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Pilar Eyre: “Quiero hablar de las personas que no salen en los libros de historia”

Pilar Eyre: “Quiero hablar de las personas que no salen en los libros de historia”

Fotos: Carlos Ruiz

Pilar Eyre ha escrito sobre Victoria Eugenia de Battenberg, Eugenia de Montijo, María de Borbón, María la Brava o Carmen Ruiz Moragas, la primera actriz del Teatro Español y amante del rey Alfonso XIII. Ahora, en Un perfecto Caballero (Planeta), Eyre recupera los espacios íntimos, esos habitáculos emocionales y familiares en los que se crece como novelista y que en esta ocasión le permiten adentrarse en los salones, comedores y armarios de la burguesía barcelonesa que cantó el Cara al sol en el Liceu.

Un perfecto caballero comienza en enero de 1939, cuando las tropas de Franco entran triunfantes en Barcelona. Con ellas desfila Mauricio Casanovas, el heredero de una de las empresas textiles más importantes de la ciudad. Un requeté rubio, delgado y alto, guapo como una estrella de cine. Lo esperan un despacho, una mujer y un niño, también un futuro dorado de noches en el Liceu, tardes en el golf de Pedralbes, los mejores sastres y las fiestas más exclusivas.

La guerra ha pasado, y sin embargo todo permanece tiznado por el hollín de su infierno. Castigado por la fiebre y las obsesiones que sufren quienes pelearon en la trinchera, Mauricio se abre paso en una sociedad que, como él, parece incapaz de volver a ser como antes. Se despliega ante el lector una Barcelona contradictoria, de estancias inmundas y pobres con lujosas habitaciones donde alguien siempre rumia una angustia o un agravio.

Criados y señores, burgueses y empresarios del franquismo, pobres y ricos, honrados y canallas se mezclan en este libro que tiene como centro una historia de amor, la de Mauricio Casanova y Amparo, una obrera de su fábrica cuyo marido está encarcelado. Entre el deseo y la culpa, Mauricio Casanova sirve a Pilar Eyre no sólo para contar una Barcelona de contrastes, desde las orgías en el hotel Ritz hasta las devotas misas de doce, sino también para escribir una indagación humana y personal.

Un perfecto caballero es un libro elegante, técnicamente eficaz y que se vale de lo íntimo para construir una memoria colectiva y personal. La propia Eyre retrata a sus tías cantando el Cara al sol frente a la iglesia de Pompeya, como si al revivirlas en aquella escena homenajeara una memoria aprendida en el tiempo. Periodista, escritora y finalista del Premio Planeta, Eyre ha construido una historia afectiva y emocional de la España del siglo XX que ejecuta cada vez con más destreza.

Hija de una familia conservadora, Pilarita, como la llamaban de pequeña, tuvo a su disposición una biblioteca a la que podía acudir sin restricciones. El amante de Lady Chatterley lo devoró a escondidas mientras se preguntaba, ay qué barbaridad, de dónde había salido aquello. Lectora devota de Galdós, Simenon, Flaubert y Colette, Eyre ha conseguido un libro en el que todos los elementos hacen click, como el broche de un collar. Sobre estos asuntos habla la escritora en esta entrevista.

—¿Cuánto tiempo lleva escribiéndose esta novela dentro de Pilar Eyre?

"Tenía ganas de hablar de mi familia, de esa generación que ya nadie recuerda"

—Toda la vida. Está hecha de mis recuerdos, de las charlas de sobremesa, de las conversaciones con mi familia. No sé si los recuerdos son míos o si me los han contado, pero como se trata de una ficción eso no importa mucho. Había afilado el instrumento lo suficiente como para escribir esta novela y tenía las técnicas narrativas necesarias. Tenía ganas de hablar de mi familia, de esa generación que ya nadie recuerda.

—Dibuja una burguesía empobrecida y plegada al franquismo. ¿A quiénes retrata?

—El personaje de Mauricio no es mi padre, pero podría. Con 18 años lo metieron en una cárcel. Cada mañana leían las listas con los que iban a fusilar. Cuando llegaban a la E, de Eyre, y a él no lo mencionaban, pensaba: “Tengo tiempo hasta mañana”. La herida de esa guerra no se cerró nunca.  A mi padre lo consideraban un hombre simpatiquísimo, pero yo lo conocía bien y sabía que había un halo de tristeza. No quería hablar nunca de esa época. Lo que sé de él me lo han contado mis tías. Cuando comencé a escribir, le preguntaba. “Déjame, no me hables de este tema”, respondía. Mi padre decía que para robar había que ser muy listo y que él no lo era. Tuvo cargos en sindicatos, luego se hizo pintor y retratista. Se construyó una vida distinta de la que se esperaba de él. Es que realmente existieron quienes se aprovecharon de la guerra. Lo de los negros de plata le pasó a mi abuela.

—¿Se refiere a las esculturas que la madre de Casanova prueba que son suyas y las compra la mujer de un alto cargo falangista?

"La gente bien de Barcelona, por utilizar una terminología pasada de moda, ha sabido sortear todos los regímenes políticos. Lo hizo con la monarquía, también con la república y el franquismo"

—Eso ocurrió así. Ella explicó que le pertenecían, que su hijo había muerto en la División Azul. Pero estos nos habían hecho la guerra. La gente bien de Barcelona, por utilizar una terminología pasada de moda, ha sabido sortear todos los regímenes políticos. Lo hizo con la monarquía, también con la república y el franquismo. Pagaron un tributo alto en sangre, es cierto, pero luego se reincorporaron a sus puestos. Los apellidos que se reproducen en la novela son los mismos de hace cincuenta años. Evidentemente, ya no están en el sector textil, que cambió por completo después de don Amancio. Compraron bancos y diversificaron sus negocios. Nunca los ves ni sabes qué hacen. Son austeros y discretos. Pueden vivir una vida de lujo, pero sin alardear.

—Aunque narra la Barcelona de posguerra, la novela amplía el espectro, resuena en el presente incluso.

—Los burgueses catalanes con sus abrigos de piel recuperados que cantaron el Cara al sol en 1939 son los abuelos de los chicos que cantaban, también en El Liceu, Els Segadors. El caldo de cultivo de entonces es el mismo de hoy. Cataluña está hecha de inmigrantes. Sobre ellos el empresario de antes tuvo siempre una idea paternalista: entendían a sus empleados como a sus hijos.

—Mauricio Casanovas está aguijoneado por un sentimiento de desasosiego e insatisfacción.

"Mauricio Casanovas piensa en quitarse la vida porque no puede volver a ser quien fue. Ha visto matar y morir a sus compañeros"

—Es producto de la guerra. Lo que él sufre marca la brecha de la que hablaba antes. Mauricio Casanovas piensa en quitarse la vida porque no puede volver a ser quien fue. Ha visto matar y morir a sus compañeros. Hoy nos cuesta pensar en lo horrible que es. Es imposible salir indemne de eso. Produce una fatiga existencial, luchando por tu vida el tiempo que fuese y luego volver a la vida del Liceu y a las mujeres pintarrajeadas. Esa unión tan fuerte que tiene con Amparo la produce el instinto, esta obrera de la que se enamora, y luego Conchita. Ambas parecen sumisas, medio desdibujadas y luego son mujeres tremendamente potentes.

—Hábleme de la relación de Conchita con la Masía y la tierra.

—Ese lugar existe. Aguilar de Sagarra es la finca de la familia. Mi madre era una mujer sofisticadísima, y al llegar a la finca se convertía en una payesa. Se ponía las alpargatas. Vivía en esta unión con la tierra.

—Amparo representa algo parecido, pero no con la tierra.

—Amparo es el instinto. Es algo a lo que este hombre se agarra, incluso le dice que se ponga la cosa cochambrosa. El otro día estaba con Carlos Revés, que me dijo: «Tienes que escribir la vida de Conchita». A ver qué dicen ahora mis familiares del Opus Dei.

—Reconstruye una serie de personajes reales y compone, por así decirlo, una fotografía de grupo.

—Yo consulté con todas las personas que salen y con sus descendientes para ver si me autorizaban a usar personajes de su familia. En muchos casos no aparece el nombre. Claro, cambié algún matiz. A mi familia no les he comentado nada específico, les he dicho: «Sale tu padre, sale tu madre».

—Hay una carga emocional, pero también una mayor sobriedad literaria.

—Este libro me ha llevado dos años, lo llevaba dentro desde hace cuarenta años. He escrito usando las armas del oficio, todo el día y de una forma muy entregada. También he suprimido mucho. He querido quitar cosas que me parecían cursis o demasiado sentimentales. Quería una escritura más sobria.

—Asume muchas novedades técnicas. De ellas, ¿cuál destacaría?

"La historia inicial es real, se la oí contar a mi madre"

—Pensé que ponerse en la voz de un hombre sería lo más complicado, y lo curioso es que no me costó. Son los hombres de mi familia, los hombres de antes. La historia inicial es real, se la oí contar a mi madre. “Sabes que Fulano tiene una querida, pero fíjate tú si está loco él, que se ha enamorado de ella”. Y esa historia me produjo un morbo escucharla… Quizá tendría seis años o siete y a mí me produjo una excitación tremenda y un morbo aún mayor: un empresario enamorado de una obrera. Es una historia de amor transgresora y perturbadora. Por eso me ha sido difícil escribirla. Claro que hay que recortar y podar, pero era una historia fascinante.

—Estamos demasiado sujetos a la Barcelona de Juan Marsé o a la de Mendoza. ¿Está olvidada aquella Barcelona que usted retrata?

—En aquella época se escribía mucho. Por ejemplo, Mercedes Salisachs, y como ella otros escritores, que han pasado al olvido. Creo que he escrito sobre esa época con ojos nuevos, y considero que esa es una de las aportaciones del libro. Mucha gente me ha llamado o se acercado para decirme: “Has contado la vida de mi padre”. El otro día me llamó Susana Griso para decirme que su madre y la mía dieron a luz con el mismo médico.

—La familia es uno de los temas más universales y literarios. Y usted tiene particular interés en él.

—Dicen que es la letra pequeña de la historia, y creo que es un dato que los historiadores desdeñan y que siempre saco en mis libros, el pie de página del libro. Porque lo que me interesa es eso: saber cómo se usaban los calzoncillos y cómo era la vida doméstica a íntima.

—¿Qué le obsesiona?

"Me obsesiona la muerte, el paso del tiempo, el amor familiar"

—La muerte, el paso del tiempo, el amor familiar. Mis padres, que me han marcado muchísimo. Mi padre, que he tenido relación con él. Quiero rendirle homenaje siempre en todos mis libros. Quiero hablar de las personas que no salen en los libros de historia, pero que forman parte de ella y son pilares de nuestra sociedad. No les van a dedicar ningún monumento, pero han estado ahí: mi tío Miguel, todos mis tíos y mis tías. Yo quiero que vivan conmigo en mis libros.

—¿No le permiten a Pilar Eyre ejercer de escritora? ¿La han considerado solo cronista social?

—He tenido que dedicarme a la crónica de sociedad. Pude tirar la toalla, dejar el periodismo y dedicarme a escribir, pero el periodismo me gusta y me divierte, tiene un componente gamberro, por eso tuiteo. Pero escribir es solitario y cuando te haces mayor pierdes hondura psicológica, porque no hablas con nadie, y es cuando te mueres. Con el periodismo te mantienes al día.

—¿Qué autores interesan y explican a Pilar Eyre?

—Me entusiasma Galdós. Me sé Fortunata y Jacinta de memoria. Nunca ha habido personajes tan afinados como ellos. Para mí son seres vivos. Soy una admiradora de Galdós. Me gusta Flaubert, Colette, Simenon y su economía descriptiva y también la de Pla. Tengo muchos autores favoritos, pero un libro que me de sé de memoria es Bella del señor, de Alberto Cohen. Cuando lo leo me siento pequeña. Lo encuentro maravilloso.

—¿Cómo recuerda la biblioteca de su casa?

"Leí El amante de Lady Chatterley pequeñísima. La tenía forrada"

—Mis padres eran grandes lectores. Tenían una biblioteca a la que los niños no teníamos restricciones. Leí El amante de Lady Chatterley pequeñísima. La tenía forrada. Mis hermanas y yo nos sentábamos a leerlo. Nos parecía una barbaridad —ríe—. Era una biblioteca tremenda, en catalán y en castellano. Me gustaba mucho Somerset Maugham, cómo narraba aquellos paisajes. Hay tantos autores que me gustan…

—¿Con qué parte suya o de su biblioteca conecta este libro?

—Es un libro autobiográfico. La Pilarita que salía pequeña y que salía adulta. Hay muchos libros que explican muchas cosas de mi vida, y de hecho a lo largo de todos mis libros escribo anécdotas de mi familia… Un escritor tiene muchas aristas y muchas partes.

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