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Joaquín Sabina, una historia de vida

Sabina es de verdad. Es auténtico, es él, es. Sus canciones salen de lo hondo, de su personalidad, de su vida, de sus vísceras: del corazón, pero no sólo del corazón.

Tengo una inseguridad al escribir sobre Joaquín Sabina, porque considero que mis conocimientos sobre él no son grandes, pero luego he pensado que con todos los años que llevo escuchando y disfrutando de sus canciones, debo de saber bastante, suficiente en cualquier caso para escribir un artículo, que es en mi opinión un texto breve e intenso, pero al mismo tiempo de alcance, una llamarada: una llamarada que quizá pueda dejar huella, alguna clase de huella.

Por otra parte creo que para escribir sobre Sabina no sólo hay que saber, hay que sentir, y quizá más lo segundo que lo primero. Recuerdo que Luis Alberto de Cuenca me dijo en una ocasión que para escribir poesía había que sentir. Yo creo que para escribir literatura hay que sentir, y tal vez para escribir en general.

Yo he sentido mucho las canciones de Sabina, y ahora llego a la conclusión de que sé más sobre él por lo que he sentido que por lo que he podido retener oyendo sus canciones o leyendo libros.

Y es que tengo tres vías para escribir mi artículo sabiniano:

—Los dos libros que tengo sobre él, de Javier Menéndez Flores (Joaquín Sabina: Perdonen la tristeza, Plaza&Janés) y de Julio Valdeón (Sabina: Sol y sombra, Efe Eme), muy amenos y documentados, bastante diferentes también.

—Escuchar sus canciones, los discos que tengo de él.

—Utilizar mi propia memoria personal. Tal vez sea este último recurso el que dé sentido al resto.

Por otro lado, o quizá por el mismo, para escribir mi artículo debería responder a estas preguntas, dos preguntas que pueden parecer la misma, pero que no son exactamente la misma:

—¿Qué significa para mí Joaquín Sabina?

—¿Qué significa Sabina en mi vida?

Muy probablemente lo que estimo que es lo más personal mío coincide con lo más personal de mis lectores, de esos lectores que son partidarios de Sabina, quizá tanto como lo soy yo, que es mucho. O que están cerca de serlo.

Son tres hilos los que debo utilizar para trenzar mi texto: lo escuchado, lo leído y lo vivido.

Miro las memorias de Bruce Springsteen, Born to Run (Pengüin Random House), y el libro de Álvaro Feito que tengo sobre Dire Straits: Dire Straits (Ediciones Júcar). En el fondo este tema de la música, los músicos y los cantantes pertenecen a otra época de mi vida, pero ahora se demuestra, me demuestro, que es una época nunca ida, que es todo la misma época: mi vida. Seguro que a otros les ocurre lo mismo.

Constantemente pongo música para trabajar, para afeitarme, para descansar…

Me gusta revivir el momento en el que oí por primera vez una canción de Joaquín Sabina. Fue en clase de Dibujo, creo que en primero de BUP. Un amigo estaba escuchando en su walkman —nos dejaban escuchar música mientras trabajábamos— el disco Física y química y me dejó escuchar un momento. Me encantó: fue instantáneo. Desde entonces Joaquín Sabina me ha acompañado en mis días y en mis noches —más de “19 días y 500 noches”—, ha sido banda sonora, como nos gusta decir ahora, de mi vida, ha sido camarada de mis buenos y de mis malos momentos, como lo han sido mis queridos escritores. Aunque aquí debería decir mejor: como lo han sido otros queridos escritores, pues a Joaquín Sabina ya lo tengo como escritor, especial, diferente, pero escritor. ¿Y qué escritor al final no es especial y diferente?

He comprado bastantes discos suyos, he ido a conciertos —en A Coruña y en Santiago de Compostela, inolvidables— compartiendo pasión con amigos como Santiago Yáñez, por ejemplo, que también tiene buena pluma, original y peculiar escritura, quizá algo sabiniana. Y escribo estos nombres no sólo por compañerismo y amistad, sino como referentes reales de una vida, con todo lo positivo y todo lo negativo que ésta puede acarrear. Porque Sabina lo acaba cantando todo, al igual que nosotros lo vivimos todo.

Sabina se ha ido adaptando a mi vida. Según lo que iba haciendo, él se adaptaba a ello, o al revés. Ahora le escribo un artículo. Imagino sin embargo que esto les habrá ocurrido a muchos, o a bastantes. Pero eso le quita valor a mi sentimiento, a mi experiencia.

Yo no sabía qué iba a escribir sobre él, porque estaba un poco en blanco, pero sabía al mismo tiempo que tenía que escribir mucho, mucho y bien —al menos razonablemente bien— porque he compartido muchos momentos con Joaquín Sabina, gracias a su música, a sus letras, a la autenticidad que todo ello transmite, que su figura y su obra, su mundo, transmiten. Lo he dicho al principio: “Sabina es de verdad”. Pero creo que merece la pena repetirlo.

Me llevé una alegría cuando supe que Joaquín Sabina había estudiado Filología Románica, aunque creo que no la pudo terminar porque se exilió en Londres. Me parece que sólo estudió la carrera tres años, pero esto lo sabrán mucho mejor sus biógrafos. Yo sí que pude terminar Filología Hispánica, e incluso me doctoré. He sido muy afortunado.

Sabina se doctoró, con mucho, con sus canciones, también con las innumerables lecturas que se agazapan en ellas. Dicen que es un lector voraz y su casa está llena de libros, muchos antiguos, o encuadernados de forma especial, por lo que he podido ver. Es posible que sólo leyendo tanto y tan bien se pueda escribir tanto y tan bien. Luego, es verdad, hay que tener su peculiar cabeza y creatividad, su forma de ser y de vivir.

Después de tanto tiempo escuchando sus canciones ha llegado el momento de que yo diga algo sobre Joaquín Sabina, y de leer, o al menos de asomarme con gran curiosidad, con fuerza, a los dos libros que tengo guardados sobre él (Perdonen la tristeza, de Menéndez Flores, y Sol y sombra, de Valdeón). Y vuelvo a escuchar sus magníficas canciones; las estoy escuchando, con mucha atención y con gran placer en el proceso creativo de escribir este texto.

Reviso también Ciento volando de catorce, con el muy interesante prólogo de Luis García Montero. Debo decir que este libro lo leí hace muchos años, cuando lo compré (edición de Círculo de Lectores, 2004; originalmente es de Visor), y no me gustó demasiado, quedándome con sus canciones y con su música mucho más que con su poesía. Pero ahora lo estoy leyendo de nuevo y percibo toda la calidad del poeta.

Dice por ejemplo Luis García Montero, y repite Julio Valdeón muy acertadamente, que Sabina no fue un cantante metido a poeta sino un poeta metido a cantante. Esto es clave, a mi modo de ver. Yo creo que tanto sus canciones como sus poemas confirman esto.

Me han sido muy útiles las letras de las canciones que transcribe en su libro Javier Menéndez Flores, así como los textos-homenaje de los amigos de Joaquín Sabina que incluye en su biografía. Con estas palabras de sus amigos uno tiene la sensación de conocer mucho a Sabina.

Yo no lo conozco en persona. Lo conozco por su obra, por sus versos, por sus canciones, por sus actuaciones… Creo que es más que suficiente. Me encantaría conocerlo en persona, pero lo cierto es que sería difícil mejorar la impresión que tengo de él, un hombre que me ha hecho feliz a menudo con su música, en esos buenos momentos de los que escribía antes, y que cuando he estado triste, sufriente… también me ha hecho feliz. Gracias.

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Alvaro
Alvaro
6 meses hace

Soy un forofo Sabinista que ha disfrutado de sus letras durante más de 40 años. Coincido con muchas de las apreciaciones que realiza en su texto y le agradezco su publicación. Creo que todos los seguidores de JS le conocemos aún sin conocerlo e intuímos que queda mucho por conocer. Us saludo.