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César Bona: “Es muy importante asociar lectura con placer”

César Bona: “Es muy importante asociar lectura con placer”

El nombre de César Bona (Ainzón, 1972) apareció por vez primera en la palestra mediática hace cuatro años, cuando fue candidato al “Premio Nobel de los Profesores”, el Global Teacher Prize. ¡Entre los 50 mejores profesores del mundo había un español! Fue una especie de milagro efímero: frente al sindiós político, frente a la crisis catalana, frente a todos esos temas que han cambiado tan poco desde entonces, pumba, un educador, un formador de ciudadanos, protagonizaba titulares, salía en los telediarios, era entrevistado en prime time.

A este licenciado en Filología Inglesa y diplomado en Magisterio le pica la etiqueta de “mejor profesor de España”. Etiqueta que se le colgó por, entre otras ideas/iniciativas, implicar a los críos en el rodaje una película de cine mudo o de un documental etnográfico con sus abuelos, crear una protectora de animales virtual que amadrinó Jane Goodall o enseñar que “en la base de la pizza de la educación” debe haber “respeto y empatía”.

En los últimos años, Bona ha participado en numerosos eventos relacionados con la educación, ha viajado la pila y ha escrito varios libros. El último, Derechos y deberes de la infancia (Beascoa, 2019), ilustrado por Joan Turu, publicado para conmemorar el 60º aniversario de la proclamación de los Derechos del Niño, está protagonizado —o conducido, más bien— por una niña llamada Cenwëtawon. Ni el autor recuerda qué significa el nombre, ni yo lo he encontrado en Google.

Conversamos en una sala secreta de la Casa del Libro de Gran Vía:

—Señor Bona, ¿qué es lo último que ha aprendido en la vida?

"Tengo la certeza de que podemos aprender algo interesante de cada persona que nos encontramos"

—Me gusta fijarme mucho en las personas que tengo alrededor. De hecho, es uno de los grandes aprendizajes que uno puede hacer: no aprender de sí mismo, sino estar predispuesto a aprender de todas las personas que te rodean. Entonces, yo soy un suertudo. Me siento afortunado. Porque viajo mucho y, ya te digo, tengo la certeza de que podemos aprender algo interesante de cada persona que nos encontramos. 

—¿Se aprende enseñando?

—Sí. Eso es algo interesante. De vez en cuando, los docentes decimos a los niños: “Mirad, ahora tú prueba a enseñar a otro”. Eso te ayuda, primero, a reforzar lo que ya sabes, y luego, si lo mezclas con esta curiosidad que todos tenemos, dices: “No me quedo satisfecho con esto, sé que hay más detrás”. La curiosidad es algo que viene instalado de serie, conviene recordarlo.

—Hasta la edición de 1976, el DRAE definía “curiosidad” como “deseo de saber o averiguar alguien lo que no le concierne”. ¿El curioso es sospechoso de algo?

—»Sospechoso de querer aprender siempre», digo yo. En ese sentido, piensa una cosa: los niños y niñas son curiosos por naturaleza. Y yo no creo que se deje de aprender porque uno se haga mayor, sino, precisamente, porque uno deje de sentir curiosidad por las cosas que tiene alrededor.

—¿Y por qué se deja de sentir curiosidad?

—Sí, no sé… Yo lo achaco a que cuando pasamos de la niñez a la adultez, pasando por la adolescencia, cada vez hay más reglas que nos constriñen más, y eso hace no que perdamos, pero sí que olvidemos un poco el don que tienen niños y niñas: la capacidad de ver la magia en las pequeñas cosas.

—¿Y qué es lo más importante que se le puede enseñar a un niño?

"Valga la redundancia, primero, a seguir siendo curioso y, luego, a cuestionarse todo, más ahora en el mundo en el que vivimos"

—Valga la redundancia, primero, a seguir siendo curioso y, luego, a cuestionarse todo, más ahora en el mundo en el que vivimos. Todo, incluso lo que uno le dice: “Yo te estoy diciendo esto, pero contrasta esta información”. Es importantísimo.

—Hay que hacer ciudadanos críticos.

—Sí. Obviamente, hablaríamos de muchas más cosas. También es fundamental que entiendan que ser diferente es un valor, nunca un gran inconveniente. Eso siempre te ayuda a entender que se puede aprender algo de la persona que estás viendo, precisamente porque es diferente. Eso solucionaría muchos problemas que tenemos ahora.

—Hablemos de su último libro, Derechos y deberes de la infancia. Para empezar, ¿qué significa Cenwëtawon?

—(Risas) Te pido que me ayudes a redescubrirlo. Me pasé una tarde entera buscando nombres raros. Lo encontré, significa algo, se me olvidó qué significa y de dónde lo saqué. Te lo prometo. Tenía un significado interesante, pero no lo recuerdo.

—Dedica la obra “a todos los niños y niñas para que, cuando se hagan mayores, sigan teniendo en cuenta la infancia”. ¿Los adultos no tenemos en cuenta a los niños tanto como debiéramos?

"En la Edad Media se consideraba niñez hasta los siete años. A partir de entonces, muchos se ponían a trabajar en el campo, para los señores feudales"

—Esta respuesta es compleja. Primero, se subestima la infancia. Se subestima la adolescencia también. Podríamos hacer un viaje a la Edad Media. En la Edad Media se consideraba niñez hasta los siete años. A partir de entonces, muchos se ponían a trabajar en el campo, para los señores feudales. Es muy curioso: en el arte también. Creo que se les decía «homúnculos». Eran como hombres diminutos. Ayer estaba con un colega tomando algo y le dije: “Por favor, busca, año 1313, Madonna con niño de Paolo Veneziano”. Y él, tocotoco. Y ve un cuadro en el cual la madonna es…

— Una madonnita.

—Sí. Y el niño tiene una cara de señor de cincuenta o sesenta años… (Risas) Era muy curioso, ¿no? Volviendo a tu pregunta: pensemos en la Declaración de Ginebra, en la Declaración Universal y en la Convención de los Derechos del Niño. Los dos primeros son como avisos; el tercero es casi obligatorio para los adultos. Por eso hago referencia a que este libro también va dedicado a los niños y niñas para que recuerden, cuando crezcan, que habrá otros niños que los necesitarán. Estuve en Puebla, en México, hace cinco años, en el Congreso Mundial por los Derechos de la Infancia. Allí se hablaba de cuántas cosas se habían hecho y de cuántas había por hacer. El año pasado, en noviembre, estuve en Málaga en el Congreso Mundial de 2018. Este año se cumplen treinta años de la primera convención; cinco desde que fui a Puebla. El tiempo vuela, se dicen las mismas cosas, se mejoran unas cuantas, pero ahí voy: en esos treinta años que van de la primera convención hasta ahora, millones de niños que eran niños ya no lo son. Y para estas personas, la infancia ha pasado a segundo plano. Por eso cuesta tanto arreglar las cosas de la infancia. Por eso, el de la Convención de los Derechos de la Infancia tendría que estar como libro de cabecera en todas las mesillas y, sobre todo, en todas las escuelas. Que no sólo dijéramos: “El 20 de noviembre es el día de la infancia, hacemos unos cuantos actos y ya todo está bien”. Al principio del libro, hay unos cuantos datos sacados de fuentes de UNICEF que son absolutamente abrumadores. Y ahí contrasto una vez más con lo de la Edad Media, por ejemplo. Con la Edad Media no, vayamos más adelante: la Revolución Industrial. Miles de niños y niñas eran puestos a trabajar en la minería o en la industria textil. Han pasado trescientos años y hay cosas que todavía siguen igual.

—Evidentemente, un niño, al igual que un adulto, no tiene los mismos derechos en Siria que en Francia. ¿Cuáles son las asignaturas pendientes que tienen los países del primer mundo con respecto a la infancia?

"Los padres, las madres, los adultos somos la proyección de la sociedad, y los niños y niñas son la proyección de los adultos"

—Vuelvo al tema de las diferencias. Es clave todo lo que está pasando en el Mediterráneo para entender que tenemos que reflexionar sobre este tema. Mis bisabuelos se tuvieron que ir a Argentina a trabajar, y ahí nació mi abuelo. Miles de personas se tuvieron que ir a Alemania a trabajar, otro país distinto, y luego volver aquí. Eran inmigrantes. Tenemos que mirar las cosas de forma global y pensar que lo que antes nos tocó a nosotros, ahora les toca a otras personas y luego es posible que nos toque a nosotros otra vez. El tema de ser diferentes es crucial. Y luego podemos entrar en un tema más básico: los derechos que tienen los niños y niñas a la educación, a la salud, pero pensemos que el artículo 31 de la Convención dice que los niños y niñas tienen derecho a jugar. Llama la atención, ¿no? Obviamente, es aplicable a los países en los que hay niños trabajando, pero también nos lo podemos aplicar ahora: hay gente aquí, cerca, a la cual le resulta raro que un niño o una niña obligatoriamente tiene que jugar. Que el juego es algo inherente a la infancia. Pero, claro, miramos todo con una visión adultocéntrica, y ahí parece que entendemos todo lo que sucede: en el mundo de los adultos, en el mundo de los niños… Y unido a este ritmo de vida que llevamos, vertiginoso, los padres, las madres, los adultos somos la proyección de la sociedad, y los niños y niñas son la proyección de los adultos. Y así vamos. ¿Y quiénes pagan? Los más pequeños.

—En el libro menciona que los niños tienen derecho a opinar y a tener un planeta limpio, y nunca antes los críos habían alzado tanto la voz exigiendo que se cuide el medio ambiente.

"Considero fundamental que todas las personas que nos dedicamos a educar tenemos que ser los primeros en creer en ese cambio"

—Y menos mal. Pensemos también algo: considero fundamental que todas las personas que nos dedicamos a educar, y ahí incluyo no sólo a los docentes y a las familias, sino también a los periodistas, a los deportistas, a todas las personas que influyen en un niño o en una niña, tenemos que ser los primeros en creer en ese cambio. Por ejemplo: yo como docente, si no he hecho nada que demuestre compromiso con la naturaleza, ¿cómo voy a educar a niños y niñas con la pasión necesaria para que vean cuán importante es eso?

—Me llamó la atención que montara una protectora de animales con críos en Muel. Los animales me encantaban cuando era un niño chico. Me hice lector con la Enciclopedia Salvat de la Fauna de Rodríguez de la Fuente. Por otro lado, también recuerdo haber visto a chavalines de ocho-nueve años metiéndole un petardo en el culo a un gato y, en fin, para qué seguir.

—Fíjate cómo influimos con nuestros gustos, con nuestros prejuicios o con nuestras creencias. Recuerdo que cuando era niño, y muy niño, cuando sonaba la música de El hombre y la tierra en la tele, yo iba corriendo al sofá y me quedaba superatento. Estamos hablando de empatía al fin y al cabo, que es algo fundamental unido a la ética. Cuando hablo con la gente, suelo preguntar cosas. ¿La empatía es buena? Depende. Con ética sí; sin ética, te puedes aprovechar de las personas. ¿De qué hablamos al final? De participación, que es uno de los derechos de los niños. Y algo sucede cuando les das la oportunidad de mirar alrededor, cuando les permites dar un paso. Algo cambia.

—¿Qué opina usted sobre los menas?

—Me dan repelús las etiquetas. Simplemente. Es imprescindible entender que todo comienza en la educación y que uno de sus fines es educar en la convivencia. Tenemos que recordar, puede que ahora más que nunca, los derechos de niños, niñas y adolescentes. Cuando yo visité varias escuelas,  no entré con la predisposición de ver etiquetas, y lo que vi fueron niños y niñas ayudándose unos a otros, jugando unos con otros… Eso es lo que debiera ser la normalidad.

—Como sabe, Zenda es, ante todo, una revista literaria. ¿Qué importancia tiene la lectura en el desarrollo cognitivo de los críos?

"Si yo fuera niño, aquí, y me dejarais solo con un libro, yo no me pondría a leer en la silla, sino debajo de la mesa"

—Yo le doy muchísima importancia la lectura en los niños. Pero, sobre todo en las primeras edades, a la lectura como placer. Cuando decimos que la lectura, como adultos, mejora el desarrollo cognitivo…, ya sí, soy maestro, y sé que eso es importante, pero antes que eso es muy importante asociar lectura con placer. A mí, de niño me encantaba leer. Mis padres me decían “a dormir”, y yo agarraba una linterna, me ponía debajo de una sábana y leía. Me encantaba leer. Sin embargo, llegaba Navidad y me decían en el colegio: “Toma, te tienes que leer este libro y de aquí tienes que sacar personajes, localizaciones, cuándo se hizo la historia…”. Claro, eso era un coñazo. ¡Dejadme leer mis libros! Y, claro, eso es algo que sucede a miles de personas. Ahora mismo, como adulto, tú eliges qué leer. Tienes muchísimas posibilidades. Se trata de inculcar ese gusanillo en la lectura. Y ya no sólo las historias tienen que atraer: el espacio en el que puedan leer esas historias es fundamental. De hecho, si yo fuera niño, aquí, y me dejarais solo con un libro, yo no me pondría a leer en la silla, sino debajo de la mesa. O me haría una cabaña ahí para estar en mi mundo, con mi lectura.

—Tanto a nivel cuantitativo como cualitativo, ¿se lee lo suficiente en las escuelas?

—No se puede generalizar. En este sentido, obviamente, cada vez se lee más, aunque me gustaría que nos dieran más tiempo para que los niños disfrutaran de esa lectura. De hecho, hay muchas experiencias en España. Te podría decir una lista de curiosidades que he ido aprendiendo por ahí también para que veas que sí se estimula el placer por la lectura.

—Dígame tres.

"Mi gata se llama Shakespeare y le encantan los sonetos"

—La Tarde de las Linternas, por ejemplo. Viernes por la tarde, se bajaban las persianas, cada niño tenía una linterna, se llevaba el libro que quería y se ponía donde quería. O crear tarjetas para los niños y que lean, según qué párrafo toque, pues en una tarjeta “voz de viejecita”, o “voz de señor con bigote”, y ellos cambian la voz, o voz de “señora con piernas largas”, y ellos cambian la voz… O que lean a sus peluches o a sus animales. Mi gata se llama Shakespeare y le encantan los sonetos (risas).

—Permítame hacerle un breve cuestionario sobre libros y autores. ¿Recuerda cuál fue el primer libro que leyó?

—No el primero, pero sí de los primeros. Los Cinco me gustaban mucho. Y eran libros que elegía y no los que me mandaban. Y tebeos, estábamos siempre leyendo tebeos. Siempre, en cualquier sitio.

— ¿Alguno que despertara o alimentara su vocación?

—Que ayudó en mi vocación, porque mi vocación la adquirí de casualidad. Tonucci me ha ayudado siempre mucho. Viaje alrededor de “el mundo”.

—¿Adquirió su vocación de casualidad?

— Yo estoy aquí de casualidad. Hay muchos maestros que tienen vocación. A ver, no es que no tenga vocación. Se descubre. Yo hice primero Filología Inglesa. Cuando estaba en COU, barajaba cuatro carreras: Filología Inglesa, Psicología, Filosofía y Periodismo. Y elegí Filología Inglesa por una razón de peso: era la única que había en Zaragoza (risas). Allí, yo no sabía lo que quería ser. Eché currículums y un día me cogieron en un cole. Y entonces descubrí cuán difícil es esta profesión, cuánto influimos.

—¿Algún libro que ame por encima de todos los demás?

Me encanta Los objetos nos llaman, de Juan José Millás.

—¿Algún autor u obra que deteste?

—Si lo detesto es porque me marcó y me creó una crisis existencial impresionante, y es San Manuel Bueno, mártir.

—¿Se ha enamorado alguna vez de algún personaje literario?

—Sí, y tiene también que ver con Millás: Olegario.

—¿Y ha querido asesinar a alguno?

—A San Manuel Bueno. O al que me obligó a leerlo (risas).

—Y, finalmente, ¿qué está leyendo ahora?

—Literatura de niños, siempre que puedo. Si vas a tratar con niños, métete en su mundo.

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