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Coetzee y Stalin, censura y literatura

Stalin y la literatura

Coetzee, Stalin y Fabbri protagonizan nuestro repaso por los suplementos digitales de Latinoamérica en estos últimos siete días.

Camila Fabbri, Los accidentes
Clarín nos trae el primer libro de la actriz y escritora Camila Fabbri, Los accidentes: 

“El primer libro de Camila Fabbri reúne catorce cuentos de distinta calidad. En todos subyace, sin embargo, un mérito: la búsqueda de una voz singular, por momentos potente, que se despliega mediante una escritura anómala, de cierta violencia verbal, que crece con la amputación de pronombres, preposiciones o artículos en las frases, elipsis en el relato o la sustracción de la verosimilitud entre los diferentes planos de las historias. “Placer, teníamos. Cuerpo, todavía. También teníamos unión. En la ventana de la cocina se asomaba un gato. Nuestras sangres, medio rosas, brillaban. Después de noche, ya nada brillaba. Todo se quedaba quieto”, se lee en Nacimiento, el primer cuento, en el que una pareja de jóvenes vive en estado de amenaza la llegada de un descendiente. Los hijos, en Los accidentes, son monstruos, criaturas extrañas y peludas, engendros. Padres y madres también”.

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Coetzee y la censura
El premio nobel de literatura John Maxwell Coetzee estuvo en México para hablar de la censura. El Universal recoge su intervención en un artículo:

“El espíritu de la censura está muy lejos de haber muerto”, con esa frase comenzó el escritor sudafricano su clase magistral en la Universidad Iberoamericana. Una censura que el mismo sufrió durante los años 70 y 80 en su país. Durante ese tiempo, el autor de Desgracia vivió sintiendo los ojos del censor en su espalda.
Muchos de los censores que supervisaron sus textos fueron profesores de Universidad, colegas y compañeros como descubriría más tarde. Tres razones hubo para que fueran benignos con él: ser blanco, pertenecer a su misma clase social y no tener demasiado éxito de ventas por aquel entonces.

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Una literatura para Stalin
Hinde Pomeraniec revisa para La Nación cómo ha sido tratada la figura del dictador soviético en la libros de ficción:

“Debía estar alerta todo el tiempo, para no tener ningún desliz y delatarme. Cada vez que hablaba debía pensar: «¿He olvidado algo? ¿He olvidado algo que podría despertar sospechas?». Así era todo el tiempo (…) Tenía miedo y callaba. Ese miedo persistió toda mi vida. Nunca desapareció. (…) Mamá siempre decía: «¡Cuando vives con lobos, debes aprender a vivir como los lobos!»”. El textual -sombrío, casi inhumano- pertenece a Antonina Golovina, una de las personas cuyas vidas se narran en Los que susurran, el monumental libro sobre la vida privada en la época de Stalin escrito por el historiador británico Orlando Figes, quien junto con un gran equipo de colaboradores trabajó durante años con cartas, fotos y diarios íntimos que debieron esperar mucho tiempo para salir a la luz, ya que los efectos del terror político como la desconfianza, la sobreactuación de lealtad y la sospecha radical sobre la conducta del vecino no terminan de un día para el otro por un cambio de sistema”.

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