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Chaves Nogales, el hombre que vuelve a Córdoba

Chaves Nogales, el hombre que vuelve a Córdoba

“Cordobés fue mi primer libro y mi primer hijo”, respondía Manuel Chaves Nogales (Sevilla 1897 – Londres 1944) a quienes le reprochaban no reflejar Córdoba lo suficiente en sus textos y reportajes. Así zanjaba el asunto el periodista y escritor, quien llegó allí, desde Sevilla, en 1920 para dirigir La Voz, el primer diario local con rotativa. Casi un siglo después, aquella ciudad donde nació la mayor de sus hijas, Pilar, y donde se publicó el volumen Narraciones maravillosas, rindió homenaje al escritor en las jornadas Chaves Nogales en Córdoba, una nueva edición del encuentro que se celebró en Sevilla en 2017, y que se realizaron el pasado 20 de febrero, con la intención de rendir homenaje a un autor ignorado por años. Un escritor que regresa no porque alguien lo rescate, sino porque la fuerza de su obra se impuso al olvido deliberado al que se sometió durante décadas.

Organizadas por la Fundación Cajasol y coordinadas por el escritor Arturo Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra, las jornadas hicieron posible no sólo el reencuentro entre Chaves Nogales y Córdoba, sino el regreso de Pilar Chaves a la ciudad donde nació. Lo hizo junto a su hijo Antony Jones Chaves, uno de los diez nietos del escritor, quien se ha dedicado a la labor de divulgación de su obra. También acudieron a Córdoba el escritor Andrés Trapiello, quien ha estudiado a fondo la obra del sevillano y le dedicó encendidas páginas en Las armas y las letras (1994), así como el actor Juan Echanove, que leyó el prólogo de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, ese pórtico —“Yo era eso que los sociólogos llaman un ‘pequeñoburgués liberal’, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”— que antecede a los relatos de la Guerra Civil española que Chaves Nogales escribió ya fuera de una España de la que se marchó consciente, acaso, de que ningún bando traería la democracia, la paz y la justicia.

"Pérez-Reverte habla ante un auditorio repleto y en el que un grupo de estudiantes de cuarto de la ESO sobresale del resto del público."

“La España de hoy reclama a Chaves Nogales. Necesita una mirada como la suya”, aseguró Arturo Pérez-Reverte para inaugurar las jornadas, que tuvieron lugar en la Universidad de Córdoba. Pérez-Reverte habla ante un auditorio repleto y en el que un grupo de estudiantes de cuarto de la ESO sobresale del resto del público. A los chicos, de entre 14 y 15 años, los acompaña su joven profesor, quien en este curso los introdujo en la lectura de la obra de Chaves Nogales como una forma de estudiar la historia del siglo XX. “Con el prólogo de A sangre y fuego  cualquier profesor ecuánime puede dar una visión completa de la Guerra Civil, por eso creo que debería ser un texto de lectura en las escuelas”, dijo Pérez-Reverte ante la sala, acaso sin ver del todo claro que un grupo de escolares le daba la razón… en la oscuridad.

No lo rescatamos, él volvió por la fuerza de su obra

Tras la presentación inicial de Pérez-Reverte en la sesión matutina, Andrés Trapiello ofreció la conferencia Chaves Nogales o la Cenicienta, durante la que explicó la naturaleza deliberada del olvido del escritor sevillano. “A Chaves Nogales no lo quiso nadie en 50 años. Él no quiso pertenecer a ninguna de las dos Españas y, como ha dicho Arturo Pérez-Reverte, no lo hizo por equidistancia sino por equidad. Él era un hombre de hechos, no de retórica. Por eso lo ignoraron. Fue una de las víctimas de la tercera España”. Se refiere Trapiello a aquellos hombres y mujeres que no quisieron “formar parte ni ser cómplices de los disparates de ninguna de las otras dos” y entre los que el propio Chaves Nogales fue uno de los más lúcidos y preclaros, acaso su primera y más nítida voz. Lo pagó caro Chaves Nogales. Las otras dos Españas se lo cobraron con el exilio primero y el olvido después.

“Durante mucho tiempo a Chaves Nogales sólo era posible encontrarlo en las librerías de viejo. A sangre y fuego lo conseguí en Sevilla, en la librería de Abelardo Linares. Faltaba una semana todavía para entregar Las armas y las letras. Me subí al AVE y comencé a leer el prólogo excepcional de ese libro. Y fue justo al llegar a Córdoba, en el tren, cuando llamé a Abelardo por teléfono. «Me has dado la clave sobre por qué ambos bandos lo han ocultado», le dije. Chaves Nogales, que era un demócrata liberal comprometido con los valores de la Ilustración, viene a decirles a los dos bandos: vuestra retórica fascista es igual a la del otro bando; vuestros libros igual de malos y vuestros crímenes igual de graves”.

"Tanto Vigorra como Pérez-Reverte y Trapiello coincidieron en ejemplos claros del mejor Chaves Nogales, el que se expresa en libros como El maestro Juan Martínez que estaba allí."

En su conferencia Trapiello trazó con detalle el contexto donde se gesta Chaves Nogales, quien tuvo una capacidad de diagnóstico sobre su tiempo muy superior y de largo alcance. “Andar y contar es mi oficio”, decía sobre su propio quehacer. Y así fue. Chaves Nogales visitó la URSS. Descubrió que la aviación había convertido Europa en un territorio abarcable. Fue a la Italia fascista y a la Alemania en la que el Partido Nazi ya imantaba los afectos populares. Entrevistó a Goebbels, vio los disturbios de la Segunda República, conoció los fascismos y se anticipó a su ardid de propaganda.

“Era el mejor periodista del siglo XX. La magia está en que sus textos cuentan la realidad, pero la trascienden. Eso es lo que le da esa lucidez enorme. Un artista es una mirada y eso es lo que proyecta en sus libros”, comentó Arturo Pérez-Reverte durante la conversación y el coloquio que sostuvo en la tarde con Jesús Vigorra, y que guardaba sincronía y continuidad con lo que Trapiello había explicado. Tanto Vigorra como Pérez-Reverte y Trapiello coincidieron en ejemplos claros del mejor Chaves Nogales, el que se expresa en libros como El maestro Juan Martínez que estaba allí  —la historia del bailarín de flamenco a quien la Revolución sorprende en Rusia, en 1917— o en los reportajes Andalucía roja y La Blanca Paloma, en los que Chaves Nogales describe –desde el prisma andaluz— la tensión de la guerra que está por estallar.

“Los nacionales no le perdonaban a Chaves Nogales que fuera un liberal de izquierdas. Y los otros no le perdonaban que dijera la verdad. Por eso lo ignoraron. A Chaves Nogales no lo hemos rescatado. Poco a poco él ha ido volviendo, en la grandeza de su mirada”, resumió Pérez-Reverte en una de las frases que mejor sintetizan lo ocurrido con una obra. Chaves llegó al presente por su propio pie. Excepcional como su forma de contar los hechos que a los demás se les escurren de las manos. Si el acto de escribir encierra una necesidad de lucidez, es natural que quien se sentó a narrar lo ocurrido consiga dar con la sólida columna de la verdad, o al menos algo tan duradero como ésta. Jalonado por la fuerza de sus propias palabras, Chaves Nogales ha llegado al presente, acaso porque sus libros parecían escritos en el futuro. “Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir”.

"La última vez que Pilar Chaves vio a su padre, los alemanes ya habían ocupado Francia. Él tenía que marcharse, cuanto antes, porque la Gestapo le pisaba los pies."

Al momento de cerrar su intervención, Arturo Pérez-Reverte leyó un texto inédito de Manuel Chaves Nogales. Se trata de un relato recuperado por María Isabel Cintas, la especialista que en 1993 publicó la Obra narrativa completa de Chaves Nogales, y quien hizo llegar al escritor el texto completo. Se trata de El hombrecito de la limaña de oro, un cuento que Chaves Nogales publicó en 1926, cuando su hija Pilar tenía seis años. Está dedicado a Córdoba y en él cuenta la historia de un artesano a quien su hija, que ha quedado embarazada, deja al niño para que crezca junto a su abuelo. “Es evidente que está pensado para Pilar. Es una enseñanza”, dijo Pérez-Reverte antes de leerlo de viva voz ante el salón de actos de la Universidad de Córdoba: “Yo te enseñaré a tomar el gusto por la vida, aprenderás de mí el buen ver, la buena manera de mirar, conocerás el encanto del deber cumplido, del trabajo bien terminado. Artesano, artífice o artista, ama más que nada esta penumbra de vivir que salva del turbión de la gente desatada. No pierdas la medida de lo humano. Que no te inquiete la grandeza del mundo ni te tiente ningún heroísmo. Desprecia el bien y el mal. Vive la verdad, a cuerpo y alma limpios, y no huyas del dolor con salvajes temores. Si tu dolor es tuyo, ¿por qué has de apartarte de él? Esto es todo lo que puedo darte, lo único que hasta aquí se ha salvado. Heredé la fe en el esfuerzo. Aumenté el patrimonio con esta incorporación del dolor. Acaso tú consigas algo más. Nos falta tan poco para a felicidad”. Cuando acabó, las palabras aún resonaban, resistentes y genuinas, libres de toda amargura.

La última vez que lo vi llevaba gabardina y maleta

La última vez que Pilar Chaves vio a su padre, los alemanes ya habían ocupado Francia. Él tenía que marcharse, cuanto antes, porque la Gestapo le pisaba los pies. “Él nos dijo: quedaos aquí y quemadlo todo, porque vendrán los nazis a buscarme”, comenta Pilar, su hija mayor, quien recuerda en voz alta y ante una sala llena de gente los hechos de ese verano en el que los nazis encontraron una estufa caliente cual brasero de invierno luego de que ella y su madre quemaran a toda prisa los papeles de su padre. “Recuerdo que aquel día mi padre cogió su gabardina y su maleta y se fue andando por la carretera. No supimos nada de él durante meses, hasta que el tío Pepe nos dijo que estaba bien, pero ya nunca más volvimos a vernos”, dice.

"Su cuerpo permanece enterrado en Londres, en el North Sheen Cemetery de Richmond. Aún demasiado lejos de la España que supo entender y retratar."

“Volver a España fue otra aventura. Vendimos todos los muebles del piso y compramos el billete de vuelta”. Cuando esta mujer de 98 años habla, luce ese color vivo de las pieles que recuerdan haber nacido bajo el sol. Algo enjuto y fibroso en sus mejillas, recuerda a su padre, que preside el escenario desde su foto de fumador desafiante. Tras salir de Francia, continúa Pilar, pasaron por Irún. Pero su madre, que estaba embarazada, se puso de parto. No conseguían un sitio libre y un hombre le dejó una cama de hotel para que diera a luz. Por eso Pilar Chaves insiste en “la bondad de los extraños”, una expresión que emulsiona una sonrisa extraña venida desde algún largo pasillo de su memoria que lleva al infierno de la guerra y del que ella sale con estas piedras preciosas.

Pilar Chaves

“Cuando llegamos a España, estuvimos esperando en El Ronquillo, un pueblo pequeño, hasta que acabara la guerra. Fue mi tío Pepe el que nos dio la noticia de la muerte de mi padre. Yo no pude llorar en una semana. Estábamos tan seguras de que la guerra se terminaba… Eran tiempos de guerra”. Unos días después de su muerte ocurrió el desembarco de Normandía. La guerra había acabado y Manuel Chaves Nogales no había vivido lo suficiente para ver su final. Murió en 1944 —de una supuesta peritonitis, asegura Antony Jones Chaves—. Su cuerpo permanece enterrado en Londres, en el North Sheen Cemetery de Richmond. Aún demasiado lejos de la España que supo entender y retratar. Llevaba razón Andrés Trapiello esa mañana al decir que Chaves Nogales era cervantino. Hombres que vivían fuera de su tiempo porque se dirigían al centro del nuestro.

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