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Las batallas del pintor

El pasado 25 de enero se presentó oficialmente en la Sala Ámbito Cultural del madrileño Corte Inglés de Callao el catálogo que resume, por primera vez,  la obra pictórica de Augusto Ferrer-Dalmau.

Maravillosamente bien editado, como corresponde a las exigencias técnicas de reproducción de una pintura tan minuciosa como la de Ferrer-Dalmau, este libro constituye una joya editorial en forma y contenido. Y es que tanto la producción como el método de relación con el mercado en el que Augusto Ferrer-Dalmau trabaja implica una tenencia temporal, efímera, de la obra, que suele ser encargada y destinada al coleccionismo privado. De esta manera se hace muy difícil el disfrute público de la misma, por lo que la mejor solución para poder poseerla es preservarla en un libro; poder tenerla almacenada y a mano en un privilegiado lugar de nuestra biblioteca.

Tal vez por eso y porque nuestro pintor de batallas levanta pasiones, la sala está abarrotada.

La presentación del pintor y su obra corre a cargo de Jesús García Calero, redactor jefe de cultura del diario ABC, que lee unas palabras escritas para este momento y que a mi juicio construyen uno de los más hermosos textos sobre pintura, historia y vida que esta historiadora del arte recuerde haber leído últimamente. Con una dulce lucidez, García Calero va desgranando las razones de la pintura; el oficio del pintor; el anhelo del espectador; la curiosidad del hombre; la deuda de España; la magia de la recreación. Todo ello articulado en las honradas, sabias, humildes pinceladas de Augusto Ferrer-Dalmau:

“Augusto conoció a Arturo Pérez-Reverte en Pavía, Empel o algunos de los campos de batallas fabricados por las máquinas del tiempo de la imaginación. Ambos se divierten; son como niños.”

“Dalmau pintaba paisajes pero un buen día decidió pintar la guerra tan desdeñada, tan terrible. Pero las guerras no se acaban por la falta de partidarios, así que mejor conocerlas, mirarlas, recordarlas.”

“Dalmau ha abierto una ventana a la Historia. Y la Historia de España es tan inconmensurablemente grande que muchos desistieron contarla alejándose del trabajo que implicaba quitarle la pátina de lo no auténtico. El viaje que este pintor de batallas hace y nos invita a hacer nos lleva a transitar por ese espacio olvidado adonde no queríamos mirar.”

"Amor y guerra es lo que usa este pintor de batallas para hacer arte actual, pues el gran mérito de Augusto es haber puesto en el mundo contemporáneo esa mirada del pasado que nos permite descifrar nuestra propia épica con documentada crudeza y documentada belleza."

“Él vive en un pasadizo abierto al pasado y un amor al suelo que nos cobija, llámese España, Patria, Comunidad Autónoma o lo que sea. Amor y guerra es lo que usa este pintor de batallas para hacer arte actual, pues el gran mérito de Augusto es haber puesto en el mundo contemporáneo esa mirada del pasado que nos permite descifrar nuestra propia épica con documentada crudeza y documentada belleza.

El silencio, la ovación al orador y el asombro emocionado de un público cuya mirada discurre entre aquel pintor sentado a la derecha de Jesús, como una especie de hacedor en su mandorla sujetando el magnífico libro que ahora se presenta y que guarda, voluminoso, todos esos secretos.

La idea es que sea ese público el que pregunte al pintor. Se levantan muchos brazos. Augusto, sonriente, solícito, detalla con paciencia lo que está en el envés de la trama:

Hace casi 20 años empecé con el tema militar. Las galerías no querían que dejase de pintar paisajes; no se negaban abiertamente pero siempre andaban poniendo trabas, buscando fechas imposibles o dándome largas con el programa expositivo de la sala. Sin embargo mi insistencia logró convencerles de mala gana y para sorpresa de todos, incluido yo mismo, la sala se llenó. La exposición había sido un exitazo, así que el mismo galerista me animó a seguir. Luego muchísima gente joven se ha interesado por continuar con este estilo de pintura ayudando de esta manera al resurgir de un estilo que a la gente le gustaba; que en cierto modo, necesitaban.

Realmente en mi pintura hago algo tan sencillo como recrear en imágenes la narrativa de la memoria familiar; recupero la historia que no sale en los libros recordando el heroísmo tremendamente humano, trágico, épico y absolutamente real de nuestros antepasados.”

Ante la pregunta de uno de los asistentes, Ferrer-Dalmau sonríe con un punto de melancolía:

“¿Que si me afectan las críticas negativas hasta el punto de terminar haciendo otro tipo de pintura? Mire usted, yo podría haber seguido pintando paisajes porque no habría perdido a tantos amigos por el camino. Pero mientras haya un solo español al que le guste mi pintura, yo seguiré pintando.”

Alguien le pide que cuente cómo nace el cuadro La despedida:

"La valentía, el heroísmo, el amor de aquel valiente joven siberiano oficial de correos del zar capaz de recorrer las 5200 verstas plagadas de peligros que separaban Moscú de Irkutsk por lealtad a su zar y que en realidad eran para mí algo más que eso; eran las 5200 verstas de distancia que medían el ansia de aventuras del niño que fui."

“Nace de mi admiración por los cosacos. Es que de pequeño leí una historia que me dejó fascinado; de hecho es una de mis novelas favoritas: Miguel Strogoff, de Julio Verne. La valentía, el heroísmo, el amor de aquel valiente joven siberiano oficial de correos del zar capaz de recorrer las 5.200 verstas plagadas de peligros que separaban Moscú de Irkutsk por lealtad a su zar y que en realidad eran para mí algo más que eso; eran las 5.200 verstas de distancia que medían el ansia de aventuras del niño que fui.

Luego seguí leyendo cosas sobre la historia de Rusia, de la Guerra Civil Rusa y ahí nació mi admiración por la Bélaya Ármiya o Guardia Blanca, que tan bien luchó y tanto sufrió hasta su triste final. Por eso cuando me planteé un cuadro ruso lo hice con el anhelo de contar la historia del lado del vencido, de ese soldado derrotado del Ejército Blanco.

Recuerdo que el ministro de defensa ruso me invitó a conocer a algunos de los pintores de batallas más relevantes de su país y a todos le gustó muchísimo el cuadro, así como la idea de hablar de esa manera de los derrotados”.

Un espectador le recuerda su presencia activa en redes sociales, preguntándose hasta qué punto es útil para el pintor o su trabajo:

"Incluso a veces me paro a pensar en la escena que cada vez tengo más clara en la cabeza. Y cuando eso ocurre, yo sé que debo pintar el cuadro."

Pues sinceramente debo decir que las redes sociales, concretamente Facebook, no sólo me divierten sino que han llegado a ser bastante útiles. Me ayudan a conocer a la gente. Yo pido consejo en las redes sociales, y no lo hago por publicidad sino sinceramente porque me parece una manera cercana de interactuar con aquellos a los que les gusta mi trabajo. Ocurrió, por ejemplo, con mi cuadro La degollá, que generó un debate interesantísimo y muy útil para mí; para mi trabajo. Y por ejemplo, recientemente me han pedido a través de las redes sociales que pinte un cuadro y lo voy a hacer. Se trata de la entrada de los españoles en París. Gracias a las redes sociales he podido descubrir que hay un verdadero interés por esta escena, por este fragmento de nuestra historia y lo voy a pintar. Puede parecer que no me entero, pero tomo nota de todo y esta petición está desde entonces dando vueltas en mi imaginación de manera insistente; incluso a veces me paro a pensar en la escena, que cada vez tengo más clara en la cabeza. Y cuando eso ocurre, yo sé que debo pintar el cuadro”.

Algún espectador se interesa por el día a día de este pintor de batallas, pero el pintor desmitifica enseguida:

“Mi día a día es terrible. Tengo la mala costumbre de pintar de noche, por lo que a veces me meto en la cama con la primera luz del amanecer. Eso sí, soy muy disciplinado trabajando y las 9 horas diarias, coma o no coma, duerma o no duerma, me las paso delante del lienzo.”

Alguien aprovecha el momento para preguntar por el cuadro que en estos momentos le roba el sueño (y nunca mejor dicho) al pintor de batallas. Éste sonríe, paciente:

“Estoy con el cuadro de Gálvez llamado La marcha de Gálvez en el pantano del Misisipi.”

 

Para concluir, le preguntan inevitablemente por su cuadro favorito, y Agusto Ferrer-Dalmau no lo duda:

"Las manos que garabatean con cierta urgencia la repetición tediosa de un nombre son las mismas que volverán después, en soledad, a recrear con minuciosidad los hechos y las armas; las cosas que llevaron los hombres que luchaban y que gracias a esas manos no se olvidarán."

El Milagro de Empel. Pinté ese cuadro en una etapa difícil de mi vida; muy triste pero, paradójicamente ese estado me llevó a trazar los rostros de soldados más intensos, más reales, más técnicamente auténticos de toda mi producción. Reflejan perfectamente lo que es el ser humano, lo que somos: miseria, desesperación, pero también valentía y honor. Sin embargo debo decir que hay otro cuadro entre mis favoritos, que es Rocroi aunque por otras razones, pues va unido a mi amigo Arturo Pérez-Reverte. Representa para mí nuestra amistad en torno al cuadro; las cenas; los consejos de Arturo, las charlas… Podríamos decir que en lo personal mi cuadro más querido es Rocroi, pero en lo pictórico es Empel.”

"Dejemos las manos del pintor para la pintura, verdadero autógrafo perdurable en el tiempo."

Hay una fila enorme para obtener el ansiado autógrafo del pintor; me acerco pero es imposible alcanzar su mirada para decirle adiós. Me quedo un momento allí de pie en mitad de la gente, pensando que las manos que garabatean con cierta urgencia la repetición tediosa de un nombre son las mismas que volverán después, en soledad, a recrear con minuciosidad los hechos y las armas; las cosas que llevaron los hombres que luchaban y que gracias a esas manos no se olvidarán.

Me alejo con mi libro sin firma. Dejemos las manos del pintor para la pintura, verdadero autógrafo perdurable en el tiempo. 

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Augusto Ferrer-Dalmau. El pintor de batallas ha sido editado por Ediciones Escultura Histórica. Edición de 472 páginas con más de 500 imágenes a todo color, en tapa dura con sobrecubierta y formato 24×33 cm, con prólogo de Arturo Pérez-Reverte.