viene, por qué en un escenario preparado para la felicidad y la sensación de que somos una especie de enorme éxito evolutivo pueden venir argumentos que nos hacen infelices a una gran parte de la sociedad. No unos pocos, ¡a millones de personas! Y no me refiero a que no tengas resueltas las necesidades básicas, que esto es dramático, sino a cuando lo que nos falla son las emociones, la sensación de que estamos desubicados. Cuento mi viaje.

—Hay varios viajes en el libro. Hay un viaje al conocimiento científico; hay un viaje al conocimiento psicológico; hay un viaje a su biografía para rendir cuentas con su padre por escrito, que es diferente a rendir cuentas oralmente, ya que se necesita más entereza. Pero antes de llegar a su padre, me gustaría contarle una cosa. El otro día coincidí con nuestro amigo común Luis Alegre y hablamos de usted. Le comenté que cuando le conocí me dio sensación de que usted no concebía la maldad. Esto me sorprendió mucho porque yo he concebido, sufrido y practicado la maldad desde que recuerdo. De hecho, me es más difícil concebir la bondad y, por eso, cuando alguien es bueno me sorprende y cuando alguien es malo lo considero dentro de la lógica humana. Y usted, en cambio, que es infinitamente más inteligente que yo…

—Y más mayor…

—Y además más mayor que yo ¡aunque no lo parezca! (nos reímos, él niega con la cabeza, educado, por mucho que sepamos que es verdad) En definitiva, ¿es cierto que usted no concebía la maldad?

—Cierto. No la concebía, absolutamente no. Solo había logrado admitir que si te va bien en la vida, tienes que rendir cuentas.

"¿Cuáles son las fórmulas del malestar emocional, de la maldad o de la perversidad?"

¿A quién? A los que no les ha ido tan bien y que creen que, a lo mejor, no te lo mereces… Esa maldad la había admitido. Pero la maldad por la maldad… Es decir, el que alguien obtenga disfrute personal dañando a otro o a otros o a muchísimos otros… Porque quien me daña a mí daña profesionalmente por extensión a mis alumnos, a las familias para las que trabajamos, a los otros grupos de investigación, a mis colegas… Y este es un daño que se amplifica, se amplifica… No lo concebía. Lo mismo que en el genoma en el libro exploro las fórmulas de la felicidad pero también podría haberlo planteado al revés. ¿Cuáles son las fórmulas del malestar emocional, de la maldad o de la perversidad?

—Cuando charlo largamente de un tema tan intrincado, como hacemos ahora con la felicidad, me ayuda para situarnos hablar también del contrario: la tristeza.

—El libro surge de la tristeza. De la más profunda. De la que yo no había conocido nunca. Podría haber hecho un libro muy oscuro y muy gris. Pero se plantea desde la tristeza y va avanzando, poco a poco, hacia la resolución de esa tristeza. Un famoso escritor francés ya dijo que de la felicidad es difícil hablar: «La reconozco al escuchar el ruido de cuando se va». Sacamos en conclusión que la que nunca se va es la tristeza. Está presente sin hacer ningún ruido. Estaba allí. Formaba parte de la esencia mía o forma parte de otros de una manera crónica. Los lenguajes genómicos están presentes en mi lenguaje basal: lo que heredé de mis progenitores es muy rico en variantes que predisponen de manera natural al bienestar emocional. Y por tanto yo puedo hablar más fácilmente del bienestar y de la felicidad que de la tristeza. Los otros lenguajes biológicos que vienen inducidos y modificados por el medio externo, incluyendo en este medio las otras personas, los agentes tóxicos humanos también, pueden cambiar tus patrones basales. Y entonces se hacen protagonistas otros lenguajes biológicos que te llevan al otro extremo de la ecuación. Pero el cuerpo siempre, incluso ante la enfermedad, busca el equilibrio, la homeostasis: un concepto bellísimo que tiene muchos años.

¿Y entonces cuál es el equilibrio? Mi situación natural no es la tristeza, vamos a recomponerla, y lo mejor para recomponerla es mostrar el viaje hacia la felicidad.

—Una frase que casi resume el libro, creo: «Debemos asumir la existencia de la enfermedad como algo natural y debatir cómo podemos afrontarla para evitar que nos robe la felicidad». ¿Cómo afrontó usted la enfermedad, el trastorno, la dificultad, para que no le robasen la felicidad? ¿Con la ayuda de los demás?

—Poco con los demás. Primero hice una terapia de soledad y silencio. Alejar, difuminar, distanciarte de la toxicidad ambiental. Uno tiene que salvarse a sí mismo. Puedes pedir ayuda pero si no te salvas tú mismo no tendrás solución. Esto lo he aprendido y lo que también tengo claro es que puedes conseguirlo y que lo vas a conseguir. Primero aislamiento total, de todo. Silencio. Para mí es muy importante. Segundo, escribir el libro: reflexionar por qué estás allí.

—Usted dialogaba con el libro. El libro era el otro.

"El libro iba preguntándome a ver si tengo que revisar el concepto de vida"

—Veintiocho días y veintiocho noches hablamos. No soy como Joaquín Sabina, que habló veintiocho días y cuatrocientas noches (nos reímos). Iban surgiendo a un ritmo continuo imparable: no sabía qué capítulo iba a escribir al día siguiente. El libro iba preguntándome a ver si tengo que revisar el concepto de vida. Y no. No lo tuve que revisar: lo tenía bien asentado. Sé qué es, de dónde venimos en términos biológicos y cuál es nuestra situación actual en el mundo. Me recuerdo a mí mismo de dónde vienen las enfermedades: es muy curioso, pero muy poca gente lo sabe o se hace esta pregunta, ni desde la medicina. Se tratan las enfermedades una por una, pero yo las aspiraba a entender globalmente: ¿cómo viene la enfermedad?

—¿Y cómo viene la enfermedad?

—No es otra cosa que la pérdida de la armonía molecular. Estamos construidos por moléculas, cincuenta billones de células, de las cuales cien mil millones son neuronas. Después, cada una de nuestras células tiene tres mil millones de piezas que construyen el genoma y todas estas son moléculas que tienen que estar coordinadas. La vida es la armonía perfecta. El paso del tiempo constituye la primera vulnerabilidad humana y, además, irreparable: la entropía. Como consecuencia de la entropía, que puso en marcha el universo y todo lo que en él existe, se puso en marcha al mismo tiempo la pérdida de la armonía de las moléculas por el paso del tiempo. Por tanto, después perdemos la armonía de las células construidas con esas moléculas, la armonía de los tejidos construidos a partir de las células y la armonía de la vida. Al final surge la muerte como parte inevitable de la evolución.

—Querría pararme en el momento de enfermedad previo a la muerte. De entre todas las enfermedades útiles para hablar de la enfermedad he escogido el cáncer porque parece —solo hace falta leer a Sontag— que es tabú en nuestra época. ¿Podremos con el cáncer? ¿Podremos sólo con algunos tipos de cáncer?

—El cáncer no lo veo como imbatible, porque más del cincuenta por ciento de los tumores malignos hoy se curan completamente en casi cualquier sitio del mundo con una medicina medianamente desarrollada. ¡Más de la mitad! Lo que sucede es que nos aterra porque no nos hemos parado a pensar de dónde viene. Cuando lo pensamos y nos enteramos cambia. Un virus nos da menos miedo porque no forma parte de nosotros, pero el cáncer es como una especie de órgano que nace dentro de nosotros, adquiere vida libre e independiente y utiliza las estrategias de las células normales para sobrevivir. Pero comete un grave error. No se da cuenta de que ese órgano desaparecerá cuando logre hacer desaparecer al organismo que lo sostiene.

La fábula, siempre tan útil para explicarnos casi todo, de la rana y el escorpión.

"Esas células cancerígenas que consiguen la inmortalidad son capaces de medrar en la entropía"

—Exactamente. La misma. Esas células cancerígenas que consiguen la inmortalidad son capaces de medrar en la entropía. En cambio, nosotros con la entropía lo único que hacemos es aceptarla e ir decayendo… Pero las células tumorales logran reconvertir ese proceso de decaimiento en algo que les permite sobrevivir en el desorden. El gravísimo segundo error que cometen es que la inmortalidad que alcanzan será fuente de su propia destrucción. Dejarán de ser inmortales cuándo causen la muerte del organismo receptor.

—Escribe: «Una simple mutación de la letra C a T entre las tres mil millones de letras genómicas fue la causante de que Sammy desarrollara el síndrome de Hutchinson-Gilford que ha comprometido gravemente su futuro». Qué frágiles somos.

—Y vulnerables.

No solemos valorarlo.

—No nos damos cuenta pero es maravilloso: sobrevivir es milagroso y fascinante al mismo tiempo. Porque si un cambio entre tres mil millones es la causa de la destrucción de un organismo…

—La tortura…

—La tortura para llegar a ser destruido. Ese mínimo cambio provoca dolor. Asco. Miedo. Trato de verlo desde la otra dimensión y me digo: «No me despierto cada día y me pongo a pensar cómo van a funcionar hoy estos tres mil millones de piezas en cada uno de los cincuenta billones de células». No lo pienso y todo me funciona. Entonces cuando naces con un error de estos, se te trastorna todo. Ahora el progreso es tal que nosotros el pasado mes de marzo conseguimos corregir en el laboratorio un error entre tres mil millones, lo conseguimos en vivo en modelos animales. Lo mismo que ha sido extraordinariamente asombroso saber que habitamos en esa fragilidad y vulnerabilidad, no deja de parecerme fascinante la posibilidad de editar los genomas, corregir un solo error entre tres mil millones.

Usted es un apasionado de la fotografía, la pintura y el cine pero, a la vez que hablaba, estaba pensando en la belleza armónica, incomparable, emocionante, del ADN.

—El ADN es bellísimo. Pero bellísimo. Recuerdo un premio Nobel que decía: «Ya que no puedo ser artista, voy a ser científico». Y llegó a Premio Nobel. Es impresionante.

"Para mí hoy la biología es una de las bellas artes"

La charla que dí el cinco de junio en el Círculo de las Bellas Artes de Madrid representa para mí la culminación máxima de mi carrera didáctica y docente, porque hablé en un sitio en el que hablan los artistas en cualquiera de sus dimensiones: la literatura, la pintura, la música… El primer día de clase siempre recuerdo a mis alumnos que son muy afortunados porque van a estudiar el arte más bello de los que existen en la actualidad: el arte de la vida, el arte de construir, modificar y entender la vida. Y si es necesario, repararla. Para mí hoy la biología es una de las bellas artes, por no decir la más importante, porque va a ser transformante del concepto de vivir. Para eso me gustaría aplicar todas estas tecnologías de editar genes, reprogramar las células, no para mejorar nuestro espíritu mecánico, sino sobre todo para mejorar nuestra capacidad de sentir. Querría aprender un poco más y acabar siendo un ingeniero de sentidos. Esta sería una profesión ideal. Y si no llego a tiempo, que mis discípulos inauguren la cátedra de ingeniería de sentidos.

—Está también la belleza que tienen las personas que son modelos para los demás. Y, como ejemplos cercanos, me vienen a la cabeza sus pacientes con enfermedades raras: Sammy o Guille. Me cuesta decirlo porque no estoy enfermo y puede sonar egoísta: ¿qué cosas aprende de los que están sufriendo?

—Sammy Basso es una persona que, desde los trece años, cada día puede ser su último día. La esperanza de vida de la enfermedad que padece es trece años, luego desde los trece años sabe que vive en prórroga. ¡Y ahora tiene veintitrés, gracias a la experimentación con unos ratones asturianos!

¿Usted se ha sentido alguna vez en el último día de su vida?

—En esa etapa oscura llegué a pensar algunas veces que bien podía ser el último día de mi vida pero, como no lo hiciera por mí mismo, tenía la salud suficiente como para seguir sosteniéndome. Pero Sammy no la tenía. Y, sin embargo, en mi ranking de felicidad es el campeón de campeones. Es la persona más feliz que he conocido en mi vida porque consiguió darle la vuelta a una situación de extremo dolor físico, daño, devastación… Habita un cuerpo en demolición desde que llegó al planeta. Y lo ha convertido en una manera de vivir cada día como si fuese el último. Genera una empatía extraordinaria. Schopenhauer decía que la felicidad es la ausencia de enfermedad. Por tanto, todas las personas infelices son personas que no tienen salud. Y, de repente, una persona que no es que no tenga salud, es que está devastada, sin embargo es un extremo de felicidad. Conclusión: no es tan determinante.

—¿Por qué queremos la inmortalidad? Especialmente viendo a inmortales, personas de larga longevidad que cita en su libro, donde comprobamos que no merece la pena.

—Aparte, es un objetivo imposible. La inmortalidad física, hoy por hoy, es imposible biológicamente. Va en contra del significado entrópico del universo del que formamos parte y nosotros incluso con un tiempo muy reducido de supervivencia. El universo puede seguir progresando hacia la entropía máxima pero tiene una evolución de catorce mil millones de años y nosotros como especie tenemos una evolución de doscientos mil años, más o menos. Probablemente llegaremos a nuestro límite biológico pronto.

"Una bacteria no muere nunca si tiene alimento suficiente. El sueño de una bacteria es crear otra igual"

Podemos hacer muchas más cosas de las que imaginamos, pero mientras tengamos soporte biológico no seremos inmortales nunca. El cáncer existirá porque forma parte de nuestra esencia. Siempre habrá tumores mientras haya cuerpo físico, porque las células no son perfectas. Si fuéramos perfectos seríamos microbios pero asumimos la imperfección: nos ayudó a evolucionar, dejamos de ser microbios y empezamos a crecer en complejidad. Somos mucho más complejos que los microbios y gracias a eso logramos evolucionar y, contradictoriamente, logramos también que empezaran a aparecer las enfermedades y la muerte.

Una bacteria no muere nunca si tiene alimento suficiente. El sueño de una bacteria es crear otra igual. Si tiene alimento y espacio, es eterna. No tienen enfermedades, son clónicas… Eternas. Están contenidas por los nutrientes y por el espacio. Pero nosotros, como somos imperfectos, nos llega un momento que cuando hemos vivido lo suficiente las imperfecciones se acumulan en forma de enfermedad. El cáncer no es otra cosa que la acumulación de daños en el genoma.

—Habla también de la robótica, de la posibilidad de «transplantarnos» a un robot. Pero, ¿usted cree que merece la pena?

—Creo que esta idea de progresar hacia un tiempo extremo la promulgan aquellos que tienen muchos recursos económicos y quizás lo que son incapaces de comprar todavía, pese a que son jóvenes, es tiempo. Dado que no pueden comprar el tiempo, tienden a escuchar a aquellos que les ofrecen la posibilidad de tener el tiempo. Pero no nos olvidemos: se inventó la muerte para morirse. Ya lo decía Elías Canetti: «Qué fácil es morirse». Pues sí, es fácil, afortunadamente.

No sé si en Sabiñánigo, donde nació usted, se decía mucho esto. Mi abuela, en Santa Marina de Siero, decía de vez en cuando al final de su vida: «Señor, ¿cuándo me llevarás?». No creo que desease la muerte sino, más bien, que aceptaba que ya lo había visto todo. Pero no porque todo sea repetición, sino porque como la vida se basa en «tus» demás, pues mejor que se termine, porque ya no están. Ahora ya entiendo a mi abuela. Ya ve, se me ha tenido que morir para entender su verdad: es egoísta la inmortalidad. Los demás no le importan al inmortal. Quiere seguir siendo él.

—Ser inmortal es egoísta. Es insolidario completamente. Y es imposible. Pero si lo fuese, llegando al «homo sapiens 2.0», ¿cómo nos mirarían las siguientes generaciones si fuésemos seres inmortales? Nos mirarían con nostalgia. Se dirán: «¿Estos quiénes son?».

—Hay un momento enternecedor en su libro: cuando un cura, tras una de sus exposiciones sobre genética, le pregunta: «¿Y dios dónde queda en todo esto?». Me recordó a la anécdota clásica de Laplace y Napoleón. Hablaban sobre Tratado de mecánica celeste (1799) y Napoleón, asombrado, le dijo al científico: «Habéis escrito un libro sobre el sistema del Universo sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador». Y contestó Laplace: «No he necesitado esa hipótesis, sire«. (Nos reímos)

—Ocurrió en Oviedo precisamente, y el señor era deán de la Catedral. Estaba en la primera fila, fascinado. Había dejado a un lado los dogmas ¡y estaba escuchando! El cura me dijo que le parecía convincente y real. Y, si esto es así, y él ha basado toda su vida y toda su experiencia y todo su compromiso en otra cosa… ¿dónde queda esa otra cosa? Imagínate esa noche de ese señor. ¡Una noche sumergido en el abismo de la duda! Hubo también otro señor que me dijo que solo creía en el Sporting de Gijón y en dios y que ya no podía creer en uno de ellos después de mi charla (nos reímos).

Mi conclusión es que esta cosa para explicar la vida humana no es necesaria. Si quieres explicar la trascendencia humana entonces llama a la metafísica, que me interesa muchísimo pero no es mi campo.

Hablemos de libros, porque recorren La vida en cuatro letras. Son muchos. Dígame dos o tres sin los que usted no habría podido escribir su texto.

"Cada uno coloca su paraíso: para Borges era una biblioteca"

—Este libro gira sobre dos libros de García Márquez: El amor en tiempos del cólera y Cien años de soledad. Yo venía de mi pueblo sin ningún conocimiento de muchas cosas. Llegué a Zaragoza a estudiar y me cuentan que existe Cien años de soledad. Me puse a leerlo en un parque de Zaragoza y cuando se hizo de noche, ya tarde porque era verano, encontré una farola allí mismo y seguí, seguí, seguí, seguí… Lo leí en un día, y refleja el concepto de la vida que se repite, las preocupaciones que una y otra vez reaparecen en las familias. Como decía Tolstoi: «Todas las familias felices son iguales, pero cada familia infeliz es infeliz a su propia manera».

Y el segundo libro, El amor de los tiempos del cólera, deja claro que la clave para todo son las emociones. Ese libro es una historia preciosa, sentimental, y deja un espacio para la esperanza. Cada uno coloca su paraíso: para Borges era una biblioteca. Para otros es la transformación en un «homo sapiens tecnológico 2.0″. Y para Florentino era el barco fluvial: ponía la bandera amarilla y fuera ya del tiempo disfrutaba de lo que trae la vida, como las emociones e incluso un amor tardío. Estos dos libros resumen todos los libros que hay en La vida en cuatro letras y que son de igual más de cien.

—Hay poesía también.

—Ángel González y Brines. Son los poetas esenciales de este libro. Son poetas recientes para mí, aun asumiendo que sé que ahora la poesía utiliza otros lenguajes. Ángel González…

—Es nuestro.

—Sí, muy cercano a ambos. Por Oviedo. Por cómo se expresa. Por todo. Y Paco Brines con El otoño de las rosas: para mí es un libro de cabecera. Y de antes: García Lorca y Cernuda porque representaron, también, cómo yo me introduje en la poesía. Creo que ahora estamos obligados a tener una mente mucho más amplia de lo que nos ha ido conduciendo el reduccionismo actual. El viaje científico ha sido un viaje desde el todo a las partes constituyentes, y cuando hemos conocido las partes constituyentes ya parece que con eso podemos reconstruir el mecano de la vida. Pero nos hemos dado cuenta de que hay otra dimensión: la psicológica. Una propiedad emergente es aquella en la que el todo no se puede explicar con la suma de sus entidades posibles. Hay algo más. Ese algo más algunas personas lo interpretan como espiritualidad o trascendencia, pero yo creo que se puede todavía avanzar en esa explicación de algo más utilizando el contexto, la materialidad intelectual, emotiva.

—No hay nada más material que la biografía. Lo más descarnado de su libro es su relación con su padre. Ese ajuste de cuentas, en el mejor de los sentidos, con su padre. Porque creo que lo hace con un gran respeto por su memoria y con una ternura extraordinaria.

—Nadie se había dado cuenta de esto. Esta lectura suya, perdone que le diga, me ha emocionado profundamente. Nadie de las personas que han leído este libro lo había visto, y me conocen mucho más que usted.

Le voy a contar un relato muy, muy personal.

"Mi padre quiso demostrar que el talento podía llegar a alcanzar, e incluso superar, estos condicionantes que marcaba una sociedad clásica"

Mi padre era una persona de extraordinaria imaginación y capacidad intelectual en un entorno rural de los Pirineos. No tuvo ninguna formación intelectual salvo la que él se procuró: llegó a ser mucha, pero fue autodidacta completamente. Entonces, la manera que tuvo él de dar salida a su ambición fue el progreso social. ¿Cómo lo consiguió? Mi abuelo paterno y su familia vivieron durante varias generaciones siendo los dueños de un extraordinario patrimonio en el valle prepirenaico que se llama el castillo de Lerés.

En este gran patrimonio mi padre arreglaba coches. Mi abuelo materno era el que tenía los coches de la zona y entonces mi padre se casó con una de las hijas. Pero mi madre no recibió ningún patrimonio porque se saltó la norma y aparte porque todo se quedaba para el mayor.

Mi padre quiso demostrar que el talento podía llegar a alcanzar, e incluso superar, estos condicionantes que marcaba una sociedad clásica.

—Medieval.

—Casi. Después llegué al instituto y allí tuve unos profesores que entendieron el mismo mensaje. Observaron que los directores de las fábricas que generaban la actividad económica de todo mi pueblo eran de fuera y que todos los obreros eran del pueblo, porque entonces no había inmigración. Entonces pensaron que, como yo era muy estudioso, el progreso social del pueblo era que yo estudiara Ciencias Químicas y acabara la carrera. Empecé a los 16 años y esperaban que, cuando volviera al pueblo, llegaría a ser el director de una fábrica. Era, de nuevo, el ascenso social por la vía del conocimiento.

Entonces, en mi casa me di cuenta de que no siempre funcionaba porque mi padre, por unas circunstancias absolutamente indignas e injustas, lo perdió todo en el mejor momento de su carrera profesional. Y ¿cómo llevó esta pérdida? Con una tristeza absoluta. Y no lo entendí porque entonces tenía dieciocho años. Pensé, simplemente, que mi padre era un señor muy mayor.

Los hijos no entendemos a los padres.

—No entendía que yo los iba a ver dos veces al año y él estaba siempre triste, de mal humor… Era una persona difícil e incluso hacía difícil la vida de mi madre. Aquello no lo entendía y creé una cierta distancia con él porque no le entendía. Primero, no me parecía tan grave: has trabajado tu vida y ahora te han quitado las cosas. ¡No pasa nada! Tienes una casa que te ha regalado un amigo: vive en ella. Y ya está.

"De repente, soy consciente que mi padre fue una persona destruida por el ruido del mundo, por la ambición de otros"

Pasan los años, él se hace mayor, mi vida intelectualmente ha crecido mucho… y entonces empiezo a entender todo aquello, pese a que yo seguía teniendo una postura de extrema felicidad porque todo me iba bien. Había escogido el camino del conocimiento pero sobre todo el camino de la libertad: me di cuenta de que mi objetivo no era dirigir una fábrica para mostrar un ascenso social. Mi propósito se convirtió en lograr el conocimiento más profundo que pudiera de la vida y de las enfermedades para entenderlas y compartir este conocimiento. Este se convirtió en mi propósito durante cuarenta años. Cuarenta años enfocados a un propósito concreto que fue progresando tecnológicamente hasta convertirse en una tarea de extraordinaria satisfacción. Una tarea entregada que se amplió hasta la creación de una escuela con discípulos.

Me di cuenta de que mi padre bien podría haber tenido eso si no le hubiera llegado la ola de Hokusai. Al final, empezó a perder su capacidad mental y fue cuando, por fin, recuperé la empatía enorme hacia él. Los dos últimos años de su vida empecé a recorrer con frecuencia los setecientos kilómetros en coche que nos separaban. Y tuve oportunidad de hablar con él otra vez de una manera profunda y natural. De recibir sus últimos consejos, de escuchar sus palabras y su voz. Eso fue el rendir cuentas y cerrar el círculo.

Murió en febrero de 2017. Y justo en el verano de ese año me llega mi propia ola de Hokusai.

¡Me está pasando lo mismo que a él en tiempos distintos! No quiero saber nada del mundo. No estoy aquí para ser ofendido, para que parezca que me siento avergonzado de todo lo que me rodea, de mí mismo. ¿Esto qué es? Y cuál es mi respuesta. Aislarme. A la soledad total. Lo entendí perfectamente y pensé «¿hace falta sufrir tanto?» porque me di cuenta de su sufrimiento.

De repente, soy consciente de que mi padre fue una persona destruida por el ruido del mundo, por la ambición de otros. ¿Le puedo contar algo?

—Por supuesto. Quedará entre nosotros. O no.

—¿Cuál fue el momento en el que mi padre decidió salir de casa una vez para empezar de nuevo como hice yo cuando decidí salir de casa para dar una clase, la primera clase de este curso en Oviedo? En treinta y dos años no había faltado ni una sola hora de clase y tenía más de cien horas cada año. Regreso de mi retiro en París un viernes y el lunes acudo a las nueve de la mañana a clase, ya que me comprometí seis meses en París y luego seis meses de docencia. Y empiezo la clase, me parece que fue el pasado cinco de marzo. No usé la frase de Fray Luis.

No sé si sus alumnos se lo agradecieron pero yo se lo agradezco (se ríe).

—Digo «vamos a comenzar a hablar de lo que no sabemos de la vida», mis primeras palabras siempre al inicio de curso. «Qué es lo que no sabemos, qué es lo que nos gustaría saber y no hemos sido capaces». Y, mientras estaba diciendo esto, se abre la puerta de arriba del aula y empiezan a entrar mis compañeros de la Sorbona de París, donde había estado estos últimos meses. Habían venido a Oviedo a escuchar mi primera clase: también entran profesores de otros sitios, de otras universidades… Hasta que se llenó el aula. Tuve un momento diciendo: «Yo no voy a ser capaz de hablar».

Le entiendo.

"Pasé mucho miedo: porque la sociedad puede decir, malinformada por los periódicos o la web, que eres es un jeta o que cometes errores"

—Pero me puse y di la que, para mí, es la mejor clase de mi vida, porque estuvo plena de emoción y hubo una entrega total. Esta fue la vuelta académica: la vuelta social fue participar hasta en la última charla del último rincón de Asturias. Y volver a tener el laboratorio siempre abierto a cualquiera que viniera para pedir cualquier cosa. Tenía que volver a la sociedad después de haber pasado por el fin del mundo. Pasé mucho miedo: porque la sociedad puede decir, malinformada por los periódicos o la web, que eres es un jeta o que cometes errores y ¡será que se ha inventado sus trabajos! Entonces voy a dar la primera charla en Oviedo y había doscientas personas en el auditorio y cuatrocientas en la puerta. Fue impresionante la multitud. Estoy muy agradecido a la sociedad.

Esto enlaza con la vuelta de mi padre, que es lo importante. Yo había empezado una carrera científica muy activa. Había venido a Oviedo y con veintiocho años había construido mi laboratorio empezando desde cero con estudiantes asturianos. Empezamos a hacer contribuciones como el descubrimiento de nuevos genes humanos relacionados con el cáncer. Y, de repente, se convoca el Premio Europeo de Bioquímica para investigadores de menos de 40 años ¡y me lo dan!

En esa época no había gabinetes de comunicación, ni nada. Solo salió una noticia muy pequeña en La Nueva España, uno de los periódicos regionales de Asturias: «Un joven profesor de la Universidad de Oviedo obtiene el Premio Europeo de Bioquímica». No me conocía prácticamente nadie. Pero esta noticia ¡llegó al casino de mi pueblo! Y ¿cómo llegó al casino de mi pueblo? A un lugar donde los hombres van después de la comida a jugar a la partida, fumar el puro, tomar un carajillo y leer el periódico.

El suegro de mi hermano, que me conocía porque éramos familia, entonces salta: «¡Si este es el hermano de Alberto!». Y fue porque El Heraldo de Aragón había cogido la noticia ¡por ser yo de Sabiñánigo! Y, claro, ¿cómo iba a contar yo en casa sobre el premio? Lo mismo que me decía su compañero, el fotógrafo JEOSM, ¿para qué voy a revisar sus fotos? Si es usted un genio, ¡no las tengo ni que ver! ¡Se reía!

Entonces, mi hermano va a casa y cuenta lo del premio. Mi padre pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, como buen deprimido: solo en una habitación con la puerta cerrada. Y, de pronto, se vistió y salió de casa. Cruzó todo el pueblo hasta el kiosco y compró el periódico.

Le dijo al kioskero: «Es que sale mi hijo».

—No sé qué decirle, Carlos.

"Y entonces yo sentí que mi padre estaba orgulloso de mí. Y yo de él. Esta historia me la guardé mucho tiempo y creo que usted se la merece"

—Pienso que ese fue uno de los momentos en los que mi padre se sintió muy orgulloso de sí mismo: «Me han hecho esta putada. Yo no hice nada para que me jodieran la vida: al revés, trabajé más que nunca. No me pagaron. Y me jodieron, me quitaron hasta mi casa». Es la consecuencia del capitalismo extremo: diez años encerrado. Tenía cincuenta años cuando le pasó esto. ¡Era mucho más joven que yo y yo le consideraba un viejo! A mí me ha pasado con sesenta años. «Sale mi hijo», ese fue su resumen. Serían diez minutos, pero salió a la calle. Aunque solo fueran diez minutos, todo el pueblo supo que salió a la calle. «Pepe Larré», que es como le llamaban, «ha vuelto a la calle». Y entonces yo sentí que mi padre estaba orgulloso de mí. Y yo de él. Esta historia me la guardé mucho tiempo y creo que usted se la merece.

—Sigo sin saber qué decirle… Se lo agradezco, porque creo que se la merecen todos los que lean este diálogo en Zenda. Y tengo que confesarle que una historia tan maravillosa me ha fastidiado lucirme en el cierre de la entrevista. De hecho, esa historia fastidiaría cualquier lucimiento de cierre de entrevista. Y fíjese que llevaba semanas ensayando estas palabras porque me es difícil expresar cosas así. Querría haberle dicho que estoy muy feliz de dar vueltas al sol al lado de gente como usted. Pero, por mi maldad intrínseca, creo que ya no se lo voy a decir. (Nos reímos)

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