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Chesterton y el padre Brown, una carta de amor a la novela negra

Chesterton y el padre Brown, una carta de amor a la novela negra

Gilbert Keith Chesterton (Londres, 1874-1936) amaba tanto la novela negra como las polémicas y las frases efectistas. Su aproximación a un género que en su época estaba en plena expansión es multidisciplinar. Leyó con pasión a sus coetáneos y a los que por entonces ya eran clásicos de la materia (Arthur Conan Doyle o E. C. Bentley, quien incluso le dedica El último caso de Philip Trent); escribió decenas de críticas sobre las novedades que iban saliendo al mercado (llegó a jactarse de haber leído todo lo que se había publicado en el género, imaginen el ataque que le daría si viviera en la actualidad); iluminó los caminos de la ficción criminal con las reflexiones, recogidas en Cómo escribir relatos policíacos (publicado en español por Acantilado con traducción de Miguel Temprano) y, sobre todo, creó al padre Brown, un personaje único en muchos sentidos.

"La gran mayoría de los relatos fueron escritos y publicados entre 1910 y 1935 en revistas, y recopilados en cinco volúmenes que en español han reunido bajo el título Los relatos del padre Brown"

Su defensa del género negro, que sufría entonces los mismos ataques que ahora, se puede resumir en este brillante párrafo de loa a A.C. Doyle incluido en Cómo escribir relatos policiacos: “En Londres debe de haber más de 999 novelas de crímenes y detectives de ficción, casi todas ellas mala literatura o que ni siquiera pueden considerarse como tal. Si, como suele decirse, la gente prefiriera libros malos, no podría explicarse que el único detective de ficción al que conoce todo el mundo fuese el único que es una obra de arte (…). El hombre de la calle prefiere la cerveza a la crème de menthe, pero es absurdo decir que prefiere la cerveza mala a la buena”. Nótese que no es un fan que perdone al género sus incursiones en la basura literaria con tal de defenderlo. Más bien al contrario.

En otras ocasiones se dedica más a la pura teoría, y esa línea de pensamiento se puede ver bien en su propia ficción. Así, por ejemplo, siguiendo con Holmes, asegura: “Podríamos añadir el principio general de que el interés más intenso de una buena novela de detectives no depende en absoluto de los incidentes de la misma. Los relatos de Sherlock Holmes son un buen modelo de misterio popular. Y la clave de los mismos rara vez es la propia historia. Lo mejor de ellos es la comicidad de las conversaciones entre Holmes y Watson”.

"Hay que decir que en general los relatos no son mala literatura enigma, aunque las soluciones de algunos como ese en el que hay un martillo volador dan vergüenza ajena"

Pero vayamos al centro de la cuestión, al padre Brown y sus relatos, nunca novelas, y a ver por qué merecen la pena. La gran mayoría fueron escritos y publicados entre 1910 y 1935 en revistas como Pall Mall o Nash’s y luego recopilados en cinco volúmenes que en español ha reunido Acantilado bajo el título Los relatos del padre Brown, (traducción de Miguel Temprano). Hay algunos que se salen de este margen temporal, entre ellos El secreto del padre Brown y El secreto de Flambeau, que son dos de los que más detalles aportan sobre el personaje.

¿Quién es el padre Brown? Así nos lo presenta el propio G. K. Chesterton al principio de la primera aventura, La cruz azul, dentro del volumen El candor del padre Brown:

“Aquel cura tan bajito era la esencia de los llanos del Este: tenía la cara tan redonda y obtusa como un budín de Norfolk, sus ojos estaban tan vacíos como el Mar del Norte, llevaba varias bolsas de papel estraza que no era capaz de sujetar al mismo tiempo (…). Llevaba un paraguas grande y raído que se le caía al suelo constantemente. No parecía capaz de distinguir el billete de ida del de vuelta”. Este engañoso retrato, ya veremos por qué, se puede completar con múltiples referencias que el autor incluía, consciente de que no todo el mundo llevaba con él desde la primera historia, en algunos otros relatos. Por ejemplo, en La ausencia del señor Glass —“El paraguas era un bulto negro y sencillo sin arreglo posible; el sombrero era negro y de teja, poco habitual en Inglaterra; el hombre era la encarnación misma de la sencillez y la indefensión”—o en La flecha del cielo: “Con su rechoncha figura, su aire miope, su semblante tan poco distinguido y su ropa clerical más bien raída, podría mezclarse con cualquier multitud en su propio país sin llamar la atención más que por su propia insignificancia”.

Pero esta insignificancia, esta sencillez, son engañosas y de ellas se vale el bueno de Brown, que en los primeros relatos aparece agazapado en reuniones sociales de diversa índole en las que siempre ocurre algo malo y en las que siempre termina imponiendo su ingenio. Hay que decir que en general los relatos no son mala literatura enigma, aunque las soluciones de algunos como ese en el que hay un martillo volador dan vergüenza ajena, pero todo el edificio construido por Chesterton se mantiene sobre los sólidos cimientos del cura rechoncho.

En esta primera época Brown tiene también un archienemigo, Flambeau, criminal temible perseguido por la policía de media Europa, ladrón de gran ingenio que termina convencido y convertido por nuestro querido antihéroe en detective privado. Y así nos lo encontramos en numerosas aventuras, como El honor de Israel Gow, en las que cura y ladrón retirado comparten protagonismo en un giro que imaginamos tiene que ver con el deseo de desmarcarse de otros textos de la época. “Hemos dado con la verdad y es una verdad que carece de sentido”, asegura Brown en este relato, en una de esas famosas paradojas que le encanta plantear a Chesterton antes de ponerse a desmontarla. En su ejercicio detectivesco, en Francia o en América, entre la alta sociedad británica o en Estados Unidos, Brown hace un alarde de sedentarismo. En general no se mueve del sitio, no investiga, solo deduce con una facilidad que, si no fuera un personaje tan genial, caería mal entre los lectores.

"La fama, que Brown odia con ganas, le va a perseguir siempre allá donde vaya, porque Brown es muy viajero, a pesar de su tendencia a hacer poco en general"

De esta primera época me deleito con La forma anómala, un crimen extraño que se resuelve con una confesión y en el que el trabajo de Brown se reduce a su mínima expresión, y Los pecados del príncipe Saradine, un relato oscuro con un juego identidades de por medio que me parece magnífico. Y puestos a recomendar, no dejaría de leer El duelo del doctor Hirsch (incluido dentro del libro La sagacidad del padre Brown), un texto breve y delicioso que me recuerda a algunas cosas de La carta robada de Edgar Allan Poe y a otras de El último saludo de Doyle y en el que, para colmo, Brown no resuelve nada. Como él mismo dice cuando le preguntan cómo lo hace en El secreto del padre Brown: “Ausencia de método y mucho despiste, me temo”.

Personaje incombustible, tras unos cuantos relatos anodinos, empieza el volumen titulado La resurrección del padre Brown con La incredulidad del padre Brown (hay que reconocer que no se mataba con los títulos), una historia en la que se encuentra en un “exilio solitario” en Sudamérica donde, entre otras cosas, promueve la propiedad de la tierra para los nativos y donde se hace famoso tras cruzarse con un periodista estadounidense que decide vender las bondades del cura en grandes reportajes y crear un personaje de ficción al estilo de Sherlock Holmes. Todo para desesperación del padre Brown, que encima en esta historia tiene que investigar su propio asesinato. Una maravilla autorreferencial y muy divertida. Por cierto, la fama, que Brown odia con ganas, le va a perseguir siempre allá donde vaya, porque Brown es muy viajero, a pesar de su tendencia a hacer poco en general. Que recuerde, El rápido o El caso Donnington son de los pocos de la última época que se desarrollan en su Sussex natal.

"Bien es sabido que Chesterton amaba la frase redonda, y a lo largo de los relatos del padre Brown hay muchas"

Dejen que me pare un momento en La flecha del cielo, donde Brown, siempre tranquilo, aparece vehemente y enfadado y da una lección moral a un grupo de ricos hipócritas. No será la única. Ahora bien, Chesterton sabe recurrir al narrador para atenuar estos enfados con cierto sentido del humor. Así, en una lección de ironía, empieza riéndose de la moda instalada en el género que consiste en iniciar una historia detectivesca con el asesinato de un millonario estadounidense y acto seguido plantea un misterio en el que mueren tres. Algo parecido pasa en El crimen del comunista (ya del último volumen, el de El escándalo del padre Brown) en el que carga contra la ley del más fuerte que dominaba ya por entonces en ciertas interpretaciones del capitalismo.

Bien es sabido que Chesterton amaba la frase redonda, y a lo largo de los relatos del padre Brown hay muchas. Les dejo para terminar algunas de El secreto de Flambeau, uno de esos capítulos iniciales que incluía en cada libro y que, sin crimen de por medio, reflejan lo mejor de la idiosincrasia de un personaje único:

“Los más difíciles de imaginar no son los grandes crímenes, sino los pequeños”.

“A veces cuesta más imaginar las cosas reales que las irreales”.

“Se puede considerar horrible un crimen por pensar que jamás podríamos cometerlo. A mí me parece horrible porque podría cometerlo”.

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